La aventura de España / por Julián Marías

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Julián Marías:

La aventura de España La originalidad

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Antonio MEDRANO: ¿Cuál es el papel de España en la Historia?

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¿Cuál es el papel de España en la Historia? /

por  ANTONIO MEDRANO

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LA FALANGE…

LA FALANGE QUE ME GUSTA

 

Con este artículo quiero hacer referencia al espíritu original de la Falange con el que tengo más en común que con la mayoria de opciones ideológicas.Siempre he dicho que si se cumpliera el programa de la Falange(república,reforma agraria,nacionalizacion de la banca,soberania nacional sin injerencias extranjeras),estaria dispuesto a ir todos los domingos a misa para tomar la comunión,y eso a pesar de que cada vez que veo un cura le canto el himno de Riego.

«Fue un error de parte de la República el fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera; españoles de esa talla, patriotas como él, no son peligrosos ni siquiera en las filas enemigas» (Diego Abad de Santillán, dirigente anarquista).

«Considero una insensatez y un error capital condenar y fusilar a José Antonio en estos momentos… Sinceramente, y, hablando entre nosotros, no conozco ninguna razón o pretexto que aconseje, y mucho menos justifique, tan precipitada e insólita decisión» «Con la muerte de José Antonio, si llega a consumarse, morirá también, toda esperanza de reconciliar a los españoles antes de muchas décadas». (Buenaventura Durruti. Dirigente Anarquista).

La Providencia quiso que el 20 de noviembre de 1936 fuera la malhadada fecha que pusiera fin a las ansias revolucionarias y sindicalistas de dos hombres auténticos: José Antonio Primo de Rivera y Buenaventura Durruti.

Ambos líderes, cada uno en un bando, se enfrentaron a la incomprensión de un lado y la saña del otro. Los dos luchaban por la redención de los obreros de la miseria y la esclavitud, por su definitiva liberación revolucionaria, que dispusiese los instrumentos de la producción directamente en manos de los trabajadores y que los elevase a la condición de propietarios mediante la explotación individual, familiar, social y colectiva; autogestionaria y sindicalista.

Nacionalsindicalista uno, anarcosindicalista el otro, revolucionarios los dos. Luchadores incombustibles, sacrificados y comprometidos…hasta la muerte. Que los hermanó del mismo modo que dos hermanos de Buenaventura (Manuel y Pedro) militaban enla Falange de José Antonio.

 El destino quiso unirlos en sus inquietudes, en sus aspiraciones, en sus sacrificios y hasta en su muerte, violenta y absurda, provocada por los mismos que decían estar de su lado. Murieron ambos bajo los colores, rojo y negro, de sus banderas. Y ambos estarán, allá en lo alto, montando la eterna guardia en los luceros que han de alumbrarla Revolución pendiente que nos traiga una Nueva España.

Ojalá su sacrificio sirva de ejemplo y permita que los revolucionarios y sindicalistas españoles se hermanen juntos por la Justicia Social, frente a la opresión capitalista.

ARTICULO DEL BLOG DE FALANGE AUTENTICA

14 de Abril: por un España unida y republicana

por Carlos Roldán

 El 14 de Abril pudo ser el inicio de la Revolución Española, la que no tuvimos. Una revolución que como toda revolución verdadera, debía buscar el encuentro de un pueblo consigo mismo y con su destino: Destierro para el Rey, promesas de alfabetización, Reforma Agraria, Igualdad social y Democracia, aun hoy estas reivindicaciones siguen estando vigentes. Una por una.

Aquella revolución fue echada a perder por aquellos que vieron amenazados sus privilegios, contra los que tanto advirtiera Jose Antonio Primo de Rivera y también por aquellos que nunca la quisieron más que como algo transitorio para otra cosa, como también advirtió Jose Antonio Primo de Rivera. Unos manipularon su mensaje durante cuarenta años y encarcelaron a los falangistas auténticos, otros asesinaron a quien en palabras de Buenaventura Durruti “era la última esperanza de reconciliación en España” Quienes la quisieron fueron maltratados por unos y por otros.

Hoy la monarquía juan carlista no ha significado una revitalización del impulso de constituirnos en Nación avanzada que arrancó en 1812 y cuya manifestación fue también el 14 de Abril de 1931, antes bien nos encontramos con un sistema monárquico que convive cotidianamente con la corrupción, que confunde autonomismo o federalismo con neofeudalismo, y con una clase política constituida en policías y voceros de los capitales transnacionales.

Según datos del Catedrático Juan Torres López Todavía a finales de 2006 solo una veintena de grandes familias eran propietarios del 20,14% del capital de las empresas del Ibex-35 y una pequeña elite de 1400 personas, que representan el 0,0035% de la población española, controla recursos que equivalen al 80,5% del PIB.

La economía española se ha debido incorporar a las condiciones generales que impone la globalización neoliberal, ha renunciado a cualquier tipo de protección, ha puesto a disposición de los capitales extranjeros sus mejores activos, toda su industria y la práctica totalidad de sus sectores económicos, en donde el capital extranjero es ya prácticamente dominante en su totalidad. Pero, al mismo tiempo, no ha alcanzado los estándares de bienestar y de protección.

Nuestro Pais se ha modernizado, se ha incorporado a la cultura de las Nuevas tecnologías, ha mostrado su voluntad de poder emergiendo a la modernidad en muchos sectores pero no cuenta con una clase política a la altura, ni un sistema administrativo avanzado, ni una proyecto de pais abierto a la posmodernidad y al futuro en un conjunto de la humanidad fraterna, ecológica y respetuosa con la diversidad cultural de cada pueblo.

Hay que salir de esta prehistoria política, hay que olvidarse de las estructuras decimonónicas como los partidos y las monarquías para abrirse a una posmodernidad republicana, con democracia directa gracias a las nuevas tecnologías, un proyecto de pais unido y diverso a la vez en un mundo interdependiente que colabora en la supervivencia de la especie y el planeta.

Los que desarticulan a España hoy son los mismos que ensucian el planeta y mandan al hambre a millones de personas,la Tercera República debe abrirse no sobre heridas antiguas sino sobre las urgencias modernas, que son muchas, por una España Unida y Republicana en un Mundo solidario.

 

DISCURSO SOBRE LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA de Jose Antonio Primo de Rivera

DISCURSO PRONUNCIADO EN EL CINE MADRID, DE MADRID, EL DIA 19 DE MAYO DE 1935

Camaradas: El acto dela Comedia, del que se ha hablado aquí esta mañana varias veces, fue un preludio. Tenía el calor y todavía, si queréis, la irresponsabilidad de la infancia. Este de hoy es un acto cargado de gravísima responsabilidad; es el acto de rendición de cuentas de una larga jornada de año y medio, y principio de una nueva etapa que, ciertamente, terminará con el triunfo definitivo dela Falange Españolade las J.0.N.S. en España. Junto a esta piedra miliar de nuestro camino se nos exige, ya de cara ala Historia, un rigor de precisión y emplazamiento, que es el deber mío, en esta mañana de hoy, aunque al cumplimiento de ese deber sacrifique alguna brillantez que, acaso, pudiera conseguir y parte del gratísimo halago del aplauso vuestro.

