En defensa de los eslavos (II-B): las Rusias y los eslavos del Este

En defensa de los eslavos (II-B): las Rusias y los eslavos del Este

En este apartado se hablará de pueblos y territorios que hoy se corresponden principalmente con las actuales Rusia, Ucrania y Bielorrusia. Mi intención es que se vea cómo estas zonas han sido castigadas horriblemente por Asia, y cómo el genio eslavo siempre ha sabido sobreponerse con tremendos y dolorosos sacrificios. Voy a decir de antemano que, en mi opinión, los rusos (y probablemente más que ellos, los ucranianos) son el pueblo más sufrido de todo el Planeta.

 

ORÍGENES DE RUSIA— RUS DE KIEV: VIKINGOS Y ESLAVOS
Los orígenes de las Rusias están estrechamente relacionados con las expediciones de varegos (así eran conocidos los vikingos en el Este) en el Este de Europa durante el Siglo IX, y su alianza y relación con los pueblos arios que habitaban la zona, cuando todo el continente era cristiano salvo los pueblos escandinavos, bálticos y eslavos.

En 862 los vikingos fundaron el primer posterior principado ruso, la ciudad de Novgorod, que creció como un puesto de comercio y relación entre Escandinavia y el Este eslavo. Siguiendo los ríos rusos, los varegos se internaron cada vez más en el Este, entrando eventualmente en contacto con el imperio de los khazares (o jázaros), un prolífico pueblo túrquico asiático que había adoptado el Judaísmo como religión oficial.

En 864, pueblos eslavos, liderados por varegos, se abalanzaron sobre los dominios de los khazares, derrotándolos y fundando la actual capital de Ucrania: Kiev. En el lugar de los khazares, y en lo que hoy es el Sur de Ucrania, cerca del territorio de Kiev, se instaló otro pueblo asiático: los pechenegos, una traicionera confederación esteparia que, en siglos posteriores, se dedicaría a hacer alianzas o guerrear, según les conviniese, con casi todos los pueblos de la estepa e incluso el Imperio Bizantino.

Kiev se convirtió en la capital de un gran Estado, conocido como Rus de Kiev, que tendría por nobleza a los varegos y que se convertiría en el mayor reino de toda Europa, estrechando activos lazos comerciales y sirviendo de “referencia” para establecer nuevos territorios eslavos. Esta época tiene una fortísima influencia vikinga que es obvia en las buenas relaciones con Escandinavia, en las menciones que hacen las sagas nórdicas sobre los territorios del Este, en los nombres de su nobleza y en la poligamia de sus líderes, que solían tener una esposa principal, varias esposas secundarias y muchas concubinas.

 

La consolidación de Rus de Kiev, entorno a 900.
En 913 y 944, los rusos lanzaron expediciones hacia el Este. Llegando al Mar Caspio, los rusos atacaron ferozmente los dominios árabes de la zona y arrasaron muchos de sus asentamientos.

Vladimir I el Grande nació en Kiev en 958. Su padre era Sviatoslav I y su madre, Malusha, una de las mujeres “secundarias” de éste, y a quien las sagas escandinavas describen como una profetisa que fue llevada desde su cueva al palacio de Kiev para predecir el futuro. A la muerte de Sviatoslav en 962, se produjo una guerra civil por la sucesión. Vladimir, al que su padre le había confiado Novgorod, fue a Noruega para reclutar todos los guerreros vikingos que pudiese, con el fin de conquistar para él el poder en las Rusias. Un año después, Vladimir regresaba al Este para marchar sobre Kiev. Antes, mandó una embajada a Rogvolod, Príncipe de Polotsk, para pedir la mano de su hija, la Princesa Rogneda. Tal y como era costumbre entre los vikingos y los antiguos paganos nórdicos en general, los padres no tenían derecho a decidir sobre el matrimonio de sus hijos: la Princesa decidió rechazar a Vladimir por no ser hijo de una esposa principal, sino de una secundaria. Ante esto, Vladimir atacó Polotsk —que a fin de cuentas era una fortaleza importante que le quedaba de camino a Kiev—, mató a Rogvolod y tomó a Rogneda por la fuerza. En 980, Vladimir había tomado Kiev y había sido proclamado konung o knyaz (comparémoslo con el alemán könig o el inglés king, es decir, rey) de todo Rus de Kiev. Vladimir continuó engrandeciendo su territorio conquistando terrenos en el Oeste, así como mandando una flota a través de los ríos rusos para conquistar territorios bajo el dominio de los búlgaros del Danubio, un pueblo asiático.

Vladimir y su pueblo seguían siendo paganos mientras que, por ejemplo, en España, la Reconquista ya estaba en marcha bajo inspiración cristiana. El mismo Vladimir había colocado al dios eslavo del trueno, Perun, como deidad principal en el panteón de Kiev, había erigido templos y estatuas como tributo a los Dioses, mantuvo la antigua costumbre de la esclavitud y además tenía numerosas mujeres además de unas 800 concubinas. Sin embargo, Vladimir comprendía que el no adoptar uno de los grandes credos monoteístas implicaría convertir a su reino en tierra de nadie, y colocarse bajo el glotón punto de mira de tres potencias: el Califato de Baghdad, el Imperio Carolingio o el Imperio Bizantino. Entonces, aconsejado por sus boyardos (los nobles del consejo real en las naciones eslavas), Vladimir mandó embajadas a diversos territorios.

– La embajada que visitó a los búlgaros del Volga, que eran musulmanes, afirmó que todo allí apestaba, que no tenían alegría y que el Islam no era aconsejable para Rusia porque prohibía el cerdo y el alcohol (se dice que Vladimir exclamó entonces: “¡pero si beber es la alegría de los rus!”).
– Los enviados judíos (seguramente khazares) no convencieron a Vladimir, porque según él, la pérdida de Jerusalem señalaba que los judíos habían sido sin duda abandonados por los Dioses.
– La embajada que visitó los territorios cristianos no halló belleza en las iglesias alemanas, pero quedó impresionada por la grandiosidad de los rituales en Haghia Sofía, en Constantinopla, diciendo los embajadores que, ante su contemplación, “no sabían ya si se hallaban en la Tierra o en el Cielo”.

Sin embargo, es bien cierto que, por motivos geopolíticos, a Vladimir le interesaba contar con la amistad del Imperio Bizantino, que se hallaba cerca de su territorio y que era una fuerza poderosa y prestigiosa en todo el Este de Europa y en el Oriente asiático, como barrera europea de los invasores túrquicos. Completando esa alianza, pues, toda Europa Oriental quedaba salvaguardada, en el Sureste, por el poder bizantino, y en el Noreste por los rusos. Para cerrar la alianza, en 988, después de haber tomado Crimea, Vladimir pidió insólitamente la mano de Ana, la hermana del Emperador bizantino Basilio II. (Las crónicas del mundo árabe dicen que Basilio tuvo que lidiar con una revuelta y que pidió ayuda a Vladimir, quien le mandó 6.000 hombres a cambio de un enlace marital.)

