JULIO MEINVIELLE
Qué saldrá de la España que sangra
De la justa y santa guerra de España

Nihil obstat: Gulielmus Furlong, S.J., 7-XI-1937
Imprimi potest: Antonius Rocca, Ep. August. et Vic. Gen., 11-XI-1937

Yo no quiero detenerme a explicaros los hechos materiales que han
precedido y acompañado esta tremenda lucha. No quiero considerar ni la
caída del monarca en 1931 ni la lucha de moderados y extremistas durante los
cinco infelices años de la segunda república. Tampoco quiero exponer la
mentira electoral de febrero de 1936 presidida por la venal imparcialidad del
gobierno del masón Portela Valladares. Quiero pasar por alto el triunfo del
Frente Popular, a pesar de que las derechas le habían aventajado en más de
medio millón de votos; no quiero mencionar el estado de anarquía que se
abrió el 16 de febrero de 1936 para terminar con el alevoso asesinato del gran
patriota Calvo Sotelo, perpetrado por el gobierno. Tampoco quiero exponer
aquí los sobrados motivos que justifican el glorioso levantamiento cívicomilitar
del 18 de julio de 1936, al frente del cual marcha un gloriosísimo
caudillo, símbolo y prez de la España que surge. Ni quiero finalmente hacer

mención ni de las 20.000 iglesias destruidas por la chusma roja, ni de los
16.700 sacerdotes cruelmente asesinados ni de los 300.000 laicos
cobardemente sacrificados.
Ni siquiera quiero demostrar la obligación que pesaba sobre todos los
ciudadanos españoles que no habían perdido la conciencia de su dignidad, de
tomar las armas para defender no ya las haciendas en peligro sino la honradez
de las propias hijas, novias, esposas y madres expuestas a profanación y el
derecho de la libertad de profesar la Santa Religión de Jesucristo, alma de
toda la vida individual, familiar y social de España.


Toda la monarquía de los Borbones que se inaugura con Felipe V se
caracteriza por su absolutismo. El Regalismo triunfa; la Iglesia sufre despojos,
violencias y agresiones por parte del gobierno regio. Felipe V disgustado con
Clemente XI expulsa al Nuncio, y las divergencias continúan hasta el célebre
Concordato entre Benedicto XIV y Fernando VI de 1753 por el cual laCorona quedó en posesión del Patronato Universal. Tormentoso y aciago fue
asimismo el reinado de Carlos III en que la expulsión de los jesuitas, la Causa
del Obispo de Cuenca, la tentativa de desamortización eclesiástica, la
prohibición de publicar bulas Pontificias sin el Regium exequatur fueron otros
tantos atentados contra la autoridad espiritual.

Detrás del absolutismo produce estragos en España, el segundo gran
enemigo de la cristiandad, el demoliberalismo. Las célebres Cortes de Cádiz
introdujeron oficialmente el espíritu enciclopedista con la voluntad de
derrocar hasta sus cimientos la España Católica, la España tradicional, de
borrar, como decía uno de sus oráculos el Conde Cabarrús en sus cartas, los
errores de veinte siglos. Y España descuajada en su vida pública de la Iglesia
que le daba unidad y grandeza, de tumbo en tumbo fue decayendo durante
más de un siglo, conociendo las alevosías y traiciones de los propios
gobernantes que vendían la grandeza del país al extranjero mientras activaban
las matanzas de frailes y las quemas de iglesias, tan célebres algunas de ellas
como las de los años 1834 y las de 1870. La Nación-fuerza se convirtió en la
cenicienta desgraciada del mundo, ludibrio de los pueblos y juguete de las
intrigas de conciliábulos secretos. Es cierto que la vitalidad católica no
desaparece sino que se concentra en la Comunión Tradicionalista del
Carlismo que durante más de un siglo de bastardía política sabe mantener
intacto el depósito sagrado de verdades que pueden salvar a los pueblos. Y lo
mantiene con el ardor bélico del requeté que va a luchar por España, porque
lucha por su Dios. Pero el liberalismo debía triunfar y el Carlismo había de
quedar como fuerza de reserva para el momento fijado en los designios
providenciales que rige el curso de la historia.