Nuestro movimiento –y cuando hablo de nuestro movimiento me refiero lo mismo al inicial de Falange Española que al inicial de las J.0.N.S., puesto que ambos están ya irremisiblemente fundidos– empalma, como ha dicho muy bien Onésimo Redondo, con la revolución del 14 de abril. La ocasión de nuestra aparición sobre España fue el 14 de abril de 1931. Esta fecha –todos lo sabéis– ha sido mirada desde muy distintos puntos de vista; ha sido, como todas las fechas históricas, contemplada con bastante torpeza y con bastante zafiedad. Nosotros, que estamos tan lejos de los rompedores de escudos en las fachadas como los que sienten solamente la nostalgia de los rigores palaciegos, tenemos que valorar exactamente, de cara –lo repito– ala Historia, el sentido del 14 de abril en relación con nuestro movimiento.

El 14 de abril de 1931 –hay que reconocerlo, en verdad– no fue derribadala Monarquíaespañola.La Monarquíaespañola había sido el instrumento histórico de ejecución de uno de los más grandes sentidos universales. Había fundado y sostenido un Imperio, y lo había fundado y sostenido, cabalmente, por lo que constituía su fundamental virtud; por representar la unidad de mando. Sin la unidad de mando no se va a parte alguna. Perola Monarquíadejó de ser unidad de mando hacía bastante tiempo: en Felipe III, el rey ya no mandaba; el rey seguía siendo el signo aparente, mas el ejercicio del Poder decayó en manos de validos, en manos de ministros: de Lerma, de Olivares, de Aranda, de Godoy. Cuando llega Carlos VIla Monarquíaya no es más que un simulacro sin sustancia.La Monarquía, que empezó en los campamentos, se ha recluido en las Cortes; el pueblo español es implacablemente realista; el pueblo español, que exige a sus santos patronos que le traigan la lluvia cuando hace falta, y si no se la traen los vuelve de espaldas en el altar; el pueblo español, repito, no entendía este simulacro dela Monarquíasin Poder; por eso el 14 de abril de 1931 aquel simulacro cayó de su sitio sin que entrase en lucha siquiera un piquete de alabarderos.

Pero ¿qué advino entonces? Pocas veces habrá habido un instante más propicio para iniciar, concluido uno, un nuevo y gran capítulo de la Historiapatria. Cabalmente, aquel sentido incruento del 14 de abril, aquello de que se hubiera desprendido una situación sin sangre y sin daño, casi sin duelo, colocaba de cara a una ancha llanura histórica donde galopar. No había que sustanciar resentimientos, no había que ejecutar justicias, no había apenas que enjugar lágrimas. Se abría por delante una clara esperanza para todo un pueblo; vosotros recordáis la alegría del 14 de abril, y seguramente muchos de vosotros tomasteis parte en aquella alegría. Como todas las alegrías populares, era imprecisa, no percibía su propia explicación; pero tenía debajo, como todos los movimientos populares, muy exactas y muy hondas precisiones. La alegría del 14 de abril, una vez más, era el reencuentro del pueblo español con la vieja nostalgia de su revolución pendiente. El pueblo español necesita su revolución y creyó que la había conseguido el 14 de abril de 1931; creyó que la había conseguido porque le pareció que esa fecha le prometía sus dos grandes cosas, largamente anheladas: primero, la devolución de un espíritu nacional colectivo; después, la implantación de una base material, humana, de convivencia entre los españoles.

¿Era mucho que se esperase un sentido nacional colectivo de los hombres del 14 de abril? Muchas cosas podrían decirse en contra suya; pero acaso algunas de esas mismas cosas fueran la mejor fianza de su fecundidad. Los hombres del 14 de abril pareció que llegaban de vuelta al patriotismo y llegaban por el camino mejor: por el amargo camino de la crítica. Esta era su promesa de fecundidad; porque yo os digo que no hay patriotismo fecundo si no llega a través del camino de la crítica. Y os diré que el patriotismo nuestro también ha llegado por el camino de la crítica. A nosotros no nos emociona, ni poco ni mucho. esa patriotería zarzuelera que se regodea con las mediocridades, con las mezquindades presentes de España y con las interpretaciones gruesas del pasado. Nosotros amamos a España porque no nos gusta. Los que aman a su patria porque les gusta la aman con una voluntad de contacto, la aman física, sensualmente. Nosotros la amamos con una voluntad de perfección. Nosotros no amamos a esta ruina, a esta decadencia de nuestra España física de ahora. Nosotros amamos a la eterna e inconmovible metafísica de España.

La base de convivencia humana, la base material para el asentamiento del pueblo español, también está pendiente desde hace siglos.

El fenómeno de la quiebra del capitalismo es universal. No es ésta la ocasión de que yo hable de él en sus caracteres técnicos. Ya hemos tenido sobre ello otras comunicaciones. Ante otros auditorios, en otras circunstancias, he hablado de esto más por menudo. Hoy, ante todos vosotros, sólo quiero fijar el valor de algunas palabras para que no os las deformen.

Cuando hablamos del capitalismo –ya lo sabéis todos– no hablamos de la propiedad. La propiedad privada es lo contrario del capitalismo; la propiedad es la proyección directa del hombre sobre sus cosas: es un atributo elemental humano. El capitalismo ha ido sustituyendo esta propiedad del hombre por la propiedad del capital, del instrumento técnico de dominación económica. El capitalismo, mediante la competencia terrible y desigual del capital grande contra la propiedad pequeña, ha ido anulando el artesonado, la pequeña industria, la pequeña agricultura: ha ido colocando todo –y va colocándolo cada vez más– en poder de los grandes trusts, de los grandes grupos bancarios. El capitalismo reduce el final a la misma situación de angustia, a la misma situación infrahumana del hombre desprendido de todos sus atributos, de todo el contenido de su existencia, a los patronos y a los obreros, a los trabajadores y a los empresarios. Y esto sí que quisiera que quedase bien grabado en la mente de todos; es hora ya de que no nos prestemos al equívoco de que se presente a los partidos obreros como partidos antipatronales 0 se presente a los grupos patronales como contrarios, como adversarios, en la lucha con los obreros. Los obreros, los empresarios, los técnicos, los organizadores, forman la trama total de la producción, y hay un sistema capitalista que con el crédito caro, que con los privilegios abusivos de accionistas y obligacionistas, se lleva, sin trabajar, la mejor parte de la producción, y hunde y empobrece por igual a los patronos, a los empresarios, a los organizadores y a los obreros.