Así, Vladimir se hizo bautizar, se casó con Ana y regresó triunfante a Kiev, donde hizo destruir los monumentos y templos paganos y mandó erigir iglesias. Después de que Ana muriese, contrajo matrimonio con una princesa del Sacro Imperio Romano-Germánico, muriendo en 1014 y siendo venerado como un santo en adelante.

Vladimir, a pesar de haber destruido el paganismo eslavo, fue realista en el sentido de dejarle una buena herencia política a su pueblo: las Rusias habían crecido, y se había formado un enlace con Constantinopla y con el fuerte Estado bizantino. La amenaza real eran seguían siendo los pueblos asiáticos, aunque Vladimir había diezmado bastante a los pechenegos.

 

La situación de los principados rusos en 1015. Los territorios bajo control de pueblos europeos están en verde, otros territorios habitados por pueblos no-blancos están en gris. Nótese cómo los rusos han penetrado más al este respecto al mapa anterior.

Vladimir fue sucedido, tras un conflicto civil, por Yaroslav el Sabio, que en recompensa a la lealtad de los ciudadanos de Novgorod, les otorga numerosos privilegios: se habían sentado las bases de la República de Novgorod. Yaroslav promulgó el Russkaya Pravda (Justicia de Rus), un código de leyes, y preconizó una serie de reformas que darían lugar a la llamada Edad de Oro de Rus de Kiev, incluyendo la construcción de las catedrales de Santa Sofía de Novgorod y Santa Sofía de Kiev, para celebrar su victoria definitiva sobre los pechenegos en 1037. Yaroslav también supo dejar una buena herencia, que incluía el haberse casado con una noble sueca y el haber casado a sus hijas con monarcas francos (Ana de Kiev fue esposa de Enrique I de Francia y regente de Francia durante la minoría de edad de su hijo), húngaros, noruegos, bizantinos e ingleses. En cuanto a sus hijos, siendo consciente del peligro de las rivalidades, los educó para estar en paz entre ellos y, a su muerte, arregló las cosas: Vladimir de Novgorod sucedió a su padre y los demás hermanos reinaron uno tras el otro.

En 1054, tras el cisma que separó a las corrientes eclesiásticas de Roma (católicos) de las de Constantinopla (ortodoxos), los territorios rusos quedaron en la órbita de Constantinopla.

En 1060, los despojos de los pechenegos son sustituidos al Norte del Cáucaso por los kipchacos (también llamados cumanos), un numeroso pueblo túrquico-asiático que los rusos llamaron polotsi, esto es, “amarillos”. Los kipchacos establecen un khanato que se extiende desde el Lago Baikal hasta el Danubio, y centrado en las estepas del Sur de Ucrania y la costa Norte del Mar Negro.

En 1068, en la Batalla del Río Alta, los kipchacos arrollan a un ejército ruso. En 1093, las tropas kievanas fueron arrolladas de nuevo por 8.000 kipchacos, en la Batalla del Río Stugna.

En 1095, el Gran Príncipe Vladimir II Monomakh de Kiev firma un tratado de paz con los kipchacos, y luego mata a traición a dos de sus khanes, asaltando y saqueando una serie de poblados kipchaks. En 1097 y 1103, Vladimir convocó consejos de nobles para unificar a las Rusias en contra del incordio kipchaco, lo cual resultó en una serie de exitosas ofensivas que derrotaron a los invasores amarillos.

Vladimir funda la que después sería capital de las Rusias, Vladimir.

En 1147, Yuri Dolgoruki llegó a la región de Moscú, donde se encontró con un poblado pequeño y pobre. Yuri estableció allí un puesto comercial, construyó un fuerte y sentó las bases de lo que tiempo después llegaría a ser la capital del Imperio Ruso.

 

Yuri Dolgoruki.

El Estado de Kiev se desintegró tras dos siglos de esplendor, debido a desavenencias en la familia que la gobernaba. Kiev perdió influencia a favor de los principados de Novgorod en el Norte, Vladimir-Suzdal en el Noroeste y Halych-Volhynia (la conflictiva Galitzia polaco-ucraniana) en el Suroeste.

 

En color, los principados rusos antes de la invasión mongola.
En gris, otros Estados de la época. (Hacer click para agrandar.)
INVASIÓN MONGOLA Y LENTA CONSTRUCCIÓN DEL PODERÍO RUSO

En 1223, tras un consejo de emergencia en Kiev, los ejércitos de los desunidos príncipes rusos fueron arrollados por los mongoles de Genghis Khan en la Batalla del Río Kalka. Genghis murió en 1227, pero su sucesor en la zona, Batu Khan, líder de la Horda Azul, prosiguió las conquistas mongolas en territorio ruso, alentadas por la mentalidad mongola según la cual Europa no era más que una insignificante península de Asia.

En 1236, Alexander Yaroslavich (conocido como Alexander Nevsky por la posteridad) ascendió al trono como Príncipe de Novgorod, encontrándose con un panorama desolador. Mientras el Este era aplastado por los mongoles, ese mismo año, el Noroeste era amenazado por suecos y alemanes, que pretendían aprovecharse de la postración de Rusia en lugar de hacer frente a los mongoles por la cuenta que les traía a todos (el tiempo lo demostraría, pues en la Batalla de Liegnitz de 1241, los alemanes serían aplastados por las hordas mongolas).

 

Alexander Nevsky a punto de entrar en combate.

Mientras tanto, en 1237-1238, los mongoles arrasaron la ciudad de Vladimir. En 1240, la misma ciudad de Kiev sería arrasada. Novgorod, en cambio, permaneció intacta y siguió floreciendo con el comercio, amenazada tan sólo por la expansión germano-sueca. Ese mismo año de 1240, Alexander, que tenía tan sólo 19 años, derrotó a los suecos en la Batalla del Río Neva, donde se ganó el apodo de “Nevsky” (del Neva). Dos años después, Nevsky derrotó a la rama livonia de la Orden Teutónica en la Batalla del Hielo, así llamada porque tuvo lugar sobre el congelado lago Peipus, que separa Estonia de Rusia. Muchas potencias occidentales parecían pensar que, con la invasión mongola, las Rusias estaban acabadas, pero los mismos rusos iban a desmentir eso, afirmando su fuerza.

En 1241, los mongoles, arrollaron a otros pueblos asiáticos que les habían precedido, como los kipchacos o los búlgaros del Volga.

