145) Genocentrismo I

LUNES, 23 DE ENERO DE 2017

145) Genocentrismo I

 

Genocentrismo I. Para los futuros.

 

Manu Rodríguez. Desde Europa (23/01/17).

 

*

 

*La cuestión naturaleza/cultura nos importa. Debemos conocernos mejor, así como profundizar en la conducta y las actividades de los seres humanos. No sólo mediante la etnología y antropología cultural, también la etología (Lorenz, Tiberghien…, los primeros), y la sociobiología (Wilson). Etólogos y sociobiólogos no resuelven, a mi manera de ver, esta distinción, esta ‘dualidad’ (el doble eje que nos articula y constituye). Wilson, en particular, y la corriente que inicia (sociobiología), se limita a ‘reducir’ la cultura a la naturaleza. Esto es, no ven en la cultura sino la agresividad, la violencia, el ‘egoísmo’ y demás que imperan en el resto de las formas vidas, esto sí, sublimados. En el fondo se limitan a decir que las formas culturales (derecho, economía, política…) no son otra cosa que máscaras que ocultan la subyacente ‘lucha por la existencia’ que recorre toda la naturaleza viviente.

Pienso que la dificultad se encuentra en el concepto ‘naturaleza’ (no entendida aquí a la manera de la ‘physis’ griega y heideggeriana). Para los biólogos y sociobiólogos (ortodoxos, darwinianos)  ésta no es sino la citada ‘lucha por la vida’, la querella natural entre todos los seres vivos por el territorio, la alimentación, y la reproducción. Y reducen toda la cultura (y sus formas internas) a estos tres factores.

Otra cuestión son los genes. Hay también un ‘reducionismo’ genético. Aquí se trata de ver en los genes el origen de todos nuestros rasgos conductuales, sean positivos o negativos (quiero decir desde el punto de vista social), esto es, tanto el egoísmo como el altruismo. Psicobiólogos, y otros, encuentran que estos aspectos pueden ser encontrados incluso en el mismo genotipo, al igual que la dependencia al alcohol, o a las drogas, la homosexualidad, o el asesinato compulsivo… o el rasgo más insólito que se te pueda ocurrir de la conducta de los humanos.

Sin embargo hay algo en los genes que llama la atención y que sí es verdaderamente revolucionario. El código genético (la relación biunívoca tripletes de base-aminoácidos) es el primer código que podemos encontrar en  aquello que se nos aparece, en la ‘physis’. En la naturaleza viviente se distingue entre el plasma genético o germinal y el plasma somático. Los somas pasan, pero los genes permanecen (a través de la reproducción). Los aminoácidos son usados por los genes para construirse sus cuerpos, sus somas. Estos son vehículos de supervivencia de los genes (desde las formas vivas más simples, hasta las más complejas).

El origen y el término de todo ‘mensaje’, en todas las formas vivas, son los genes, el genoma. Son los genes los que, en último término, reciben la información desde el exterior, y responden de inmediato a las circunstancias ambientales que sean (cambios en la composición química o físico-química del agua o del aire; la presencia del rival o del partenaire…). Todo esto pertenece al ámbito de la comunicación celular.

Los genes son tanto reactivos como proactivos; su conducta no es sólo inducida, sino también espontanea; no sólo reaccionan ante el exterior, sino que crean y actúan en ausencia de estímulos. Los genes son los únicos responsables de toda actividad, los únicos actores. Se puede decir que los genes son lo único vivo en la naturaleza, y por consiguiente, los únicos sujetos de la actividad viva en el planeta. Y esto incluye a los humanos. No hay sino genes. Los fenotipos nos engañan (las apariencias engañan).

Tengo para mí que, desde el descubrimiento de los genes y del código genético, hemos pasado del fenocentrismo al genocentrismo y, en lo que concierne a las formas vivas, del fenómeno al (ge)noúmeno. Lo único ‘vivo’, pues, en el planeta son los genes. Estos son los únicos sujetos de toda actividad. Podemos decir con toda tranquilidad que nosotros somos los genes. El humanismo, cualquier humanismo, es un resto del antiguo antropocentrismo (‘fenocentrismo’) del neolítico –resulta ya arcaico en los tiempos que corren. Después de Copérnico y Kepler, ésta es la revolución más importante y la más destructiva de las ideas antropocéntricas o antropomórficas. Ninguna otra disciplina o corriente cultural contemporánea (ningún otro saber) destruye la idea del humanismo o antropocentrismo como esta de los genes (los únicos sujetos ‘vivos’ del planeta).