No son para referir aquí los
desmanes vergonzosos de cinco años de república… Ellos no eran sino el
anticipo del gran crimen que se estaba a punto de cometer o sea entregar
España, brazo derecho de la Cristiandad, a los judíos, sus eternos enemigos y
que desde Moscú quieren dirigir los destinos de los pueblos.

Carácter de la República en España
Y no podía ser sino el Comunismo, el tercer y último gran enemigo de la
Cristiandad el resultado lógico de una república española. Los hechos
históricos deben ser estudiados con un sentido auténticamente realista. Ahora
bien, los intentos de los republicanos españoles, de todas las gamas posibles,
desde los republicanos católicos, tipo Miguel Maura, pasando por los
radicales anticlericales de Azaña hasta los comunistas intransigentes de Largo
Caballero, no podían finalmente concretarse sino en una república anarcocomunista
uncida al carro de Moscú.

La república en España era entonces la Anti-España. Y lo era aún en el
sentido material de la palabra. Porque desde el día de su advenimiento
emprendió la tarea de demoler todo cuanto podía evocar la grandeza de la
España eterna. Los obispos han podido denunciar en documento público
cómo la revolución comunista que pregona la república con el mismo ardor
con que devasta a España es esencialmente «anti-española». La obra
destructora se realizó a los gritos de «viva Rusia», a la sombra de la bandera
internacional comunista. Las inscripciones murales, la apología de personajes
forasteros, los mandos militares en manos de jefes rusos, el expolio de la
nación en favor de extranjeros, el himno internacional comunista, son prueba
sobrada del odio al espíritu nacional y al sentido de la patria. Y por la
compenetración que de hecho y en concreto existe entre España y la Iglesia, la
revolución, además de cruel, inhumana y bárbara debía ser, eminentemente
anti-cristiana, como la denuncia el episcopado español: «No creemos que en
la historia del Cristianismo y en el espacio de unas semanas se haya dado
explosión semejante, en todas las formas del pensamiento, de voluntad y de
pasión, del odio contra Jesucristo y su religión sagrada. Tal ha sido el
sacrílego estrago que ha sufrido la Iglesia en España que el delegado de los

rojos españoles, enviado al Congreso de los sin-Dios en Moscú, pudo decir:
«España ha superado en mucho la obra de los soviets, por cuanto la Iglesia en
España ha sido completamente aniquilada…» El odio a Jesucristo y a la Virgen
ha llegado al paroxismo y en los centenares de Crucifijos acuchillados, en las
imágenes de la Virgen bestialmente profanadas, en los pasquines de Bilbao en
que se blasfemaba sacrílegamente de la Madre de Dios, en la infame literatura
de las trincheras rojas, en que se ridiculizan los divinos misterios, en la
reiterada profanación de las Sagradas Formas, podemos adivinar el odio del
infierno encarnado en nuestros infelices comunistas. «Tenía jurado vengarme
de tí», le decía uno de ellos al Señor encerrado en el Sagrario y encañonando la pistola disparó contra él, diciendo: «Ríndete a los rojos, ríndete al
marxismo.»

Las milicias intrépidas de requetés iban a ofrecer los primeros
contingentes de bizarros muchachos que se iban a lanzar al combate por su
Dios y por su Patria. Por aquí debía comenzar la reconquista porque allí se
concentró siempre la fiereza del león hispano. Después debía aportar fuerzas
la Falange de las J. O. N. S. trayendo ímpetu, renovación, aventura, anhelo imperial. Fuerzas quizás no tan puras, fuerzas no tanto movidas por el anhelo
de servir a Dios, fuerzas en cierto modo redimidas del campo contrario, pero,
de todos modos fuerzas con un fervor incontenible de servir a España y de
expulsar para siempre de su suelo a la hidra marxista.