En 1251, Nevsky firmó un tratado con Noruega, que estaba orientada en contra de Suecia. Un año después, fue hecho Gran Príncipe de Vladimir. A menudo se ha criticado a Nevsky por guerrear contra suecos y alemanes, mientras “diplomáticamente” mantenía a raya a la Horda Dorada —un “departamento” del antiguo Imperio Mongol que mantuvo el dominio sobre el Sur de Rusia mediante tributos impuestos a los pueblos vecinos, que acabaría perdiendo contacto con sus puntos de referencia en Mongolia y China, y que acabarían siendo conocidos como tártaros, cada vez más turquificados por los kipchacos y, con el tiempo, islamizados (en un futuro, a todos los pueblos túrquico-mongoles-asiáticos de las estepas, se les conocería como tártaros). Sin embargo, Nevsky fue hábil en esto. Comprensiblemente, desconfió de algunas potencias occidentales, que se habían vuelto contra él cuando más los necesitaba, y juzgó que sería insensato librar una guerra contra la Horda Dorada cuando ésta aun era mucho más fuerte que Rusia, y más cuando una derrota de los rusos implicaría una invasión occidental masiva y la pérdida definitiva de la identidad rusa. Prefirió mantener el status quo de tributo a los mongoles un tiempo, sentando pacientemente las bases de un fortalecimiento ruso que acabaría expulsando a los asiáticos a medio plazo.

Nevky murió en 1261 tras haber hecho votos monásticos.

 

La situación en 1270. En rojo, los dominios túrquico-mongoles, en verde, los principados rusos y en amarillo el Imperio Bizantino, ya decadente. Observemos cómo las Rusias y el Imperio Bizantino protegen la frontera Este de Europa.

Daniel Alexandrovich, el hijo más joven de Nevsky, se estableció en Moscú, que entonces era parte del Principado de Vladimir. Moscú entonces era un pueblo comercial, aislado entre ríos y bosques. Los mongoles lo habían quemado en 1238, y volvería a ser arrollado en 1293, pero su posición estratégica, dominando ríos que le proporcionaban acceso al Mar Negro, al Báltico y a la zona del Cáucaso, resultaban sumamente interesantes. Inmediatamente, Daniel I llevó al cabo una expansión que, a su muerte en 1303, continuaría su hijo Yuri, que se erigió en Gran Duque de Vladimir. Bajo el reinado del sucesor de Yuri, Iván I, Moscú se enriqueció, manteniendo a la Horda Dorada a raya mediante una actitud diplomática, estrechando relaciones con Novgorod y utilizando sus riquezas para construir iglesias en el Kremlin. En 1327, el prestigio de la nueva ciudad aumentó aun más cuando el metropolitano Pedro cambió su residencia de Kiev a Vladimir y de ésta a Moscú.

 

Así, rodeada de bosques y con sencillos edificios de madera reminiscentes de los poblados escandinavos, comenzó el ascenso de la que es ahora la ciudad más grande de Europa: Moscú.

En 1340, aquello había evolucionado y crecido tanto que se transformó en el Gran Ducado de Moscú, conocido en el Oeste como Moscovia.

Los intereses de la expansiva Moscú, bajo los sucesores de Iván, chocaron con el Gran Ducado de Lituania, que en los años 1368, 1370 y 1372 lanzó fracasadas expediciones para intentar tomar la ciudad.

La dominación de la Horda Dorada proseguía. Ello había sido considerado una vergüenza durante mucho tiempo (algunos rusos aun ven esa época como “el yugo tártaro-mongol”), y con el lento fortalecimiento de la Moscovia rusa, había llegado la hora de reclamar su terreno. La situación de buenrollismo y tributo con los mongoles duró hasta que el príncipe Dimitri Ivanovich, Gran Duque de Moscú, pudo juntar a los principados rusos, basándose en la fe ortodoxa para infligirles a los mongoles una derrota en 1380, en la Batalla de Kulikovo. Teniendo lugar a orillas del Río Don, el Gran Duque acabó siendo conocido como Dimitri Donskoi (del Don).

 

San Sergei de Radonezh bendiciendo a Dimitri Donskoi antes de la Batalla de Kulikovo.

Esta batalla —aunque rompió el aura invencible de la Horda Dorada, sentó las bases de una unificación rusa y puso a Moscovia a la cabeza de los principados rusos— no fue definitiva: en 1382, Moscú sería traicionada a los mongoles, que entrarían en la ciudad y matarían a 24.000 personas. Pero Moscú estaba en racha y se iba a recuperar con gran rapidez.

Durante el reinado del hijo de Dimitri, Vasily I (1389-1425), la Horda Dorada fue atacada por Tamerlán, el último gran conquistador nómada, y Moscovia dejó de pagar tributo a los tártaro-mongoles.

 

EL ASCENSO DE LOS ZARES

A lo largo del Siglo XV, los príncipes de Moscú continuaron acoplando terrenos a sus dominios. El más notable fue, sin duda, Ivan III, conocido como Iván el Grande, bajo cuyo mandato Moscovia triplicó su tamaño, gracias, entre otras cosas, a la conquista de la República de Novgorod. Durante esta etapa, un monje, Filoteo de Pskov, profetizó el auge de Moscú como “Tercera Roma” (tras Roma y Constantinopla). La caída de Constantinopla en manos turcas y la muerte en combate del último emperador bizantino en 1453 contribuyó mucho a reforzar esta mentalidad. En adelante, Iván se negó a pagar el más mínimo tributo a los tártaros, rompiendo enfurecido una carta del Khan delante de una embajada mandada por éste. Iván fue derrotando en diversos encuentros a la Horda Dorada, dividida en varios khanatos y hordas. Las defensas de los territorios rusos a partir de entonces se orientaron más hacia el khanato tártaro de Crimea. El Khanato Tártaro era una fuerza poderosa en el Sur de Ucrania, que se dedicaba, de cuando en cuando, a lanzar razzias de saqueo, pillaje y captura de esclavos en toda Ucrania y en partes de Rusia y Polonia, un proceso que era llamado por los tártaros “la cosecha de la estepa”. Los prisioneros eran deportados en barcos a través del Mar Negro, y vendidos a los turcos —que tenían una especial predilección por las jóvenes ucranianas. Miles de eslavos tuvieron este triste destino.

Iván, en fin, acabó proclamándose soberano de todos los territorios rusos y de todos los príncipes rusos, y aunque aun había príncipes que conservaban cierta autonomía, desde entonces los príncipes de Moscú emergerían como soberanos absolutos y poderosísimos sobre un gran Imperio… casi como césares.

De 1471 datan las primeras referencias a judíos en territorios rusos, y ya entonces se promulgaron leyes en contra de ellos, a pesar de su escasa población por aquel entonces. A lo largo de la Edad Media, en Alemania, Austria, Hungría y el Báltico, además de la misma Rusia, se habían producido numerosísimas expulsiones de judíos. Todos estos judíos acabaron masivamente en un territorio que hoy sería Polonia, Bielorrusia, Moldavia, el Oeste de Ucrania y el Sur de Lituania. Para 1500, todo este territorio era un auténtico hervidero de judíos que vivían a la sombra del feroz anti-semitismo eslavo. Aquí, entre migraciones de judíos, tártaros, khazares y mil siniestros pueblos procedentes de las estepas, se creó la rama judía asquenazi y el idioma yidish.

 

En amarillo, las zonas emisoras de población judía (por alguna razón, parecía que nadie quería judíos en su reino) y las rutas tomadas por las migraciones judías, junto con las fechas. Las ciudades marcadas son aquellas con una gran población judía. Nótese que, curiosamente, los judíos han ido a ocupar precisamente la Urheimat de los pueblos eslavos.