Pensad a lo que ha venido a quedar reducido el hombre europeo por obra del capitalismo. Ya no tiene casa, ya no tiene patrimonio, ya no tiene individualidad, ya no tiene habilidad artesana, ya es un simple número de aglomeraciones. Hay por ahí demagogos de izquierda que hablan contra la propiedad feudal y dicen que los obreros viven como esclavos. Pues bien: nosotros, que no cultivamos ninguna demagogia, podemos decir que la propiedad feudal era mucho mejor que la propiedad capitalista y que los obreros están peor que los esclavos. La propiedad feudal imponía al señor, al tiempo que le daba derechos, una serie de cargas; tenía que atender a la defensa y aun a la manutención de sus súbditos. La propiedad capitalista es fría e implacable: en el mejor de los casos, no cobra la renta, pero se desentiende del destino de los sometidos. Y en cuanto a los esclavos, éstos eran un elemento patrimonial en la fortuna del señor; el señor tenía que cuidar de que el esclavo no se muriese, porque el esclavo le costaba el dinero, como una máquina, como un caballo, mientras que ahora se muere un obrero y saben los grandes señores de la industria capitalista que tienen cientos de miles de famélicos esperando a la puerta para sustituirle.

Una figura, en parte torva y en parte atrayente, la figura de Carlos Marx, vaticinó todo este espectáculo a que estamos asistiendo, de la crisis del capitalismo. Ahora todos nos hablan por ahí de si son marxistas o si son antimarxistas. Yo os pregunto, con ese rigor de examen de conciencia que estoy comunicando a mis palabras: ¿Qué quiere decir el ser antimarxista? ¿Quiere decir que no apetece el cumplimiento de las previsiones de Marx? Entonces estamos todos de acuerdo. ¿Quiere decir que se equivocó Marx en sus previsiones? Entonces los que se equivocan son los que le achacan ese error.

Las previsiones de Marx se vienen cumpliendo más o menos de prisa, pero implacablemente. Se va a la concentración de capitales; se va a la proletarización de las masas, y se va, como final de todo, a la revolución social, que tendrá un durísimo período de dictadura comunista. Y esta dictadura comunista tiene que horrorizarnos a nosotros, europeos, occidentales, cristianos, porque ésta sí que es la terrible negación del hombre; esto sí que es la asunción del hombre en una inmensa masa amorfa, donde se pierde la individualidad, donde se diluye la vestidura corpórea de cada alma individual y eterna. Notad bien que por eso somos antimarxistas; que somos antimarxistas porque nos horroriza, como horroriza a todo occidental, a todo cristiano, a todo europeo, patrono o proletario, esto de ser como un animal inferior en un hormiguero. Y nos horroriza porque sabemos algo de ello por el capitalismo; también el capitalismo es internacional y materialista. Por eso no queremos ni lo uno ni lo otro; por eso queremos evitar –porque creemos en su aserto– el cumplimiento de las profecías de Carlos Marx. Pero lo queremos resueltamente; no lo queremos como esos partidos antimarxistas que andan por ahí y creen que el cumplimiento inexorable de unas leyes económicas e históricas se atenúa diciendo a los obreros unas buenas palabras y mandándoles unos abriguitos de punto para sus niños.

Si se tiene la seria voluntad de impedir que lleguen los resultados previstos en el vaticinio marxista, no hay más remedio que desmontar el armatoste cuyo funcionamiento lleva implacablemente a esas consecuencias: desmontar el armatoste capitalista que conduce a la revolución social, a la dictadura rusa. Desmontarlo, pero ¿para sustituirlo con qué?

Mañana, pasado, dentro de cien años, nos seguirán diciendo los idiotas: queréis desmontarlo para sustituirlo por otro Estado absorbente, anulador de la individualidad. Para sacar esta consecuencia, ¿íbamos nosotros a tomar el trabajo de perseguir los últimos efectos del capitalismo y del marxismo hasta la anulación del hombre? Si hemos llegado hasta ahí y si queremos evitar eso, la construcción de un orden nuevo la tenemos que empezar por el hombre, por el individuo, como occidentales, como españoles y como cristianos; tenemos que empezar por el hombre y pasar por sus unidades orgánicas, y así subiremos del hombre a la familia, y de la familia al Municipio y, por otra parte, al Sindicato, y culminaremos en el Estado, que será la armonía de todo. De tal manera, en esta concepción político-histórico-moral con que nosotros contemplamos el mundo, tenemos implícita la solución económica; desmontaremos el aparato económico de la propiedad capitalista que absorbe todos los beneficios, para sustituirlo por la propiedad individual, por la propiedad familiar, por la propiedad comunal y por la propiedad sindical.

Hacer esto corre prisa en el mundo, y más aún en España. Corre más prisa en España porque nuestra situación es, de un lado, peor, y de otro lado, menos grave que la de otros países. El capitalismo, allende las fronteras, tuvo gran cantidad de riquezas y de iniciativas; pero el capitalismo español fue raquítico desde sus comienzos; desde sus principios empezó a claudicar con los auxilios estatales, con los auxilios arancelarios. Nuestra economía estaba más depauperada que casi ninguna; nuestro pueblo vivía más miserablemente que casi ninguno. No os tengo que decir nada de esto, después de lo que habéis oído a los camaradas que me han precedido en este sitio. Gran parte de la tierra española, ancha, triste, seca, destartalada, huesuda, como sus pobladores, parece no tener otro destino que el de esperar a que esos huesos de sus habitantes se le entreguen definitivamente en la sepultura.

Este suelo nuestro, en que se pasa del verano al invierno sin otoño ni primavera; este suelo nuestro, con los montes sin árboles, con los pueblos sin agua ni jardines; este suelo inmenso donde hay tanto por hacer y sobre el que se mueren de hambre setecientos mil parados y sus familias, porque no se les da nada en qué trabajar; este suelo nuestro, en el que es un conflicto que haya una cosecha buena de trigo, cuando, con ser el pan el único alimento, comen las gentes menos pan que en todo el occidente de Europa; este pueblo nuestro necesita que se hiciera la transformación más de prisa que en ninguna parte.

Y hacer esto aquí sería más fácil, porque el capitalismo es en España menos fuerte. Nuestra economía es casi una economía interna; tenemos innumerables cosas que hacer. Con una inteligente reforma agraria, como la que Onésimo Redondo os ha expuesto, y con una reforma crediticia que redimiese a los labradores, a los pequeños industriales, a los pequeños comerciantes, de las garras doradas de la usura bancaria, con esas dos cosas habría tarea para lograr, durante cincuenta años, la felicidad del pueblo español.