Me parece bastante extraño que no se haya llegado a esta conclusión sesenta años después del descubrimiento del ADN y del código genético, esto es, que no se haya dado el paso del ‘fenocentrismo’ al ‘genocentrismo’, y que sigamos viviendo como si no hubiera pasado nada al respecto. Esta certeza (el que nosotros somos los genes) cambiará por completo el modo en que nos vemos y nos conceptuamos los humanos, así como el modo en que vemos y conceptuamos al resto de las formas vivas. El ‘hombre’ desaparece. No hay sino una única sustancia viviente en el planeta, y nosotros somos esa sustancia –fragmentos (ordenados) de esa sustancia.

El ecologismo sigue siendo fenocentrista cuando postula la solidaridad con el resto de los seres vivos (y no digamos cuando pretende extender a los ‘animales’ los derechos ‘humanos’). En este discurso sigue siendo el ‘hombre’ el sujeto de la enunciación, siguen siendo los fenotipos los ‘protagonistas’ de la vida en la tierra. Y otro tanto podemos decir de sociobiólogos y psicobiólogos, donde sigue siendo el ‘hombre’, el fenotipo, el centro de su atención.

El genotipo, o el genoma (los genes), no nos dirige (la tesis de Dawkins –inexplicable en un biólogo), nosotros no somos dirigidos, no somos máquinas de supervivencia de los genes (esto es, no somos el fenotipo), sino que somos los mismos genes (no hay otro sujeto). Dawkins sigue siendo fenocentrista, a pesar de sus conocimientos en la materia. Los genes son el sujeto último en todo momento y lugar. No hay otro que piense, sienta, hable o quiera. Los genes, pues, son los responsables y los creadores de toda cultura, toda vez que no hay otros sujetos en la completa actividad biológica de este planeta. Así pues, no la naturaleza sin más, sino la naturaleza viviente, la sustancia viviente única, los genes.

Hay que partir del genocentrismo. Es un suerte de ‘monismo’ que tiene en cuenta las innumerables formas (fenotipos, cuerpos, somas…) a que ha dado lugar una única sustancia. En lo que concierne a los humanos ha dado lugar a razas y a culturas muy diversas. El árbol de los pueblos y culturas del mundo forma parte del árbol de la vida. Y esto es lo más sagrado que hay encima de la tierra.

El etnocentrismo, el racismo, el segregacionismo, o el supremacismo de unos y de otros son rasgos de ignorancia; algo arcaico, y contra-natura (contra la naturaleza viviente). Así como la indiferencia con que se explota a la naturaleza en perjuicio, en último término, no del hombre –como dicen incluso algunos manuales de ecología–, sino de la misma vida. Son rasgos de ignorancia, prepotencia, y locura.

Recordemos, desde el genocentrismo, la frase del primer hombre que puso el pie sobre la Luna. Sus palabras fueron: “Éste es un pequeño paso para el hombre, y un gran paso para la humanidad”. Pero no fue un paso dado por el hombre o la humanidad, sino por la misma vida. Fue la vida, la sustancia viviente única, la que llegó a la Luna. Visto desde el genocentrismo: mientras sigamos pensando así, nos comportamos ciertamente como fenotipos, como esclavos, como subordinados, como máquinas dirigidas, pues ignoramos al sujeto último de toda actividad, esto es, nos ignoramos a nosotros mismos. Nosotros hemos llegado a la Luna, pero ‘nosotros’ somos la sustancia viviente única, los genes, el plasma germinal.

Así pues, el ‘hombre’ no es ni la obra o la criatura de un artífice divino (concebida también como el señor de las bestias), ni la máquina de supervivencia de los genes. En ambos casos se le considera como ente creado. El ‘hombre’ no es.

Los cuerpos, las máquinas de supervivencias de los genes –de la sustancia viviente única– carecen de voz. No habla el hombre en los fenotipos humanos, no ruge el león, no trina el pájaro… Es la vida en todo momento, en toda criatura. No hay sino genes, genotipos, genoumas.