Durante el reinado (1547-1584) de Ivan IV, llamado injustamente Iván el Terrible (puesto que su apodo significa en ruso “duro” o “severo”), los poderes autocráticos del Príncipe de Moscú llegaron a su cénit: Iván fue coronado “Zar de todas las Rusias”, un título equivalente a los césares romanos, los kaisers germanos o los khanes mongoles, y que patentizaba de nuevo ese afán de convertir Moscú en la nueva Roma, y Rusia en un nuevo Imperio “a la romana”. Iván fue un monarca absolutista, que subordinó a la nobleza a su voluntad, promulgó un nuevo código de leyes y afirmó, en cambio, el feudalismo. Sus guerras contra Livonia (lo que hoy son Estonia y Letonia) por hacerse con una salida al Mar Báltico, a pesar de que venció y destruyó a la Orden Teutónica, fueron un fracaso, pues atrajeron sobre él los recelos de Suecia, Dinamarca y la poderosa Mancomunidad Polaco-Lituana. Perdió algunos territorios en el Oeste y tuvo que renunciar a sus ambiciones bálticas.

 

Estamos en 1550, durante el reinado de Iván el Terrible. El Imperio Español (naranja) es la indiscutida primera potencia mundial, acechada en el Mediterráneo por el Imperio Otomano (marrón), mientras que Rusia (verde) fracasa en sus ambiciones occidentales pero está a punto de cosechar grandes triunfos en el Este.

En cambio, el éxito de Iván en el Este fue arrollador, pues Oriente era (y es) la misión de Rusia. En 1552, conquistó el khanato tártaro de Kazán, sentando las bases para una expansión rusa hacia más al Este aun. 4 años después, cayó el khanato de Astrakán. Iván conquistó la cuenca del Volga y empezó a reclutar futuros colonos siberianos entre los cosacos, un recio y audaz pueblo ario de jinetes, cazadores y guerreros.

En 1582, una partida de 840 hombres, liderados por un caudillo cosaco llamado Yermak Timofeyevich, cruzó los Urales y tomó la ciudad de Sibir, capital del khanato tártaro de Sibir, que dio su nombre a todo el territorio al Este de los Urales:Siberia. Yermak venció a fuerzas enemigas numéricamente superiores y se convirtió en héroe folklórico ruso, el conquistador del “salvaje Este” y el vencedor de los tártaros.

 

1582: el cosaco Yermak, al frente de 840 hombres, conquista el khanato tártaro de Sibir.

Con los cosacos de vanguardia —y encargados de una vasta limpieza étnica que eliminaría en gran medida a los pueblos no-arios de las estepas—, los rusos estaban penetrando profundamente en lo que sería Siberia. Durante esta época, ni los tártaros ni los turcos ni ninguna horda asiática fueron capaces de dar suficiente guerra como para resistir al nuevo empuje ruso. La conquista de Siberia por parte de los eslavos creo puede equipararse perfectamente a la conquista del Oeste americano por parte de colonos de origen germánico.

¿Fue Iván un psicópata y un sádico asesino? Personalmente, como en el caso de Nerón y Vlad, me tomo estas acusaciones con prudencia. Iván era duro y autoritario, hizo muchas “purgas” entre ciertos sectores del clero y de la nobleza (los boyardos), y es muy probable que fuesen estos círculos, muy poderosos, los que forjaran su leyenda negra, igual que los cristianos han difamado a Nerón sólo por ser anti-cristiano, cuando está demostrado que fue un Emperador justo y benevolente con el Pueblo. En cualquier caso, es innegable que Iván le dio a Rusia un enorme impulso.

En 1606, Fedor, el sucesor de Iván, murió sin dejar descendencia. Este año marcó el comienzo de una etapa extremadamente convulsa (el llamado Tiempo de Problemas), que coincidió con cosechas improductivas, veranos fríos, hambrunas, caos generalizado, una altísima tasa de mortalidad, e intervención de potencias extranjeras como la Mancomunidad Polaco-Lituana, con las correspondientes revueltas patrióticas del Pueblo Ruso. Una serie de ejércitos espontáneos voluntarios, encabezados por nombres heroicos de la historia rusa como el Príncipe Dimitri Pozharsky o el trabajador de Novgorod Kuzma Minin, expulsaron a los invasores de Rusia en 1612, pero perdieron tierras en favor de Suecia en el Norte y la Mancomunidad Polaco-Lituana al Oeste.

Un año después, se eligió al soberano de una nueva dinastía de zares: Mikhail Romanov, que por aquel entonces tenía 16 años.

Para entonces, Suecia y la Mancomunidad Polaco-Lituana estaban en guerra mutua, y Rusia aprovechó para aliarse con Suecia en 1617 y firmar una tregua con la Mancomunidad en 1619.

En 1639, tras establecer una red de fortines y rutas a lo largo de Siberia, los rusos llegaron a los confines de Siberia a orillas del Océano Pacífico.

En 1648, concluía en el resto de Europa la Guerra de los 30 años, que supuso todo un nuevo orden: España perdía influencia a favor de Francia, el Sacro Imperio Romano-Germánico (el I Reich) se desintegró, Alemania quedó devastada y todo el territorio europeo al borde de la catástrofe. Desesperante pensar lo que hubiesen podido hacer en Turquía potencias como el Imperio Español, el Sacro-Imperio, Francia, Polonia y Rusia, pero todos los soberanos fueron miopes y acabaron cegados por siniestras tentaciones político-religiosas —Europa lo pagaría muy caro, pues a los turcos aun les quedaba mucha cuerda. Ese mismo año, en Ucrania, los cosacos y los campesinos se levantaron contra la ocupación polaca, matando a muchos judíos por el camino. Rusia intervino, firmó un tratado con los cosacos y acabó forzando a Polonia a reconocer la pérdida de los territorios disputados.

En 1651, los mismos cosacos, en apuros con los tártaros del Khanato de Crimea, le piden al Zar Alexei I Mikhailovich que incorporase a Ucrania a Rusia como un ducado autónomo. Esto iba a proteger mucho a Ucrania, pero a largo plazo, la progresiva centralización de Rusia entraría en conflicto con la identidad ucraniana.

 

La situación de las grandes potencias en Europa en 1660. En naranja el Imperio Español, en azul la Austria de los Habsburgo, en rojo la Mancomunidad Polaco-Lituana, en marrón el Imperio Otomano y en verde Rusia. Nótese particularmente cómoRusia ha crecido a expensas del Este, y nótense también las fronteras donde coinciden los polacos, los turcos y los rusos, en lo que hoy es Ucrania. Estas tierras se convirtieron en un infierno sometido a razzias y expediciones de castigo, destacándose los cosacos como pueblo bravo e independiente.

La segunda mitad del siglo XVII vio grandes revueltas y disturbios de los campesinos (que constituían la mayor parte de la población rusa) contra la creciente centralización del Estado, que estaba reduciéndoles a siervos y arrojándoles a las manos de señores codiciosos y egoístas.