El recobrar un sentido nacional y el asentar a España sobre una base social más justa eran las dos cosas que implícitamente prometía (así lo entendió el pueblo al llenarse de júbilo) la llamada revolución del 14 de abril. Ahora bien: ¿las ha realizado? ¿Nos ha devuelto el gozoso sentido nacional? ¿Nos ha vuelto a unir en una misión nacional de todos?

¿Para qué he de hablar de lo que nos han dividido, de lo que nos han vejado, de lo que nos han perseguido, de lo que nos han lanzado a los unos contra los otros? Os quiero señalar sólo alguna de las definitivas traiciones contra la nación que debemos a aquellos primeros hombres del 14 de abril. Primero, el Estatuto de Cataluña. Muchos de vosotros conocéis las ideas de Falange sobre este particular.La Falangesabe muy bien que España es varia, y eso no le importa. Justamente por eso ha tenido España, desde sus orígenes, vocación de Imperio. España es varia y es plural, pero sus pueblos varios, con sus lenguas, con sus usos, con sus características, están unidos irrevocablemente en una unidad de destino en lo universal. No importa nada que se aflojen los lazos administrativos; mas con una condición: con la de que aquella tierra a la que se dé más holgura tenga tan afianzada en su alma la conciencia de la unidad de destino, que no vaya a usar jamás de esa holgura para conspirar contra aquélla.

Pues bien:la Constitución, con la aquiescencia de los partidos derechistas que nos gobiernan ahora, se ha venido a entender en el sentido de que hay que conceder la autonomía a aquellos pueblos que han llegado a su mayor edad, que han llegado a su diferenciación; es decir, que en vez de tomarse precauciones y lanzar sondeos para ver si la unidad no peligra, lo que se hace es dar una autonomía a aquellas regiones donde ha empezado a romperse la unidad, para que acabe de romperse del todo.

Política internacional. En estos días todos os halláis un poco al corriente de ella, por lo que han dicho los periódicos. España lleva cuatro años haciendo la política internacional francesa, moviéndose en la órbita internacional de Francia. El que España desenvuelva una política internacional de acuerdo con potencias amigas es cosa que no tiene por qué sorprendemos. Pero en lo internacional las naciones nunca entregan sino a costa de recibir algo, y Francia, cuya política internacional servimos, nos maltrata en los Tratados de comercio y nos tiene relegados a un plan inferior en Tánger y negocia a nuestras espaldas el régimen del Mediterráneo, como si en el Mediterráneo no estuviéramos nosotros; es decir, que lo único que nos resarce de servir en el mundo a la política internacional francesa es la vanidad satisfecha de algún pedante ministro o embajador.

Pues ¿y la política seguida para desarticular –fue otro el verbo empleado–, para desarticular el Ejército, la garantía más fuerte y todavía más sana de todo lo permanente español? Sin embargo, no se sabe por qué designio hubo mucho cuidado en desarticular pronto esta garantía.

Y, por último, la declaración constitucional de que España renuncia a la guerra. ¿Qué quiere decir eso? Si es una simple estupidez, sin nada detrás, allá sus autores. Si se quiere decir que España tiene el propósito de ser neutral en guerras futuras, entonces tenía que haber ido seguida esa declaración de un aumento de fuerzas en la tierra, en el mar y en el aire, porque una nación con todas sus costas abiertas y colocada en uno de los puntos más peligrosos de Europa no puede decidir, ni siquiera acerca de su neutralidad, si no puede hacer que la respeten. Sólo los fuertes pueden ser dignamente neutrales. Yo no sé si los autores de aquella frase querrían imponernos una neutralidad indigna.

¿Y en lo social? ¿Se hizo la reforma agraria? ¿Se hizo la reforma crediticia? Ya sabéis que la reforma agraria que presentaron los hombres del 14 de abril, en vez de ir, como la que nosotros apetecernos, a rellenar de sustancia al hombre, a volver a dotar al hombre de su integridad humana, social, occidental, cristiana, española; en vez de hacer eso, tendió a la colectivización del campo, es decir, a proletarizar también el campo, a convertir a los campesinos en masa gregaria, como los obreros de la ciudad. A eso tendían, y ni siquiera eso han hecho. Esta es la hora en que no han dado apenas un trozo de tierra a los campesinos. Dela Leyde Reforma Agraria, lo único que empezaron a cumplir fue un precepto añadido a última hora por un puro propósito de represalia.

Y la reforma financiera, ¿se ha hecho? ¿Han ganado acaso con alguna medida sabia los productores, los obreros los empresarios, los que participan de veras en esta obra total de la producción? Estos han perdido; bien sabéis la época de crisis que aún están viviendo. En cambio, no han disminuido ni las ganancias de las grandes empresas industriales ni las ganancias de los Bancos.

Los hombres del 14 de abril tienen en la Historiala responsabilidad terrible de haber defraudado otra vez la revolución española. Los hombres del 14 de abril no hicieron lo que el 14 de abril prometía, y por eso ya empiezan a desplegarse frente a ellos, frente a su obra, frente al sentido prometedor de su fecha inicial, las fuerzas antiguas. Y aquí sí que me parece que entro en un terreno en que todo vuestro silencio y toda vuestra exactitud para entender van a ser escasos. Dos órdenes de fuerza se movilizan contra el sentido revolucionario frustrado el 14 de abril: las fuerzas monárquicas y las derechas afectas al régimen. Fijaos en que ante el problema dela Monarquía, nosotros no podemos dejamos arrastrar un instante ni por la nostalgia ni por el rencor. Nosotros tenemos que colocamos ante ese problema dela Monarquía con el rigor implacable de quienes asisten a un espectáculo decisivo en el curso de los días que componenla Historia. Nosotros únicamente tenemos que considerar esto: ¿Cayóla Monarquía española, la antigua, la gloriosa Monarquía española, porque había concluido su ciclo, porque había terminado su misión, o ha sido arrojadala Monarquía española cuando aún conservaba su fecundidad para el futuro? Esto es lo que nosotros tenemos que pensar, y sólo así entendemos que puede resolverse el problema dela Monarquía de una manera inteligente.

Pues bien: nosotros –ya me habéis oído desde el principio–, nosotros entendemos, sin sombra de irreverencia, sin sombra de rencor, sin sombra de antipatía, muchos incluso con mil motivos sentimentales de afecto; nosotros entendemos que la Monarquía española cumplió su ciclo, se quedó sin sustancia y se desprendió, como cáscara muerta, el 14 de abril de 1931. Nosotros hacemos constar su caída con toda la emoción que merece y tenemos sumo respeto para los partidos monárquicos que, creyéndola aún con capacidad de futuro, lanzan a las gentes a su reconquista; pero nosotros, aunque nos pese, aunque se alcen dentro de algunos reservas sentimentales o nostalgias respetables, no podemos lanzar el ímpetu fresco de la juventud que nos sigue para el recobro de una institución que reputamos gloriosamente fenecida.