*Los pares naturaleza/cultura, cuerpo/alma, y genotipo/fenotipo se correlacionan en dos líneas cuasi maniqueas: la línea naturaleza-cuerpo-genotipo, y la línea cultura-alma-fenotipo. En la vieja ética judeo-platónica la naturaleza (el cuerpo) necesita ser dominada por el alma intelectiva –racional. Se habla de las pulsiones de la ‘bestia’, del animal en nosotros, y de la necesidad  de un ‘kibernein’, de un piloto (conciencia o alma). No muy diferente son las ideas de Dawkins: en su teoría del gen egoísta, los fenotipos conscientes deben superar, vencer, o dominar los mandatos de los genes, siempre egoístas e inhumanos, para alcanzar algo de ‘humanidad’. Resumiendo: La naturaleza, el cuerpo (lo animal en nosotros), o los genes (siempre egoístas), se oponen a la cultura, al alma (introducida por el dios en el momento de la concepción), y al fenotipo (el hombre social, y moral). La ética de Dawkins puede ser perfectamente adaptada a la moral tanto platónica como judeo-cristiano-musulmana. Humano, demasiado humano me parece todo esto. Arcaico, ‘ptolemaico’, antropocéntrico, fenocéntrico.

Nosotros, el cariotipo humano, no estamos sobre-determinados ni  por un dios, ni por un genoma egoísta. No somos obra  ni de uno ni de otro. Pues nosotros somos los genes.

Nuestro destino está absolutamente abierto y por escribir. Y aquí se encuentra la fuente de nuestra libertad. Pero no se trata de la libertad del ‘hombre’, sino de la libertad de la sustancia viviente única, la libertad de la vida.

Los genes se crean sus propios cuerpos y sus propias lenguas y culturas. Las lenguas y las culturas tienen un carácter social o de socialización. Una de las potencias de la vida es, precisamente, su capacidad de multiplicar los cariotipos (las formas vivas), las diferentes formas de vivir en el hielo y en el fuego, por así decir. No hay entorno físico-químico donde la vida, la sustancia viviente única, no haya intentado, al menos, establecer un nicho ecológico. Las culturas también están adaptadas a las condiciones físico-químicas (temperatura, presión atmosférica, vegetación, medios de subsistencia…). Las formas de escritura, por ejemplo, han sido y son  muy variadas. Esto quiere decir, simplemente, que hay muchas formas de establecer la comunicación mediante formas simbólicas escritas; que no hay un camino único, o que el camino no está trazado de antemano; que los caminos –los modos y maneras– se hacen. La escritura estaba por venir, como estaban por venir las diversas lenguas –los sistemas completos de comunicación verbal, de interacción social. En uno u otro caso las soluciones han sido muy variadas. Cada grupo o pueblo los han resuelto a su manera, y en total aislamiento unos de otros (sin mediar influencia alguna), de manera espontanea.

La variedad de lenguas y culturas, y su necesidad en los cariotipos humanos, es una muestra de nuestra potencia y de nuestra libertad (no como hombres sino como genes). Aquí la necesidad y la libertad no entran en contradicción. La imposición, pues, de una lengua, de una escritura, o de una cultura de un pueblo sobre otro, y la extinción, por consiguiente, de sistemas de escrituras, de lenguas, y de culturas, es un crimen. Debido a la masiva destrucción (desde hace milenios) de lenguas y culturas, hemos perdido tantos datos sobre nuestro pasado (el pasado del cariotipo humano) que nos hace muy difícil reconstruir nuestra evolución cultural (en amplio sentido) –reconstruir el árbol, el ‘grafo’ de nuestro pasado.  Se puede decir que las variedades del cariotipo humano han creado, crean, y crearan, lenguas y culturas, y eventualmente sistemas de escritura –de hecho, la cantidad posible de lenguas, culturas, y escrituras es virtualmente infinita (fíjate en los lenguajes (en las escrituras, mejor) de programación actuales).

*Podríamos interrogarnos por el ser de la sustancia genética, de la sustancia viviente única. Por qué es este ente. Aquí no interrogamos por el ente en su totalidad, sino por un ente en particular. Un ente que da lugar a otros entes. El genoma de los seres vivos (el ‘genouma’, podríamos decir). El genoma es la esencia de los entes vivos. El genotipo es la esencia de los fenotipos; el alma de todo cuerpo (la ‘psykhé’ de todo ‘soma’); el genoúmeno de todo fenómeno (viviente).

Nosotros mismos que hablamos y escribimos somos ese genoma, ese genotipo, ese alma, ese genoúmeno; ese particular ser viviente único. Sustancia virtualmente imperecedera, pues se eterniza a través de la reproducción. No uno el ser del delfín y otro el del tigre, sino que es uno y el mismo. Es la misma sustancia el ser de uno y el de otro. Los genes son los ingenieros de todas las formas vivas. Son los señores, los creadores. Los pilotos, los conductores; los únicos actores. Lo único vivo en el planeta.

