…El Cine durante el III Reich…

30/05/2016 04:53

Auge y caída del cine durante el III Reich

Un nuevo libro repasa el cine realizado durante el nazismo: 1.200 películas no sólo de propaganda.

JUAN CARLOS LAVIANA /  Madrid

 

Que nadie se crea que por haber visto algunas escenas de El triunfo de la voluntad o de Olimpia, o por saber quién es su directora, ya conoce el cine que se realizó en Alemania bajo el dominio nazi. Leni Riefenstahl es sólo la punta de un inmenso iceberg.

 

Desde que en 1933 el partido nazi asume el poder hasta 1945 en que Hitler pierde la guerra, se realizaron en Alemania más de 1.200 películas. Es cierto que todas pasaron por el férreo control de Goebbels, el gran vigilante del espíritu nacionalsocialista. Y también lo es que muchos de los títulos se hicieron a mayor gloria de los delirios del Fürher. Pero no por ello deja de ser verdad que entre ese éxtasis del cine propagandístico, también florecieron películas nada desdeñables. No en vano, Alemania ya había sido, en el cine mudo y en el expresionismo, la única gran potencia cinematográfica mundial que pudo hacer frente a Estados Unidos.

Notorious pone hoy a la venta el libro del profesor Marco da Costa (Badalona, 1976) El cine en el III Reich, que lleva por subtítulo Desmontando el cine nazi en 50 películas (1933-1945). Esta obra viene a ofrecer luz sobre una cinematografía “de la que se desconoce casi todo”, en palabras del escritor y cinéfilo Luis Alberto de Cuenca, que introduce y apadrina el estudio.

 

Asegura en el prólogo que la propaganda y la censura no lograron cortar de raíz el impulso creativo que hasta 1933 había desarrollado “la aventura cinematográfica más deslumbrante del planeta”, sólo equiparable, eso sí, a la que lideró en Estados Unidos el gran pionero D. W. Griffith.

 

Explica el académico de la Historia que el masivo exilio de creadores alemanes hacia el otro lado del Atlántico puso las bases del periodo de mayor esplendor del cine norteamericano, entre los años 30 y 40. Lo compara con el caso de España, donde la cultura “siguió floreciendo” tanto en el exilio como bajo la dictadura. Incluso llega a elegir una película del periodo como muestra de cine de calidad, alejado de las consignas propagandísticas. Se trata de El barón Münchausen (Von Baky, 1943), la que califica como “una de las cumbres del género fantástico”.

 

El mismísimo Hitler era un gran aficionado al cine. En la sala de proyección de su casa de descanso de Berghof, en los Alpes, se encontraron algunas películas de Walt Disney, a quien se atribuyen por cierto simpatías por el nazismo. Eva Braun se había mostrado admiradora de Lo que el viento se llevó y del mismísimo Clark Gable. Por no hablar del perverso Joseph Goebbels -que tan bien utilizó el cine en favor del nazismo-, fan declarado de la maestría del muy comunista y gran cineasta Sergei Eisenstein.

 

Marco da Costa, autor de este libro y profesor de Lengua Española en la Universidad de Izmir (Turquía), achaca a varios factores que las películas realizadas durante el Tercer Reich sean tan desconocidas. De un lado, estamos ante el cine de los perdedores, que, además, ha sido sometido a la censura y al proceso de “desnazificación” que padeció la sociedad alemana. Es decir, el intento de borrar todo lo que tuviera que ver con ese período [durante el que se llevó a cabo el Holocausto].

 

Y de otro lado, nos estrellamos contra el muro de la “invisibilidad” de este cine, excluido de los canales convencionales y en algunos casos -al menos 40 títulos- con los derechos en manos, aún hoy, de la Fundación Murnau, que sólo permite lo que denomina “pases especiales”. Es decir, aquellos en los que un preceptor advierte a los espectadores de que lo que van a ver es altamente peligroso.

 

Da Costa sostiene que muchos de aquellos directores, actores y técnicos que dieron esplendor a la época dorada del cine alemán se quedaron -o no se pudieron ir, como sus colegas Fritz Lang, Billy Wilder, Marlene Dietrich y tantos-, e hicieron buen cine. “El talento seguía en pie -afirma-, pero los objetivos habían cambiado”.

 

 

Propaganda y entretenimiento

 

Da Costa selecciona desde las obras cumbres de la propaganda nazi, hasta producciones musicales, pasando por grandes taquillazos y cine de mero entretenimiento, escapista, que “pretendía emular sin pudor al cine hollywoodiense de la Gran Depresión”. Con el estallido de la guerra, el cine se puso definitivamente al servicio de la maquinaria propagandística. Unas veces fue pro soviético, otras antisoviético, las más antibritánico, dependiendo de los avatares en el campo de batalla.