Y a la cabeza de estas fuerzas debía suscitar Dios a un caudillo,
predestinado para esta hora, quien debía asimismo acaudillar a los
contingentes moros, que ambicionaban formar parte de esta heroica cruzada
contra el comunismo ateo que querían implantar los judíos. Yo sé, que
muchos sufren escándalo porque el Generalísimo Franco ha usado de los
moros para reconquistar a España. Pero debían escandalizarse que sea tan
grande el cinismo de los rojos –anti-españoles– que haya hecho necesario
traer a los moros para enseñarle los deberes de amor a la Patria. Además que
con ello no hace Franco sino cumplir las directivas del Santo Padre en Roma
quien está incitando a todos los hombres que mantienen la creencia en Dios,
aunque no sean católicos, a unirse contra el comunismo ateo que es el
supremo enemigo de la humanidad en la hora presente.

Y esta lucha de heroísmo se ha hecho posible por un espíritu
verdaderamente cristiano. Nada más elocuente en este sentido que la epopeya
del Alcázar, cumplida por una protección especial de la Madre de Dios, como
ha dado testimonio el mismo General Moscardó, nuevo Guzmán el Bueno,
nada más elocuente que toda la guerra –en tierra, mar y aire– que es un
triunfo magnífico de la Madre de Dios que es ensalzada públicamente y a
todas horas en los campamentos de la España nacional con el mismo fervor
con que es blasfemada en los campamentos rojos; nada más elocuente que el
heroísmo de los 16.700 sacerdotes inmolados por la fe y el de los 300.000
laicos sacrificados por su lealtad a Dios y a España.

La Guerra española es una Guerra Santa
La Guerra de España, que es una guerra heroica es también una guerra
santa. Y es una guerra santa porque la lucha se entabla en el campo teológico.
No se lucha simplemente por algo político u económico, ni siquiera por algo
simplemente cultural o filosófico. Se lucha por algo inmensamente superior
como es el imperio de Cristo o del Antecristo. Las palabras del Cardenal
Gomá y Tomás (El caso de España, pág. 7) expresan admirablemente esto que
está en la conciencia de toda España. «La guerra que sigue asolando gran
parte de España y destruyendo magníficas ciudades no es en lo que tiene de
popular y nacional, una contienda de carácter político en el sentido estricto de
la palabra. No se lucha por la República… Ni ha sido móvil de la guerra la
solución de una cuestión dinástica… ni se ventilan con las armas problemas
inter-regionales… Esta cruentísima guerra es, en el fondo, una guerra de
principios, de doctrinas, de un concepto de la vida y del hecho social contra
otro, de una civilización contra otra… Cristo y el Anticristo se dan la batalla
en nuestro suelo…»

Y de ello da también magnífico testimonio el Cardenal Verdier,
arzobispo de París, según una información cablegráfica de «La Nación»
(octubre, 8) cuando después de reconocer que la lucha española es en realidad
una lucha entre la civilización cristiana y la suprema civilización del ateísmo
soviético, añade: «Si esta lucha se desarrolla en España es porque los
enemigos de Dios la eligieron para ser la primera etapa de su obra
destructora. Pero surge una gran esperanza para su patria y sobre todo el
heroísmo tan cristiano de sus hijos provoca la admiración del mundo entero,
añadiendo un nuevo esplendor a la gloria caballeresca de España.»

El movimiento de la lucha es ese en la
masa colectiva, y ese, sobre todo ese, por una exigencia metafísica que
impregna la substancia misma de la lucha, por sobre la voluntad de los
combatientes.
Nada sorprendente que así sea, para el que haya penetrado en la
degradación histórica que se viene operando con lógica inflexible desde el
Renacimiento a aquí. Con Lutero se destruyó el orden sobrenatural de la
gracia, con Kant el orden de la inteligencia, con Rousseau el orden político o
moral, con el Capitalismo el orden inferior de lo económico y ahora con el
comunismo no queda sino una lucha a muerte por Ser o no ser. Todo o nada.
Cristo o el Anticristo.

 

La misma
consideración hay que formular con respecto a la ayuda militar que prestan
Alemania e Italia y Portugal. Vergüenza debía dar a ciertas naciones de estirpe
católica que los deberes que ellos no cumplen como hermanos de la fe del
pueblo español, deba ser suplido por pueblos infieles o paganos.