Decir la vida es decir la sustancia genética, es decir la sustancia viviente única. Es el ente que es por sí, y para sí. No es por otro, ni para otro. Es el ‘demiurgo’ de las formas vivas que recorren el planeta. Los fenotipos son sus vehículos, sus transportes, sus garras, sus manos, sus ojos, sus oídos, sus alas, sus pies… Mediante los fenotipos la sustancia viviente toca, roza, huele, escucha… tiene acceso al mundo en el que ha venido a ser. Es esta sustancia la única que se interroga sobre el ser del ente. No el hombre. El fenotipo es un medio, un instrumento, un vehículo… No hay otro sujeto que los genes, la sustancia genética.

Esta sustancia es también la creadora del lenguaje, de los signos todos; de la comunicación. Las criaturas se entienden entre sí por medio de signos y lenguajes simbólicos (vinculantes, compartidos). Se usa el sonido, el color, la temperatura, las vibraciones… Los canales de información –los receptores (mecano-receptores, foto-receptores, quimio-receptores, termo-receptores…). Mediante los signos se informa al otro, pero también se le confunde, se le engaña, se le seduce (desvía), se le deforma…

*Con respecto al resto de la naturaleza seguimos comportándonos como hombres del neolítico. A pesar de estar inmersos en el nuevo período, seguimos llevando con nosotros los mundos lingüístico-culturales del neolítico. Estos mundos (estas representaciones) no nos sirven ya. Se han quedado (todos) anticuados, inútiles, inservibles, perjudiciales.

Todas las culturas del neolítico (indoeuropeas, semitas, asiáticas… y las extintas) son culturas antropocéntricas y antropomórficas. Todo gira en torno al hombre. El hombre es el centro de la creación, y aún el rey de la creación, el señor de las ‘bestias’. Nosotros seguimos siendo antropocéntricos porque seguimos viviendo bajo claves simbólicas neolíticas.

El nuevo período nos ha venido no tanto por Copérnico, Kepler, o Galileo, sino por Darwin. El camino de Darwin nos ha conducido al descubrimiento de la sustancia genética, del plasma germinal –virtualmente imperecedero y verdadero señor de las formas vivas. Éste es el más grande descentramiento que hemos padecido.  El ‘hombre’ ha desaparecido, así como el resto de las criaturas.

No es el mundo técnico, ni el lenguaje ‘metafísico’ de los indoeuropeos. Es el conjunto de culturas del neolítico, su carácter antropocéntrico, el que no nos sirve, el que no está a la altura de las nuevas circunstancias, de nuestra verdad. Nuestro comportamiento es el de hombres del neolítico. Las culturas y las ideologías del neolítico siguen gobernando nuestras vidas. Éste es el desfase que en la actualidad vivimos.

Son las ciencias de la naturaleza viviente (las ciencias biológicas) las que  nos instruyen ahora –la genómica, la ecología, la etología…

El paso del fenocentrismo al genocentrismo aún no ha penetrado en nuestras mentes, ni en nuestras vidas. Seguimos comportándonos como criaturas del neolítico. Necesitamos crear culturas genocéntricas, culturas absolutamente nuevas. Nuevas representaciones. Ahora tenemos que ver desde la sustancia única, como sustancia genética. Más allá del hombre en verdad.

Hemos dejado atrás el período neolítico y sus culturas. Nuestro saber ahora es otro. Todo ha cambiado.

El discurso filosófico en el ámbito occidental sigue siendo antropocéntrico, esto es, neolítico. Tanto en Nietzsche, como en Heidegger. No ha cambiado nada. No hemos aprendido nada. No se trata, en ningún caso, de un cambio en el comportamiento ‘humano’ hacia el resto de la naturaleza viviente (como los ecologistas, profundos o no, sugieren). Con supuestos semejantes seguimos inmersos en los mundos lingüístico-culturales del neolítico. Seguimos en el laberinto antropocéntrico del neolítico. Tanto la tradición judeo-cristiano-musulmana como la greco-romana, pero también la china, la japonesa, la india… Las viejas culturas del neolítico son un lastre y un peligro.

La salida, el camino de salida, ya está trazado. El paso del fenocentrismo al genocentrismo ya ha sido dado. Pero seguimos hablando y viviendo como criaturas del neolítico. Incluso entre biólogos (Dawkins…).