 

Entre las películas utilizadas para adoctrinar a la población, destaca la temprana El flecha Quex (1933). Es la primera gran producción de la nueva UFA en manos del partido nazi. Cuenta la historia del joven Heini, quien intenta salir adelante en la República de Weimar, aquella época que las nuevas autoridades consideraban oscura, devastada por el paro, la violencia, la anarquía y la falta de fortaleza política. Heini, ejemplo de la juventud sana de Hitler, acaba siendo asesinado por las huestes comunistas.

 

Del cine propagandístico es imprescindible, por supuesto, destacar el trabajo de Leni Riefenstahl en El triunfo de la voluntad (1935), sobre el congreso de Nuremberg del partido nacionalsocialista. La directora no engaña, y ya en los créditos lo deja claro: “Realizado por orden del Führer”. Al igual que Olimpia (1938), el documental de los Juegos de Berlín, que es un sensacional monumento al culto al cuerpo, una fusión de la cultura grecolatina con la Alemania nazi.

 

A Riefenstahl también le debemos la menos conocida Tierra baja, rodada en gran parte en España y que consiguió la admiración de Jean Cocteau: “La poesía de la cámara no tiene igual y la película posee estilo”.

 

Lo más repugnante del cine nazi, por sus espeluznantes consecuencias, se encuentra, sin duda, en las películas antisemitas. Y en especial en tres producciones del año 40, conocidas como la Trilogía judía.

 

Los Rotschild (Erich Waschneck) es la historia de la emblemática familia, la esencia de la “Internacional judía” (de la que por cierto ya había hablado el capitalista Henry Ford), que multiplicó su fortuna, en la versión nazi, con la venta de armamento en la Primera Guerra Mundial. “Sólo se puede hacer mucho dinero con mucha sangre”, sentencia uno de los personajes de la película.

 

La más mitificada -que todavía revuelve las tripas a quienes tienen oportunidad de verla- es sin duda El judío Süss (Veit Harlan), la cinta más taquillera del III Reich, vista por más de 20 millones de espectadores. Goebbels echó el resto en esta gran superproducción, con los actores más populares y con una factura técnica impecable. Todo para presentar al judío no sólo como un bufón, como solían, sino también como un ser “sucio, miserable, mentiroso, salvaje y astuto”. Son sólo algunos de los adjetivos recogidos del film por el autor de este estudio.

 

Cierra la trilogía El judío eterno (Fritz Hippler), un documental sobre la historia del pueblo errante, en el que se usan las más efectivas armas del montaje y la banda sonora para despertar con las imágenes un sentimiento de “repulsión y odio” hacia aquellos seres “animalizados, bárbaros y crueles que amenazaban desde dentro a la civilización aria”.

 

Alejadas de estos terribles mensajes, se encuentran pequeñas joyas del cine. Cabe destacar la comedia disparatada de ambiente cabaretero Victor o Victoria (1933), que inspiró el remake de Blake Edwards en 1982. Fue dirigida por el único realizador judío de la era nazi, Reinhold  Schünzel. Admirado desde la época muda por el propio Hitler, llegó a nombrarle “ario honorario” (Ehrenarie). En el 37 se exilió a EEUU y muchos le recordarán como el Doctor Anderson de Encadenados (Hitchcock, 1946).

 

La exótica Oro (Karl Hatl, 1934) es la historia de un científico utilizado por un ricachón para la masiva producción de oro -feroz crítica al capitalismo-, que provocaría inflación, paro y pánico. El filme recuerda mucho a la genial Metrópolis (Fritz Lang, 1927).

 

Allotria (Willi Forst, 1936) podría pasar por una auténtica screwball comedy, género en el que se especializó su director para no significarse en el asfixiante ambiente  goebbeliano.  La comedia de evasión está protagonizada por la gran estrella de star system nazi Renate Müller, muerta a los 31 años tras arrojarse por la ventana de un hospital, donde se recuperaba de una operación de rodilla. Esa fue la versión oficial. Aunque hay otras más verosímiles: su adicción a las drogas, su relación ilegal con un judío, o la persecución a la que la sometía la Gestapo por haber aireado la historia de su relación con el mismísimo Hitler, [en la que, por cierto, la virilidad del Führer quedaba cuestionada.]

 

Otra de las rarezas encontradas por Da Costa es Fährmann María (Frank Wysbar, 1936), “una pequeña joya del expresionismo”. Inexplicablemente se produjo bajo el régimen nazi, que había tachado esta corriente vanguardista de arte “degenerado”. La protagonista, Sybille Schmidt, fue marginada del cine tras la derrota. Cayó en las garras de la droga y una sobredosis se la llevó en 1955. Su vida inspiraría en 1982 a Fassbinder en La ansiedad de Veronika Voss. Fue, y es, una oportuna conexión con el “nuevo cine alemán” y casi con el presente, de unas películas que pueden y deben ser condenadas, pero jamás olvidadas.

 

FUENTE:

http://www.elmundo.es/cultura/2016/05/30/574ba8b8e2704efe0e8b4608.html

 

 

 

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