 

Porque si el
católico debe amar a su prójimo, le debe amar con eficacia. Y cuando no hay
medio para asegurar los derechos del prójimo y del país y de la religión que se
profesa que el recurso a las armas, a ellas debe acudir con ánimo varonil. No
sólo puede sino que debe hacerlo. Por esto las Sagradas Escrituras hacen el
elogio (Libro Primero de los Macabeos, cap. IV) de Judas Macabeo, quien
revistióse cual gigante la coraza, ciñóse sus armas para combatir y protegía
con su espada todo el campamento. Y en los esplendores de la Edad
Cristiana, los varones de la Cristiandad exhortados por los Sumos Pontífices y
dirigidos por denodados jefes peleaban resueltamente contra los enemigos del
cristianismo. La época de las Cruzadas llena las páginas más gloriosas de la
Iglesia. Y la figura de Santa Juana de Arco, no es una decoración en las
iglesias católicas, sino que es un símbolo y ejemplo que invita a todo cristiano
a pelear con desmedro para que la inquietud no esclavice a los hijos de la luz.

 

España finalmente trabajará primero junto
a las potencias fascistas o semifascistas de Europa para dar término a la tarea
de quebrar la cabeza del monstruo comunista… y más tarde, brazo derecho
de la Cristiandad, pondrá término a la Prepotencia babilónica de los
modernos imperios paganos, concentrada sobre todo en Alemania. Quizás
pueda sorprender a muchos esta hipótesis, que ha de aparecer
extremadamente aventurada, sobre todo cuando ha existido siempre una
afinidad entre Alemania y España, en gran parte por oposición a Francia, y
más ahora cuando Alemania presta tan grandes servicios a la causa de la
Reconquista Española. Pero no olvidemos que históricamente la grandeza de
España se ha realizado con la casa de los Austria. La profunda afinidad de
España con Alemania es entonces por Austria y no por Prusia. Prusia es la
barbarie de Alemania… la grandeza nacional-socialista enormemente grande y
brutal con grandeza de Babilonia, es cosa anti-alemana. Prusia son los pies de
Alemania que se han convertido en cabeza para darnos una Alemania prusinificada que es una Alemania invertida. Y aunque Alemania pueda ahora
como brazo ejecutor de los designios de Dios, que también se sirvió en otros
tiempos de Nabucodonosor y de Atila, ser el gran instrumento para la
represión del comunismo, a su vez ella también representa un enorme peligro
para la civilización cristiana como lo ha proclamado al mundo, la voz augusta
del Vicario de Cristo, y no es gran mérito prever que después que el problema
comunista quede liquidado, se planteará una lucha tremenda entre la
Alemania racista y Roma, la Roma de los Papas, primero pero también, la
otra Roma. Y Austria con todos los largos y profundos problemas espirituales
que condensa será el foco de la lucha. Y entonces España, brazo derecho de
la Cristiandad tendrá sin duda que ejecutar ahora la misión que no cumplió
Carlos V, es a saber de aplastar el poderío arrogante de este nuevo
Nabucoodonosor4  (4Cf. Julio Meinvielle, Entre la Iglesia y el Reich.)

Pero el peligro de la
exaltación pagana que adquiere su expresión típica en el nacional-socialismo
de Alemania es un peligro enorme y brutal para la Civilización Cristiana y por
tanto para el mundo, que no puede encontrar su salud sino en Cristo. El
nacional-socialismo puede forjar una grandeza enorme pero será una
grandeza de esclavos como la que se llevó a cabo en el antiguo Egipto y
Babilonia. España, que representará en Europa el tipo de un pueblo y de un
Estado cristiano y que será lo que siempre ha debido ser, el brazo derecho de
la Cristiandad, tendrá una misión excepcional en esta tarea de vencer al
Paganismo. Y después de ella, restaurada la NUEVA CRISTIANDAD,
España volverá a su antigua grandeza de evangelizadora porque así como el
Apóstol que la conquistó para la fe, corrió hasta el cabo Finisterre, el último
confín de la tierra, para llevar a Cristo, así España, heredera del ímpetu del
Apóstol, llevará hasta el último confín del globo terráqueo la voz de
Jesucristo.

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https://ia801900.us.archive.org/3/items/QueSaldraDeLaEspaniameinvielle/Que-saldra-de-la-Espania%20(meinvielle).pdf
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