En cierta forma se puede decir que nada de este pasado neolítico nos vale. Todas las manifestaciones culturales (ciencia, derecho, filosofía, arte…) están marcadas por el antropocentrismo.

El ‘humanismo’ no es que sea metafísico, es que es humanismo, simplemente. Lo mismo daría tener un ‘humanismo’ no metafísico, laico o cosas así. El debate actual en filosofía es completamente absurdo, anacrónico, disparatado. El lenguaje de Heidegger, de los existencialistas, de los decontruccionistas… Completamente arcaico,  neolítico, antropocéntrico. No se han enterado de nada.

El sujeto de toda actividad es la sustancia viviente, la sustancia genética. No hay otro. No el hombre, no el león, no el pez, no el árbol, no la rosa… Tras los fenotipos están los genotipos, los únicos que verdaderamente hacen algo; los únicos sujetos.

Tenemos que ir más allá de los fenotipos, de los cuerpos, de las formas vivas; de aquello que se nos aparece. La sustancia genética es el alma de toda cosa viva, y la única entidad viviente en el planeta.

*“Alma, halito, y existencia equiparados a esse. Lo viviente es el ser: fuera de él no hay ser alguno.” Nietzsche. (Otoño 1885-primavera 1886; 1, 24).

“Alma y aliento y existencia [esse] equiparados. Lo viviente es el ser: ya no hay ningún otro ser.” Otra traducción.

*Ni paleolítico, ni neolítico, más allá. La nueva vida. La nueva mirada sobre la vida, sobre nosotros mismos.

Ya no habla la criatura, sino el creador, Xenus, la sustancia genética, la sustancia viviente única. Han desaparecido las criaturas. Ya no vemos más que al creador. Nosotros somos la sustancia genética misma, lo único viviente en el planeta. Nosotros somos la vida. El tiempo de los fenotipos pasó. No eran el centro, no eran el sol. El centro, el núcleo de la vida en la tierra son los genes, la materia genética.

Nosotros somos la materia genética; no hay otro que hable, trine, o ruja. No hay otro que piense, no hay otro que sienta o que quiera. En todo momento creador único, actor único –el único agonista en verdad.

 

Dividido, escindido, roto. En pugna consigo mismo. Desgarrándose constantemente; devorándose. Nutriéndose de sí. La autofagia. De sí se alimenta, de sí se nutre. Es el único, no hay otro. De sí, por sí, para sí. Xenus es el orden y el desorden, el deseo y el temor, la guerra y la paz… Pro-activo y re-activo. El único. Él es su propia morada; en sí descansa, en sí mora. El único.

Nuestra inteligencia es la inteligencia de la vida. En nosotros, los humanos, habla la vida. Sin intermediarios; sin que medien cuerpos ni criaturas.

El hombre, la criatura, había usurpado el lugar del creador, del actor único… del ingeniero, del poeta. El hombre como señor de las bestias, como rey de la creación… como otra cosa que naturaleza viviente.  Las antropogonías, y las teologías del neolítico –su antropocentrismo y antropomorfismo. El mundo en el que aún vivimos.

Seguimos viviendo en el neolítico, con ideologías y creencias del neolítico. Nuestras sociedades, nuestras culturas. Humanas, neolíticas, fenocéntricas; arcaicas, anacrónicas. Fuera de tiempo y de lugar. Desfasadas, inútiles –para los seres nuevos; para los futuros.

El genocentrismo del nuevo período. Lejos de todo antropocentrismo, de todo humanismo, de todo fenocentrismo. La vida ocupa su lugar.

La materia viviente es la materia pensante, y volente. No hay otro/otra que piense o que quiera. El Uno primordial que somos.

Aquí hablo a todas las razas y a todos los pueblos; a las criaturas de la sustancia genética, de la sustancia viviente única. Alienados hemos vivido en estos cuerpos, en sus discursos. Nos ignorábamos completamente. Los humanos, los fenotipos, usurparon nuestro lugar. Más allá del hombre, de la criatura, está nuestro lugar.

La confusión de la sustancia genética acerca de su propio ser. Hemos vivido extrañados en nuestra criatura, en nuestra creación.

La ilusión antropocéntrica. Lo que los diversos ‘hombres’ (creados, inventados, fingidos…) han construido sobre sí. Junto con esos ‘hombres’, todos sus mundos (representaciones) se han desvanecido.