Esa es una de las alas que se mueven contra la obra y contra el sentido del 14 de abril. La otra de las alas es el populismo. ¿Qué queréis que os diga? Porque en esto sí que ya nos entendemos todos. Yo siento mucha admiración y mucha simpatía hacia el señor Gil Robles, y siento esa simpatía y esa admiración precisamente por el nervio antipopulista que en él descubro. Yo barrunto que un día el señor Gil Robles va a romper con su escuela, y me parece que en ese día el señor Gil Robles prestará buenos servicios a España; pero de la escuela populista, ¿qué queréis esperar vosotros? La escuela populista es como una de esas grandes fábricas alemanas en que se produce el sucedáneo de casi todas las cosas auténticas. Surge en el mundo, por ejemplo, el fenómeno socialista; surge el ímpetu sanguíneo, violento, auténtico, de las masas socialistas; en seguida, la escuela populista, rica en ficheros y en jóvenes cautos, llenos, sí, de prudencia y cortesía, pero que se parecen más que a nada a los formados en la más refinada escuela masónica, produce un sucedáneo del socialismo y organiza una cosa que se llama democracia cristiana: frente a las Casas del Pueblo, Casas del Pueblo; frente a los ficheros, ficheros; frente a las leyes sociales, leyes sociales. Se adiestra en escribir Memorias sobre la participación en los beneficios, sobre el retiro obrero otras mil lindezas. Lo único que pasa es que los obreros auténticos no entran en esas jaulas preciosas del populismo, y las jaulas preciosas no llegan a calentarse nunca. Surge en el mundo el fascismo con su valor de lucha, de alzamiento, de protesta de pueblos oprimidos contra circunstancias adversas y con su cortejo de mártires y con su esperanza de gloria, y en seguida sale el partido populista y se va, supongámoslo, para que nadie se dé por aludido, a El Escorial, y organiza un destile de jóvenes con banderas, con viajes pagados, con todo lo que se quiera, menos con el valor juvenil revolucionario y fuerte que han tenido las juventudes fascistas. Y no os preocupéis, que si Dios nos da vida, veremos en España una República cedista, con representación personal y con ley de Prensa, que tendrá los mayores parecidos con todas las Repúblicas laicas del centro de Europa.

Por eso, camaradas, ni estamos en el grupo de reacción monárquica, ni estamos en el grupo de reacción populista. Nosotros, frente a la defraudación del 14 de abril, frente al escamoteo del 14 de abril, no podemos estar en ningún grupo que tenga, más o menos oculto, un propósito reaccionario, un propósito contrarrevolucionario, porque nosotros precisamente alegamos contra el 14 de abril, no el que fuese violento, no el que fuese incómodo, sino el que fuese estéril, el que frustrase una vez más la revolución pendiente española. Y por eso nosotros, contra todas las injurias, contra todas las deformaciones, lo que hacemos es recoger de en medio de la calle, de entre aquellos que lo tuvieron y abandonaron, y aquellos que no lo quieren recoger, el sentido, el espíritu revolucionario español que, más tarde o más pronto, por las buenas o por las malas, nos devolverá la comunidad de nuestro destino histórico y la justicia social profunda que nos está haciendo falta. Por eso nuestro régimen, que tendrá de común con todos los regímenes revolucionarios el venir así del descontento, de ¡a protesta, del amor amargo por la Patria, será un régimen nacional del todo, sin patrioterías, sin faramallas de decadencia, sino empalmado con la España exacta, difícil y eterna que esconde la vena de la verdadera tradición española; y será social en lo profundo, sin demagogias, porque no harán falta, pero implacablemente anticapitalista, implacablemente anticomunista. Ya veréis cómo rehacemos la dignidad del hombre para sobre ella rehacer la dignidad de todas las instituciones que, juntas, componen la Patria.

PARTE DE LA FALANGE, AQUELLA QUE CONSERVÓ EL ESPÍRITU DE SUS ORÍGENES, SE ENFRENTÓ A FRANCO

http://espiralrojinegra.blogspot.com/2007/12/hacia-una-historia-del-fes.html

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“Hay hoy en España dos cosas inesquivables, dos angustias, a las que hay que dar expansión histórica gigantesca. Una, estirpar la poquedad actual de España, dar a los españoles una Patria fuerte y liberadora. Otra, satisfacer los anhelos de justicia de la gran mayoría de la población, que vive una existencia difícil y encogida, muchas veces miserable (ahora salvando la distancias). Estos dos son imperativos de tal relieve, que su logro debe estar por encima de todo, presidiendo la empresa revolucionaria de los españoles, tras su grandeza y liberación. Y para darles cara se pisotea todo lo que haya que pisotear, desde la ordenación económica vigente hasta el tipo de vida melindroso y chato de las actuales clases directoras.Las palabras valen poco. Si esa empresa requiere que se verifique al grito de ¡Abajo el fascismo!, pues a ello”
RAMIRO LEDESMA RAMOS

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FUENTE:

https://danipirata80.wordpress.com/2011/04/15/la-falange-que-me-gusta/

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Juan Manuel de Prada: Capitalismo y derechos de bragueta

CAPITALISMO Y DERECHOS DE BRAGUETA,  por  Juan Manuel de Prada

 

 

Iniciamos con este artículo una serie de cuatro, en respuesta al profesor Carlos Fernández Liria, quien ha tenido la gentileza de contestar desde el periódico digital Cuartopoder.es a la crítica que, desde estas mismas páginas, hicimos a su ensayo “En defensa del populismo”. El profesor Fernández Liria, a quien algunos consideran “padre intelectual” de Podemos, merece todo nuestro respeto, por más que discrepemos de aspectos medulares de su pensamiento; y mantener con él una controversia nos honra y gratifica. En su libro, Fernández Liria sostiene que, para combatir el capitalismo, la izquierda debe utilizar las creaciones de la Ilustración, no las alternativas inoperantes del marxismo; pues considera que la Ilustración ha brindado una serie de “victorias irrenunciables de la razón”, entre las cuales ocupan un lugar primordial lo que nosotros, menos fervorosamente, hemos denominado “derechos de bragueta”. En nuestro análisis, señalábamos que lo que Fernández Liria considera “victorias de la razón” no son sino argucias del capitalismo para imponer sus postulados. Tal vez nuestra afirmación resultase demasiado apodíctica; pero nuestro detractor incurre en el mismo vicio cuando afirma que “no hay mejor forma de constatar la mucha razón que teníamos que ver lo cómodo que se siente Prada identificando la conquistas de la Ilustración con las exigencias económicas del capitalismo”. Para que no se nos pueda acusar de comodones, trataremos de argumentar más exhaustivamente.