 

EL IMPERIO RUSO

En 1672, el Zar Pedro I el Grande ascendió al poder. Para entonces, Rusia se había convertido en el Estado más grande del mundo entero, gracias a la reconquista de Kiev, la “pacificación” de las tribus siberianas y la llegada de la colonización ruso-siberiana a las orillas del Océano Pacífico. Este inmenso territorio, tres veces el tamaño de la Europa continental, tenía sólo 14 millones de habitantes. Rusia estaba aun prácticamente anclada en la Edad Media. El clima extremo limitaba la cantidad de cosechas, la mayor parte de la población era rural, el país estaba aislado y, en general, la “mentalidad” del Pueblo era, como he dicho, medieval. Pedro se obsesionó con modernizar Rusia para convertirla en un Imperio fuerte. En 1703, Pedro fundó a orillas del Báltico la ciudad de San Petersburgo, que quería convertir en la nueva capital imperial de Rusia, una ciudad más “europea” que Moscú, que contribuiría a acercar al país al resto de Europa. Esto se encuadró en la larguísima guerra que libró contra Suecia para obtener cuatro provincias entorno a Finlandia.

En 1721, el Zar Pedro asumió el título adicional de Emperador, y Rusia se convirtió oficialmente en el Imperio Ruso. Desde aquel mismo instante, la “doctrina” oficial del Imperio Ruso emergió como profundamente antisemita. Pedro murió en 1725, pero su viuda, Catalina I, continuó su legado con la expulsión de “todos los judíos de sexo masculino y femenino que se hallen en las ciudades rusas y ucranianas, no admitiéndoselos en Rusia bajo ningún pretexto”, añadiendo que debían ser vigilados de cerca por las autoridades.

En 1727, los rusos procedieron a una limpieza de judíos en los territorios ucranianos conquistados por ellos. Rusia se iba perfilando como un territorio altamente hostil para los judíos, pero también estaban granjeándose la incomodidad de los mismos ucranianos, que eran y son, un pueblo bien diferenciado del ruso y con una identidad propia.

 

1754: Las potencias del Este. En verde el Imperio Ruso, en marrón el Imperio Otomano, en azul Austria y en rojo la Mancomunidad Polaco-Lituana. En este momento, Rusia es, literalmente, la dueña de las estepas, arrebatándole ese honor a los crueles y siniestros pueblos nómadas asiáticos.

Entre 1756 y 1763 se libró la Guerra de los Siete Años, principalmente entre Prusia y Rusia, en disputa sobre territorios polacos. Sin embargo, esta guerra se extendió a muchos otros países, incluyendo Gran Bretaña, Suecia y Francia. Prusia, al mando de Federico II el Grande, emergió como gran potencia, pero Berlín vio la ocupación de las tropas rusas en 1760.

En 1762, Catalina II la Grande fue coronada Zarina en Moscú. Catalina dio más poder a los nobles, pero tuvo que lidiar en 1773 con furiosas revueltas campesinas en contra de las injustas medidas que les convertían en siervos.

 

La Zarina Catalina II la Grande.

Entre 1768 y 1764, se libró la Guerra Ruso-Turca, en la que los rusos se lanzaron a conquistar, de una vez y por todas, territorios antiguamente arrebatados por el Imperio Otomano y el Khanato tártaro de Crimea. Rusia, pues, ganó una salida al Mar Negro y conquistó las estepas del Sur de Ucrania, ese territorio tan aguerrido y tan maltratado, donde los rusos fundaron importantes ciudades como Odessa. Estos ucranianos, que habían sufrido durante siglos los crueles ataques tártaros, viendo a sus mujeres secuestradas con destino a los harenes turcos, ahora volvían al mundo eslavo. 1783 vio la definitiva anexión de la isla de Crimea, que era lo que quedaba del Khanato Tártaro.

Fue durante estas épocas de lucha contra polacos y turcos cuando se distinguió el jefe militar Alexander Suvorov, un héroe tradicional de la Historia rusa.

Nuevos y extraños vientos venían del Oeste. En 1789, la sanguinaria Revolución Francesa hizo que Catalina se asquease ante las ideas ilustradas que antes había apoyado. Mientras la Ilustración emancipó a los judíos, en 1791, Catalina expulsó a los judíos rusos a un área llamada Zona de Residencia, que constaba de territorios tradicionalmente muy judaizados, incluyendo zonas posteriormente arrebatadas a la Mancomunidad Polaco-Lituana y el Imperio Otomano. Se cree que la Zona de Residencia llegó a albergar un total de 5 millones de judíos, un 40% de la población total, que se segregaban de los no-judíos, especialmente en las ciudades, donde se formaron herméticos guetos y extrañas sectas fundamentalistas como loshassidim o judíos chasídicos.

 

La Zona de Residencia donde se concentraban la mayor parte de los judíos del Este, y donde se daba la mayor concentración judía del mundo. Nótese que la Zona de Residencia se corresponde con las modernas Bielorrusia, Moldavia, gran parte de Ucrania, Polonia y Lituania, y partes de Rusia. Comparar con el anterior mapa de las migraciones judías en el Este.

En 1795, Polonia había sido repartida por Prusia, Austria y Rusia. A la muerte de Catalina en 1796, Rusia había crecido con territorios de la Mancomunidad Polaco-Lituana, Ucrania, el Khanato de Crimea y el Imperio Otomano.

 

Un mapa bastante refrescante para españoles y descendientes: los imperios internacionales en 1800 (hacer click para agrandar). Nótese la solidez del bloque ruso en comparación con la dispersión colonial del resto de potencias.

El sucesor de Catalina, el Zar Alejandro I, cultivó otros éxitos como la anexión de Besarabia a costa del Imperio Otomano, y Finlandia a costa de Suecia.

 

NAPOLEÓN

En Junio de 1812, siendo Zar Alejandro I, Napoleón (que fue, indiscutiblemente, un genio irrepetible) invadió Rusia con su Grande Armée (casi 700.000 hombres, entonces el ejército más grande de la Historia de Europa), cometiendo un grave error. Los rusos les plantaron cara en la Batalla de Borodino, aniquilando a un tercio de sus hombres, aunque Napoleón se hizo con el control del terreno.

 

La flor y nata de Europa, desangrándose en una guerra fraticida: Carabiniers franceses (los de cresta y coraza) y húsares rusos (los de rojo) combatiendo en la Batalla de Borodino.

Después de eso, los rusos se retiraron y siguieron la táctica de la “tierra quemada”: la población abandonó sus hogares, se llevó sus pertenencias, arrasó los campos de cultivo y se dirigió hacia el Este, dejándole pista libre a Napoleón, que llegó a Moscú encontrándosela vacía e incendiada. Los rusos sabían lo que hacían, porque el ejército de Napoleón carecía de un servicio logístico propiamente dicho: sus hombres vivían de lo que sustraían del terreno ocupado. Eso les había funcionado bien en las zonas europeas densamente pobladas y cultivadas, pero en las inmensas llanuras de Rusia, cultivadas y pobladas de forma dispersa, supuso su perdición: los hombres y caballos franceses empezaron a morir de hambre y de enfermedades contraídas por ingestión de alimentos podridos o agua procedente de charcos.