Las nuevas criaturas carecen de cultura aún. No tienen aún poetas, ni ingenieros, ni letrados, ni filósofos… Hay toda una cultura nueva por crear. Representaciones dignas del periodo genocéntrico que vivimos.

Las palabras ligadas al primer y segundo períodos (paleolítico y neolítico) pierden sentido –todo lo humano.

Hemos de hablar como la vida, como la materia genética que somos. Desde la vida. Y dirigirnos, a su vez, a la vida.

No acierto a decir cómo serán nuestros discursos. Necesitamos palabras nuevas o re-direccionar las antiguas. Ciencias nuevas. El hombre (el cariotipo humano) es una de nuestras ‘máquinas’ de supervivencia.

Ahora somos el piloto de la maquina. El centro motor. El núcleo. El único que aparece y es. Vamos más allá del fenotipo, más allá de la máquina, más allá del soma; hacia el nucleosoma.

Las relaciones han de cambiar. Ya no nos tratamos como humanos, sino como genomas instruidos. Lo primero es la vida. Las culturas están al servicio de la vida, y no al contrario. La vida es creadora de lenguas y culturas. Es nuestro poder, aquello que podemos. No siervos de culturas, sino señores de lenguas y culturas somos.

Las lenguas y culturas que aún nos habitan. Las lenguas y culturas del pasado antropocéntrico. Las que nos salen al camino. El viejo mundo, el viejo hombre, la vieja criatura. No nos valen ya.

Ninguna cultura, ninguna historia ‘humana’ satisface al homo ‘nexus’, fragmento y anagrama de Xenus.

*La interrogación por el ser, por nuestro ser, pasa por la interrogación tanto de nuestro ser natural (étnico), como de nuestro ser simbólico o cultural. Nuestra diferencia tanto étnica como cultural.

No hay un hombre único; los seres humanos estamos étnica y culturalmente diferenciados. Esto forma parte de nuestra riqueza. Justamente nuestra variedad, nuestra multiforme presencia en el mundo.

El cariotipo humano se escande, se prodiga. Como sucede con la multitud de formas vivas. La sustancia viviente única tiene ese poder. La sustancia genética, único sujeto de toda actividad biológica, es el ser de todo ente vivo. El ser del árbol, y el del ave –aquello que les hace ser lo que son– es uno y el mismo. La sustancia viviente única no tiene otro, ella misma es su otro –su complejidad, su misterio. La variedad, natural y cultural, es sagrada.

*El camino que abrió Darwin nos ha conducido a la sustancia genética (al ADN). Este descubrimiento nos hace pasar (a todos los grupos humanos) del fenocentrismo al genocentrismo. El centro se ha desplazado de la criatura al creador (de los fenotipos a los genotipos). La sustancia genética es la única sustancia viviente (‘viva’) en este planeta. Nosotros, pues, no podemos ser sino sustancia genética. Esta ‘revelación’ (esta auto-gnosis) ha partido en dos nuestra historia sobre la tierra. El ‘hombre’, sus  mundos, el antropocentrismo… todo ha quedado atrás. Todo el pasado cultural de los humanos ha quedado arruinado, vacio, nulo… La ilusión antropocéntrica que nos ha acompañado durante miles de años se ha desvanecido. Se ha producido una mutación simbólica (en orden al conocimiento y a la conciencia de sí como sustancia viviente única); el cariotipo humano entra en un nuevo período de su devenir.

Esta aurora, este nuevo día cuyo comienzo presenciamos, alcanzará en su momento a todos los pueblos de la tierra. Pueblos, culturas, tradiciones, creencias… todo lo ‘humano’ desaparecerá. Viene una luz (un saber, una sabiduría) tan devastadora como regeneradora. Esta regeneración del cariotipo humano en el orden simbólico tendrá sus consecuencias. En un futuro no muy lejano hablaremos, pensaremos, y actuaremos, no como humanos sino como sustancia viviente única.

No hay filósofos aún, ni poetas, ni músicos, ni científicos… para este período genocéntrico que inauguramos. No hay nada aún para las nuevas criaturas, para la sustancia viviente única –en esta nueva fase de su devenir. Queda la elaboración de una cultura, de un ‘mundo’ nuevo (digno de la naturaleza de nuestro regenerado, de nuestro recuperado ser). Queda todo por hacer.

*

Hasta la próxima,

Manu

 

FUENTE:

http://larespuestadeeuropa.blogspot.com.es/2017/01/145-genocentrismo-i.html

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