Como Fernández Liria, consideramos que el capitalismo es un sistema económico que ha devastado millones de vidas (como la de la niñera a la que se refiere nuestro detractor, que vive separada de sus hijos por el océano). Sin embargo, si el capitalismo se hubiese limitado a destruir vidas de forma tan salvaje no habría podido triunfar, porque sus cientos de millones de damnificados se habrían rebelado; para triunfar, el capitalismo necesitó sobornar a una mayoría de las gentes a las que se proponía devastar. Sólo el mal más burdo aspira a triunfar mediante el ejercicio de la pura fuerza; en cambio, el mal sofisticado y protervo, el mal propiamente mefistofélico necesita ofrecer a quienes anhela destruir (o siquiera a una mayoría) una golosina que los contente, como a Fausto le ofreció eterna juventud. Y la golosina que el capitalismo nos ofreció fueron, precisamente, esos derechos de bragueta que Fernández Liria denomina “victorias de la razón”. Así lo percibieron espíritus clarividentes como Chesterton, quien afirma que los ricos, para esclavizar a los pobres, impusieron una “religión erótica que, a la vez que exalta la lujuria, prohíbe la fecundidad”. O como Hilaire Belloc, quien afirma: “Siempre resulta ventajoso para el rico negar los conceptos del bien y del mal, objetar las conclusiones de la filosofía popular y debilitar el fuerte poder inmediato de la voluntad humana. Siempre está en la naturaleza de la gran riqueza obtener una dominación cada vez mayor sobre el cuerpo de los hombres, y una de las mejores tácticas para ello es atacar las restricciones sociales establecidas. (…) La anarquía moral es siempre muy provechosa para los ricos y los codiciosos”.

El capitalismo tuvo claro desde el principio que, si deseaba que sus víctimas acatasen gustosamente su esclavitud, tenía que evitar que procreasen; pues de este modo podría pagar salarios más baratos y contratar cada vez menos gente (dejando que las máquinas hicieran el trabajo, garantizando una mayor plusvalía). En nuestros próximos artículos, demostraremos cómo la obsesión antinatalista fue primordial en todos los padres del (si el oxímoron es tolerable) pensamiento capitalista.

Trataremos de mostrar cómo los “derechos de bragueta” no son, como el profesor Fernández Liria pretende, “victorias de la razón ilustrada”, sino sobornos del capitalismo, que necesita que los trabajadores tengan pocos hijos, para debilitar su lucha (pues quien no tiene una prole por la que luchar acaba convirtiéndose en un conformista), poder pagar salarios más bajos y no tener que enfrentarse a masas de desempleados que un sistema de producción cada vez más mecanizado no puede absorber. Esta obsesión antinatalista es recurrente en todos los padres del capitalismo clásico; y sigue siendo hoy la obsesión de toda la plutocracia mundialista.

En Adam Smith el odio a la procreación es todavía timorato y simulado, aunque no se recata de solicitar la prohibición de las “Leyes de Pobres”, que aseguraban subsidios a las familias más necesitadas (lo que favorecía que tuviesen hijos) y Smith considera una deplorable supervivencia del régimen caritativo establecido en las parroquias católicas. En “La riqueza de las naciones” hay, por cierto, un pasaje enternecedor en el que Smith dimite de su tono morigerado para arremeter contra la que considera causante última de todos los males: “La constitución de la Iglesia de Roma –escribe este jeta máximo, defensor del libre cambio que trabajaba como aduanero—debe considerarse la conspiración más formidable que nunca haya tenido lugar contra la autoridad y seguridad del gobierno civil, así como contra la libertad, la razón y la felicidad humanas”. Pero serán los discípulos de Smith los que, en su (risum teneatis) amor a la libertad, la razón y la felicidad humanas, se esforzarán por reducir la natalidad de las familias pobres. David Ricardo, en su obra “Principios de economía política”, afirma que los subsidios a los pobres deben ser abolidos, porque “los confirman en sus hábitos” (procreadores, se entiende); y añade taimadamente: “Si conseguimos que la prudencia y la previsión [o sea, la anticoncepción] sean percibidas como virtudes necesarias y ventajosas, nos iremos acercando gradualmente a un Estado más estable y más sano”. David Ricardo, que no tendría empacho en aplaudir en el Parlamento los esfuerzos de los empresarios “por reducir la retribución a los trabajadores hasta la tasa más baja”, alertó también de que la caridad ejercida a favor de los niños de los pobres era muy perjudicial, porque estimulaba a sus padres a tener más hijos. Inevitablemente, Ricardo acabaría formulando la llamada “ley de bronce de los salarios”, según la cual los salarios tienden “de forma natural” (nótese el brutal sarcasmo) hacia un nivel mínimo que se corresponde con las “necesidades de subsistencia” de los trabajadores; cualquier incremento de los salarios por encima de este nivel –proseguía David Ricardo—provocaría que las familias de trabajadores tuviesen un mayor número de hijos, lo que a su vez las haría más pugnaces en la exigencia de subidas salariales.

Jean-Baptiste Say, otro padre del pensamiento capitalista, escribirá en su “Tratado de economía política” que el trabajador idóneo es el soltero, puesto que no necesita mantener una familia; y que, para conseguir que los salarios bajen, hay que conseguir que una mayoría de trabajadores sean solteros. Poco a poco, el capitalismo se iba atreviendo a formular su anhelo más irreprimible: había que reducir al máximo la reproducción de los trabajadores, para que unos pocos pudieran enriquecerse. Pero a este anhelo bestial había que darle primero un aderezo científico; y luego convertirlo en golosina, de tal modo que las masas idiotizadas creyeran que se les suministraba por amor a la “libertad, la razón y la felicidad humanas”.

Para lograr que las obsesiones antinatalistas del capitalismo fuesen aceptadas como “victorias de la razón” había que aureolarlas de un falso prestigio científico y filosófico; pues, de lo contrario, el capitalismo corría el riesgo de mostrar un rostro demasiado malvado que no engañase a nadie (ni siquiera a los forofos de la Ilustración). En esta labor de adecentamiento destaca la figura del clérigo anglicano Thomas Malthus, quien en su célebre “Ensayo sobre el principio de población” afirma sin ambages que el modelo económico capitalista sólo podrá sostenerse si se efectúa un “control preventivo” de la reproducción. El odio de Malthus a la generación humana es, en verdad, azufroso; y cuando la pluma se le calienta llega a extremos aberrantes; así, por ejemplo, propone que se fomenten los “matrimonios tardíos” entre los pobres (exactamente como se hace hoy) y que se les inculquen “hábitos prudentes”; pero considera (por odio clasista) que pretender inculcar hábitos de prudencia entre gente tan lerda “podría causar entretanto la ruina económica”.