Entonces, el “General Invierno” —así como el jefe militar ruso, el Mariscal de Campo Mikhail Kutuzov— se abalanzó sobre los franceses, y Napoleón se encontró a miles de kilómetros de Francia, en un terreno altamente hostil, con sus tropas diezmadas por un despiadado invierno ruso y, como en España, acechado por un feroz movimiento guerrillero que no paraba de exterminar a sus hombres. En esas condiciones, Napoleón emprendió una desastrosa retirada que le costó la mayor parte de su Ejército. Para Diciembre de ese mismo año, Napoleón había sido expulsado de territorio ruso y se enfrentaba a la desintegración de su Imperio.

 

A los franceses de Napoleón les esperaba un trágico destino en Rusia.

Tras la derrota definitiva de Napoleón en Waterloo, Alejandro I presidió sobre el Congreso de Viena (1815) en el que se dibujaron las nuevas fronteras de Europa. En 1817, presionado por las nuevas corrientes que, desde el Oeste, penetraban en Rusia, el Zar declaró que el Libelo de Sangre (la antigua acusación de que la Judería practica asesinatos rituales sobre los no-judíos) era un mito.

 

1822, derrotado Napoleón y consolidado el poderío ruso. (Hacer click para agrandar.) Ya de paso, nótese cómo España, gracias a una serie de extraños movimientos masónicos en el seno de su Imperio, ha perdido la mayor parte de sus posesiones.EL IMPERIO HASTA PRINCIPIOS DEL SIGLO XX

Alejandro I fue sucedido por su hermano menor, Nicolás I, en 1825, enfrentándose a las consecuencias napoleónicas: un grupo de nobles y oficiales rusos había adquirido ideas “afrancesadas” en el curso de sus campañas militares por Europa, y planearon un golpe de Estado, conocido como Revuelta Decembrista. Aunque este movimiento fue aplastado fácilmente, tuvo también sus secuelas: por un lado, el Zar comenzó a desconfiar del Oeste, le dio la espalda a ese programa de occidentalización que había emprendido dos siglos antes Pedro el Grande y se hizo fuerte en la famosa divisa de “Autocracia, Ortodoxia y Nacionalidad”. Por otro lado, sentó precedentes y contribuyó a formar una casta pseudo-revolucionaria dirigida contra el autocrático gobierno zarista. La Judería de Rusia no tardaría en ver estos movimientos como fuerzas favorables, susceptibles de ser lideradas por ellos y conducidas hacia los fines que les interesaban.

A pesar de sus éxitos conquistando la zona del Cáucaso, Nicolás I se enfrentaba a una economía deficiente en comparación con las potencias industriales y comerciales como Inglaterra, Holanda, Prusia y Francia, y con las provincias campesinas de la Zona de Residencia arruinadas por la usura de la creciente población judía. En palabras del propio Zar: “La ruina de los campesinos en estas provincias son los judíos. Son inmensas sanguijuelas chupando a estas desafortunadas provincias, al punto de agotamiento.”

 

El Zar Nicolás I.

En este ambiente emergió Mikhail Bakunin, creador de la (se me disculpará mi ruin falta de objetividad) infecta, repugnante, absurda, anti-natural y pestilente doctrina subversiva del Anarquismo. En 1842, Bakunin abandonó Rusia para dirigirse a Alemania. Tras haber participado en la revuelta de Dresden en Mayo de 1849, Bakunin fue deportado a Rusia, donde lo deportaron a Siberia. Sin embargo, Bakunin escapó y volvió al Oeste, en donde colaboró estrechamente con dos judíos de Alemania que, cual pseudo-profetas talmúdicos, estaban predicando su propia lepra: el Comunismo. Los judíos en cuestión eran Karl Marx (alias Kissel Mordechai, un Gran Rabino que, no obstante su prédica anti-capitalista, era hijo de un acaudalado magnate judío y amigo del inmenso capitalista Rothschild, de la misma tribu, que le subvencionaba) y FriedrichEngels (otro judío, obsesionado con el Matriarcado, con el feminismo y con las formas de vida social basadas en el revoltijo de una “comuna”). Bakunin era antisemita, pero es que los intelectualoides flipaos suelen ser así de inconsistentes con sus propias palabras.

Aquí podríamos hacer un inciso a modo de reflexión: Rusia era un estado blanco fuerte, autoritario y poderoso, regido con mano fuerte, pero sin embargo, en su seno tenían cabida las corrientes revolucionarias más radicales del mundo blanco. En mi opinión, cualquiera que viviese en la segunda mitad del Siglo XIX y que tuviese algo de juicio, podría vislumbrar que en esas tierras del Este iba a tener lugar, en el futuro, un inmenso conflicto ideológico que tomaría las proporciones de una sanguinaria guerra civil y una amenaza para el resto de Europa.

Asimismo, comenzaron a surgir grupos que podríamos considerar de signo opuesto: los eslavófilos. Éstos patrocinaban elPaneslavismo, la unión de todos los eslavos, y pensaban que Rusia tenía todas las papeletas para llevar al cabo esa agrupación, de forma parecida a como lo acabaría haciendo Prusia con los germanos (al menos en parte) en el futuro, con el establecimiento del Imperio Alemán o II Reich.

Nicolás I murió en 1855, con la Guerra de Crimea (así llamada porque estaba en disputa la influencia en el Mar Negro, aunque también en el Danubio e incluso en el Báltico) en marcha desde 1853. Rusia, ahora mandada por el hijo de Nicolás I,Alejandro II, se estaba enfrentando contra el Imperio Otomano, aliado con potencias occidentales insensatas (Francia y Gran Bretaña) que ocultaban, guiñándole el ojo a los turcos, sus ansias por adquirir influencias y trozos del pastel en el seno de su moribundo imperio. Rusia, en cambio, luchaba por una causa más noble, que era la protección de los cristianos ortodoxos (como los serbios) que vivían bajo el yugo turco y, también, el control del Danubio, donde había naciones eslavas que —a pesar de formar parte del Imperio Otomano— se consideraban protectorados rusos, para que nadie, ni siquiera los turcos, pudiese molestarlas.

 

Nuevo derroche de la mejor sangre de Europa: Carga de húsares británicos contra una batería rusa (los de gris) en la Batalla de Balaclava, Sur de Crimea, Ucrania, 1854.

En 1856, tras tres años de una guerra particularmente sangrante y destructiva (fue la guerra en la que participó Florence Nightingale, la famosa enfermera, atendiendo a los heridos y dando testimonio de lo dantesco de la guerra moderna) gracias a los nuevos avances bélicos, Alejandro II inició conferencias de paz. Poco tiempo después, Francia se fue haciendo hostil hacia Alemania, aliándose con Rusia de la forma más extraña (puesto que tanto el Imperio Alemán como el Imperio Ruso, organismos no-democráticos, hubiesen debido aliarse, pues precisamente estos eran los dos países más acechados por los movimientos subversivos)… se estaban perfilando, empujadas por extraños intereses, las absurdas alianzas diplomáticas que participarían en la I Guerra Mundial.