Los padres del pensamiento capitalista, en fin, tenían el mismo concepto de los pobres que de los animales; y consideraban que la “prudencia” no sería suficiente para que dejaran de tener esos odiosos hijos que alteraban las “leyes naturales” del mercado. Pero el bellaco de Malthus era un puritano, y sólo se atrevía a insinuar insidiosamente lo que luego los neomathusianos dirán con absoluto desparpajo, hasta lograr entronizar los derechos de bragueta como “victorias de la razón” y fuentes de la felicidad humana. Y si Malthus había proporcionado la coartada cientifista, John Stuart Mill aportaría la sofistiquería disfrazada de filosofía. En su “Autobiografía”, después de proclamar su vergüenza por proceder de una familia numerosa, Mill señala que los principios maltusianos “eran entre nosotros [los adalides del pensamiento capitalista] una bandera y un punto de unión”. Y añade, con descarnado cinismo: “Esta gran doctrina la retomamos con un celo ardiente, como único camino para asegurar el pleno empleo y salarios altos al total de la población trabajadora mediante una restricción voluntaria del incremento de su número”. Mill, que en otro lugar de su “Autobiografía” defiende sin ambages que la institución familiar debe supeditarse a la organización económica, evidentemente no pretende asegurar el pleno empleo (que, como nosotros ya sabemos, es una quimera irrealizable en la sociedad capitalista), ni mucho menos (risum teneatis) garantizar “salarios altos”. Lo que de verdad quiere es que a través de la “restricción voluntaria” de sus capacidades generativas, los trabajadores tengan pocos hijos, de tal modo que les parezca salario alto cualquier birria y no luchen por el trabajo de sus hijos, que siendo pocos (o ninguno) podrán heredar el trabajo birrioso de sus padres.

El quid de la cuestión era, en efecto, que el antinatalismo se impusiera como una “restricción voluntaria”, incluso gustosa. Para ello Mill recurre (es el primero en hacerlo, y resulta llamativo que el profesor Fernández Liria adopte su mismo lenguaje) a la retórica ilustrada, presentando tal restricción como una expresión soberana de la libertad individual y del libre desarrollo de la personalidad. Además, Mill entiende astutamente que si se desea que esa “restricción voluntaria” resulte verdaderamente eficaz y la familia se supedite a la economía capitalista (o sea, se destruya), es necesario enviscar a la mujer contra el hombre y suscitar en ella una conciencia de agravio, para lo que escribe su célebre ensayo “El sometimiento de la mujer”. Aquella “religión erótica” a la que se refería Chesterton empezaba a cobrar forma.

Los derechos de bragueta no son, como pretende el profesor Fernández Liria, “victorias de la razón” ilustrada, sino sobornos que el capitalismo urde, caramelizados de farfolla ilustrada, para someter más implacablemente a las masas; pues, como todo el mundo sabe, para corromper a la gente, no hace falta sino exaltar sus anhelos egoístas, elevándolos a la categoría de “derechos”. El antinatalismo, en sus múltiples expresiones, fue una obsesión constante en todos los padres del capitalismo, que vieron en él un instrumento inmejorable para debilitar la posición de los obreros.

Con el triunfo del capitalismo, el odio al pobre azuzado por los malthusianos cristaliza –lo mismo en regímenes totalitarios que democráticos— en las más atroces prácticas eugenésicas, financiadas por los más conspicuos apellidos plutocráticos, de Ford a Rockefeller. Es la época en la que la feminista Margaret Sanger proclama tan campante que “lo más misericordioso que una familia humilde puede hacer por uno de sus miembros más pequeños es matarlo”. Pero, tras la Segunda Guerra Mundial, la eugenesia se convierte, por arte de birlibirloque, en una práctica de tufillo nazi. El capitalismo tuvo entonces que ingeniárselas para hallar otro método antinatalista más moderadito que impidiera que los pobres acaparasen los recursos naturales (tal como exige el Informe Kissinger, ese portento del pensamiento ilustrado). Había que conseguir que los trabajadores flojearan en la defensa de sus derechos (derecho a un salario digno, derecho a un trabajo estable, derecho a permanecer en su tierra), para lo que había que empezar –como había pedido Mill– destruyendo la institución familiar. Y tal destrucción se hizo fomentando la inmoralidad y la promiscuidad, exaltando aquella religión erótica profetizada por Chesterton, que a la vez que exalta la lujuria prohíbe la fecundidad. Rockefeller III (¡otro ilustrado tremendo!) diseñará una estrategia muy astuta, eficaz y barata, consistente en “empoderar” a las mujeres (y luego a los homosexuales) con las viejas ideas del pensamiento ilustrado (rebozaditas de “teorías de género”), para convertirlas en cipayas del capitalismo globalizado en su lucha contra la procreación, pero haciéndoles creer además (risum teneatis) que luchan por la libertad, la razón y la felicidad humanas. Evidentemente, a los plutócratas que financian el antinatalismo, de Rockefeller a Bill Gates, lo mismo que a sus mamporreros, de Kissinger a la bruja Hilaria, sólo les preocupa la libertad desenfrenada del Dinero: esa libertad que obliga a la niñera del profesor Fernández Liria a vivir separada de sus hijos; y que, sin embargo (anverso y reverso de una misma moneda), a otras mujeres les permite no concebirlos, o arrancárselos de su vientre.

El mal puede hacer daño descaradamente a algunos; pero, si desea imponerse, a otros muchos tiene que halagarlos y hacerles creer que busca su bien, como hacía el Gran Inquisidor de Dostoievski: “Nosotros les enseñaremos que la felicidad infantil es la más deliciosa. (…) Desde luego, los haremos trabajar, pero organizaremos su vida de modo que en las horas de recreo jueguen como niños entre cantos y danzas. Incluso les permitiremos pecar, ya que son débiles, y por esta concesión nos profesarán un amor infantil. Y ellos nos mirarán como bienhechores al ver que nos hacemos responsables de sus pecados. Y ya nunca tendrán secretos para nosotros”.

Para luchar contra el mal hay que empezar renegando de sus sobornos. Toda lucha anticapitalista que –como hace Podemos– se aferra a los sobornos del capitalismo es una pantomima infantil y aspaventera, puro colaboracionismo con el mal.

FUENTE:    Publicado el 3 enero, 2017 por danipirata80

https://danipirata80.wordpress.com/2017/01/03/capitalismo-y-derechos-de-bragueta-completo/

Publicado  también por:

https://carlismo.es/juan-manuel-de-prada-capitalismo-y-derechos-de-bragueta-i/  24 jun 2016 / ABC, 9-VII-16

https://carlismo.es/juan-manuel-de-prada-capitalismo-y-derechos-de-bragueta-ii/ 24  jun 2016 / ABC, 11-VII-16

https://carlismo.es/juan-manuel-de-prada-capitalismo-y-derechos-de-bragueta-iii/25 jun 2016 / ABC, 18-VII-16

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Ética y moral – Gustavo Bueno

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Ética y moral –

 Gustavo Bueno Martínez

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Las violaciones de mujeres alemanas cometidas por el Ejército Rojo

Las violaciones en masa cometidas por el Ejército Rojo
Juan E. Pflüger
/ 02 julio, 2015
El jefe de propaganda del ejército soviético lo tenía claro y así se lo trasmitió a las tropas comunistas que, tras romper el frente oriental, entraron en Alemania: “¡Maten! ¡Maten!. En la raza alemana no hay más que mal, ¡ni uno entre los vivos, ni uno entre los aun no nacidos, nada más que mal! Sigan los preceptos del camarada Stalin. Aniquilen a la bestia fascista de una vez por todas en su guarida. ¡Usen la fuerza y rompan el orgullo racial de esas mujeres alemanas! ¡Tómenlas como su botín de guerra! A medida que avancen, maten, nobles soldados del ejército rojo.”

La consecuencia: dos millones de mujeres alemanas violadas, de las que casi un cuarto de millón asesinadas durante o después de la violación. Una conducta inducida por los mandos que trasmitieron a la tropa “su derecho” a tomar a las mujeres alemanas como parte del botín de guerra.
Las denuncias de violaciones en Alemania fueron sistemáticamente silenciadas y ocultadas tras la Segunda Guerra Mundial. Al fin y al cabo, los soviéticos habían sido ganadores del conflicto y Estados Unidos, Inglaterra y Francia no estaban dispuestos, tampoco tenían fuerza para ellos como se demostró poco después, a enfrentarse contra Stalin y sus socios. Un libro publicado en 2005 por el historiador británico Antony Beevor “Berlín, la caída: 1945” demostró documentalmente la masacre cometida por el Ejército Rojo a medida que ocupaba territorio alemán.

En la zona oriental, todavía durante la guerra, fueron violadas casi 1,4 millones de mujeres de todas las edades, desde niñas a ancianas. La orgía continuó con la toma de Berlín, donde más se cometieron más de 100.000 violaciones. Como si no hubieran tenido suficiente, en la zona controlada por la URSS, continuaron con esta práctica llegando a cometer otro medio millón de abusos.

Las descripciones que Beevor recoge en su libro son espeluznantes: violaciones múltiples, niñas, ancianas,… El sadismo estuvo presente en todos los casos, pero especialmente en aquellos en los que, como la esposa del ex canciller Helmut Kohl, las hijas eran violadas delante de sus madres. O aquellas en las que los abusos sexuales iban acompañados de torturas que terminaban con la muerte de las víctimas.

La documentación oficial consultada por el historiador no deja lugar a la duda sobre los brutales hechos. En ellos, los más crueles resultaron ser los soldados mongoles que llegaron a crucificar vivas a mujeres que previamente habían violado y se llegaron a encontrar algunas que habían sido ahorcadas con sus propios intestinos tras haberles abierto el estómago.

Infinidad de casos que no se restringieron a la entrada de los soviéticos en Alemania. Sucesos similares, aunque en menor número, se vivieron durante la toma soviética de Hungría, donde se han documentado 55.000 violaciones.
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FUENTE:
https://gaceta.es/blogs/crimenes-del-comunismo/violaciones-masa-cometidas-ejercito-rojo-02072015-2053-20150702-0000/


Ilya Ehrenburg
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http://es.metapedia.org/wiki/Ilya_Ehrenburg

Iliá Grigórievich Erenbúrg (Kiev, 1891 – Moscú, 1967) conocido popularmente como Ilya Ehrenburg, fue un escritor y periodista judío, jefe de propaganda del ejército soviético y conocido por su marcado antigermanismo. Nació en la ciudad rusa de Kiev, el 27 de enero de 1891 y murió en Moscú, el 31 de agosto de 1967 a los 76 años de edad. Recibió el Premio Lenin de la Paz por sus “méritos” en el año 1952.

Antigermanismo
Ehrenbúrg fue conocido por su radical antigermanismo. Su odio hacia Alemania le hizo proferir frases como estas:

“¡Soldados del Ejército Rojo, arrancad por la violencia el orgullo racial de las mujeres alemanas!…¡Violad, destruid, matad!”
“Alemania es una puta. Estamos en Alemania. Las ciudades arden y me siento feliz. Los alemanes no tienen alma. Levantaremos cadalsos en Berlín. El terror empuja a los alemanes y a sus hembras hacia el oeste. Alemania puedes dar cuantas vueltas quieras y arder y aullar en tu mortal agonía. ¡La hora de la venganza ha sonado!”
“Los alemanes no son seres humanos. De ahora en adelante la palabra “alemán” es la peor maldición para nosotros. De ahora en adelante la palabra alemán debe golpearnos. Debemos decir no más. No debemos excitarnos. Debemos matar. Si no has matado al menos un alemán en un día, has desperdiciado el día. Si creen que su vecino matará a un alemán, no se dan cuenta del peligro. Si no matan al alemán, el alemán los matará a ustedes. El secuestrará sus familiares y los llevará a su maldita Alemania para torturarlos”[1]
Julio 7 de 1942
“Si no pueden matar a un alemán con una bala, mátenlo con la bayoneta. Si hay calma en su parte del frente o esperar la lucha, maten un alemán mientras tanto. Si ustedes dejan a Alemania viva, los alemanes colarán a los rusos y violarán a las rusas. Si matan un alemán maten a otro –no hay nada más divertido para nosotros que un puñado de cadáveres alemanes. No cuenten los días ni los kilómetros, cuenten solo el número de alemanes muertos por ustedes. Maten al alemán –esa es la solicitud de sus abuelas ¡maten a los alemanes!- esa es la oración de sus niños. ¡Maten a los alemanes! –su patria les pide. No fallen, no desistan ¡Maten!”[1]
Panfleto “Matar” de Eremburg
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“No es suficiente con enviar a los alemanes al oeste de vuelta. Los alemanes deben ser cazados hasta la tumba. Ciertamente, un Fritz con el ojo morado es mejor que uno sin ojo, pero de todas las variedades de Fritzes la mejor es el muerto.”.
Ehremburg, Octubre de 1944 en Estrella Roja
“¡Maten valientes hombres del Ejército Rojo, maten! No hay nada de lo que el alemán no sea culpable. El Camarada Stalin nos ordeno que sacrifiquemos al animal rabioso. Rompan con la fuerza el orgullo racial de las mujeres alemanas. Tómenlas como su trofeo de guerra por derecho. Maten, valientes hombres del Ejército Rojo, maten.”

MÁS INFORMACIÓN:
http://es.metapedia.org/wiki/Ilya_Ehrenburg

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“Compre oro y sálvese…”

Detrás de la Razón – Compre oro y sálvese: Estados Unidos y Trump controlan

 

https://www.youtube.com/watch?v=JP166Lr95KA

https://youtu.be/JP166Lr95KA

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