En 1861 Alejandro II abolió la servidumbre en el campesinado ruso, emancipando a millones de campesinos, que contribuyeron a incrementar la clase media y proporcionaron afluencia de mano de obra a las ciudades rusas. Los revolucionarios (que jamás contaron, en todo caso, con el apoyo del campesinado) se habían quedado sin una buena excusa para agitar, pero la agitación continuó no obstante, y en esta década surgió el Nihilismo, una corriente intelectualoide (porque hay corrientes intelectuales, pero no es el caso) que predicaba la destrucción de todas las leyes e instituciones humanas y que consideraba que el mundo no tenía sentido, significado alguno y carecía de verdad objetiva alguna. Tanto nihilistas como anarquistas, con su desorganizada violencia contra funcionarios del Gobierno, eran marionetas en las manos de las únicas fuerzas que se podrían beneficiar de la caída del Estado: las fuerzas comandadas por la Judería.

Resulta revelador que estos movimientos de filosofía extraña y siniestra, brotasen justo cuando el Zar relajó las medidas antisemitas tan tradicionales en Rusia, incluyendo la estrechez de la Zona de Residencia, y los judíos comenzaran a multiplicarse en las ciudades rusas (especialmente en San Petersburgo, Moscú y Odessa), acaparando rápidamente puestos en la banca, en la industria, en el comercio y en el derecho. La súbita intromisión judía en la vida social y cultural eslava provocó una no menos súbita reacción antisemita por parte del Pueblo. Comenzaron a publicarse periódicos antisemitas (como el “Novoye Vremya”) y una ola de nacionalismo paneslavista colocó a los judíos bajo la lupa, acusándoles de formar “un Estado dentro del Estado”, de apoyar los grupos revolucionarios y de conspirar para derrocar al Zar y hacerse con el poder.

 

Antisemitismo ruso.

En 1866, los revolucionarios atentaron —sin éxito— contra la vida del propio Zar, lo cual puso en guardia al Gobierno, pero el Zar no puso en marcha ningún programa de represión.

 

(Hacer click para agrandar): la situación de los imperios internacionales en 1866. Nótese particularmente la dimensión del Imperio Ruso, y cómo constituye un bloque sólido respecto a los dispersos dominios coloniales del resto de Europa.

En 1871, después de la unificación alemana en el II Reich o Imperio Alemán, cortesía de Prusia, Rusia era el único país europeo que no había emancipado a sus judíos.

En 1877 y 1878, estalló otra Guerra Ruso-Turca. En esta época, se estaban sucediendo movimientos nacionalistas en las naciones balcánicas oprimidas por los turcos. Batalla de Shipka 1877. Como resultado de la intervención rusa, Serbia, Rumanía, Bulgaria y Montenegro proclamaron al fin su independencia. Es comprensible que en esta guerra no interviniesen ya las potencias occidentales: el Imperio Austro Húngaro, algo resentido con la expansión del poderío ruso en el Este, se anexionó Bosnia y Herzegovina, una zona musulmana, mientras que Gran Bretaña, bastante atareada ya con su propio Imperio colonial, se quedó con la golosa isla de Chipre, un eslabón importante en la cadena formada por Gibraltar, Malta, el Canal de Suez e India. Rusia, por su parte, se estaba perfilando como campeona de la causa eslava, y extendiendo su influencia en los Balcanes. Rusia siguió en racha: durante esta época, los rusos arrollaron los khanatos asiáticos de Kokand, Bukhara y Khiva, así como la región trans-caspia.

En 1880, después de un fallido segundo intento de asesinato del Zar, se creó la Okhrana (Departamento para la Defensa de la Seguridad Pública y del Orden), una policía secreta muy temida por los judíos y los revolucionarios.

 

El Zar Alejandro II.

Sin embargo, el extraño movimiento Narodnik (emanado de los nihilistas) así como los anarquistas, estaban llevando al cabo una campaña de terrorismo, asesinando con bombas o a tiros a altos funcionarios del Gobierno zarista. Alejandro II fue un Zar benevolente que quiso ceder ante las agresivas demandas de los revolucionarios y que trató a los judíos con suavidad, pero la misma escoria se envalentonó con su candidez en este aspecto, y el Zar cayó asesinado en 1881… el mismo día que iba a aprobar reformas para apaciguar a los revolucionarios.

Hagamos un pequeño inciso, puede que a destiempo. El Zar era muy querido por el Pueblo Ruso en general, fuera de una fanática minoría revolucionaria que era extraña al organismo nacional eslavo. Además, tenía un papel destacado en la religión ortodoxa, y los rusos le llamaban cariñosamente “Padrecito”, pues era visto más como un protector del Pueblo que como un opresor. Con esto en mente, figurémonos qué pasó en Rusia tras su asesinato.

Inmediatamente, cesó el buenrollismo con la Judería, y brotaron espontáneamente violentos pogroms antisemitas en 166 ciudades rusas, pues absolutamente todo el mundo volvió la vista a los judíos, convencidos de que eran los culpables del asesinato del Zar. Se creó un clima general de odio, desconfianza e incluso miedo hacia la Judería rusa, clima que fue escalando vertiginosamente. El Zar sucesor, Alejandro III, culpó oficialmente a los judíos del asesinato de su padre y alentó la ola de antisemitismo popular, que resultó en pogroms que se sucedieron hasta 1884 en todo el territorio ruso y especialmente en la Zona de Residencia. Cientos de judíos fueron golpeados hasta la muerte en toda Rusia, y muchos otros resultaron heridos, desalojados de sus hogares, damnificados por destrucción de sus inmuebles, etc. (a quien esto le toque la vena sensible, que piense en los, no cientos, sino millones de rusos que serían asesinados después bajo el reinado judío del Comunismo, a las órdenes de comisarios-verdugos judíos).

En 1882, el Zar promovió las famosas Leyes de Mayo, que confinaban de nuevo a los judíos a la Zona de Residencia en las provincias occidentales del Imperio y les prohibía acceder a una serie de oficios de alta alcurnia. Si en un pasado hubo un claro conflicto “Roma vs. Judea”, esta vez podemos compararlo, sin miedo a exagerar, con el “Rusia vs. Judea” que estaba teniendo lugar en esta época.

 

La situación de los imperios en 1885. Rusia está, literalmente, en la cumbre de su poderío. (Hacer click para agrandar.)

Los pogromos (palabra de origen ruso) y el antisemitismo tradicional, ya latente en el Pueblo Ruso, estaba siendo alentado por la prensa, la Policía, las autoridades zaristas, el mismo Zar e incluso los intelectuales rusos —y los judíos se lo habían ganado a pulso. Rusia se estaba convirtiendo en una zona extremadamente difícil para la Judería, mientras que sus hermanos del Oeste escalaban rápidamente los peldaños sociales gracias al auge del Capitalismo, de los imperios industriales de los trusts y de las finanzas. Alejandro III vio que su padre había sido asesinado por relajar las medidas antisemitas y anti-revolucionarias, de modo que promovió decretos en contra de la Judería, mientras que la Policía (más restringida en los tiempos de su padre) volvía a actuar con contundencia.

En 1886, se decretó un edicto de expulsión concerniente a los judíos de Kiev.

 

Una escena absolutamente impensable en Estados Unidos, Francia o Inglaterra durante la misma época. Kiev, Ucrania, Siglo XIX: el Pueblo expulsa a un judío de la ciudad durante un pogrom, ante la aprobación de las autoridades zaristas.

En 1892, los judíos fueron expulsados formalmente de Moscú, con la Policía cumpliendo las disposiciones zaristas a rajatabla. Poco a poco, cientos de miles de judíos emigraban de Rusia con destino a Europa y, especialmente, a Estados Unidos. Allí, bajo el amparo de la benevolencia democrática, se dedicaron a fermentar el Comunismo y cultivar el odio anti-ruso. Rusia se convirtió, con diferencia, en la Nación más odiada por la Judería Internacional.

Alejandro III era un paneslavista convencido que creía firmemente que, para salvarse, Rusia debía cerrarse ante las influencias subversivas y decadentes procedentes del Oeste. Influido por su tutor, rechazó nociones occidentales como la Democracia, la libertad de prensa y de expresión, las constituciones, las elecciones y los parlamentos, y ejecutó un programa de rusificación del Imperio a través de colonos eslavos y afirmación de la cultura eslava.

 

El Zar Alejandro III.

En 1894, Alejandro III es sucedido por su hijo, Nicolás II. Para esta época, la Revolución Industrial y el auge de una clase obrera numerosa, estaban creando un caldo de cultivo propicio para la extensión de las perniciosas doctrinas revolucionarias de origen judío. Los nuevos y pestilentes vientos del Oeste (aunque representaban ideas de origen oriental) se organizaron en tres partidos:

– El Partido Constitucional Democrático (o Kadets), fundado en 1905, agrupaba a “liberales” que creían en una reforma pacífica.
– El Partido Socialista-Revolucionario (o Esers) agrupó a partir de 1901 a los seguidores del legado nihilista, narodnik y pseudo-anarquista.
– Sin embargo, el más interesante, radical y activo era el Partido Ruso Social-Democrático del Trabajo (RDSLP), máximo exponente del Marxismo en Rusia, que paradójicamente acaparaba la financiación de grandes magnates financieros capitalistas —todos ellos judíos o miembros de poderosas logias masónicas, principalmente de Londres, Nueva York, París y Estocolmo.

En 1903, el RDSLP se dividió en dos facciones: los mencheviques, partidarios de un socialismo-comunismo moderado, y losbolcheviques, los comunistas radicales, que abogaban por la acción directa y un derrocamiento violento de la autoridad zarista.

Estos últimos criminales asesinos serán los que den de qué hablar en otra serie de posts.

 

El último Zar, Nicolás II.

“Los judíos son el alma del movimiento revolucionario en Europa, el cual se halla subvencionado, con gigantescos medios pecuniarios, por los grandes financieros hebreos.” (Nicolás II.)

 

REFLEXIÓN SOBRE LA HISTORIA DE RUSIA
Nietzsche, que intuía en el Este un gran poder, dijo que Rusia obraba como un Imperio que no nació ayer y que tiene mucho tiempo, es decir, con paciencia. Aquí hemos visto que Rusia fue fundada por vikingos y sufrió las canalladas de toda la escoria esteparia, pero sin embargo la fuerza rusa no dejaba de acumularse poco a poco, a lo largo de siglos. Y cuando los siglos fueron pasando, en medio de grandes adversidades, la paciencia del organismo nacional ruso dio sus frutos y se resarció de los daños: Rusia se convirtió en el mayor Estado europeo del mundo.

Todos conocemos la Historia posterior de Rusia, cómo fue torturada y asolada por el Comunismo, cómo tuvo que soportar a sanguinarios tiranos judíos como Lenin y Stalin, cómo la II Guerra Mundial la dejó deshecha, cómo la “pax comunistae” se acabó derrumbando, revelando a un país en crisis. Así como desarrollaré más asuntos eslavos en posts sucesivos, no quiero concluir este post sin preguntarme: ¿termina aquí la historia de Rusia? ¿Se integrará Rusia en la corriente occidental-decadente? ¿Llegará Rusia a ser “una nación más” algún día? ¿Es ése el destino ruso, después de tanta sangre vertida para bien y para mal? ¿Acaso no fue Rusia la primera nación europea que aprendió, ya en la Edad Antigua, la fatídica lección de la pesadilla multirracial, cortesía de la estepa? Mi teoría es que la Historia de Rusia es un libro cuyos últimos capítulos —puede que los más gloriosos— están sin escribir. Rusia guarda celosamente, en algún lugar de sus interminables estepas barridas por gélidos vientos, asoladas por tragedias y santificadas con la sangre de millones de guerreros, un destino monstruosamente grande, que duerme y que aun no se le ha revelado.

Atentos a Rusia.

 

Un caso digno de estudio: los cosacos como vanguardia de lucha, limpieza y colonización de Asia
Los Cosacos tienen las mejores tropas militares de todas las existentes. Si los hubiese tenido en mi Ejército, hubiese podido conquistar el mundo entero.
(Napoleón Bonaparte).

Todo buen imperio ha tenido tropas de choque procedentes de pueblos o zonas particularmente famosas por su dureza. Roma confiaba en sus campesinos, España tuvo a los almogávares (Valle de Arán, Pirineos), el Vaticano a la Guardia Suiza e Inglaterra a sus highlanders (Norte de Escocia). China, por su parte, tenía una muralla para defenderse de los feroces invasores nómadas. Rusia tuvo una muralla viviente, tenaz, superviviente, altamente móvil y capaz de colonizar cualquier terreno por inhóspito que fuese: los cosacos.

 

Orígenes

Durante la II Guerra Mundial, los militares alemanes no vacilaban en considerar a los cosacos como vestigios de pueblos germánicos, puede que de los godos. La realidad es algo más compleja, aunque no les faltaba del todo razón.

Los cosacos son la versión aria de los tártaros. Parece que los antepasados de los cosacos se instalaron en las estepas de lo que hoy es el Sur de Ucrania y el Sur de Rusia entorno al Siglo X, y que en su base étnica estuvieron, desde el Siglo I, pueblos arios como los escitas, los sármatas, los alanos y los godos, aunque no tardarían en ser eslavizados, de modo que hoy son considerados étnicamente como eslavos. Todos estos pueblos tuvieron algo en común: eran esteparios, y la estepa imponía la ley de las grandes distancias y de las grandes extensiones de tierra. Quien dominase el caballo, la velocidad y el arte de tirar a caballo, dominaría la estepa.

Los grupos cosacos como entidad organizada se empezaron a constituir en la actual Ucrania desde mediados del Siglo XIII. Nobles pobres (“hidalgos”) y campesinos fugados de Rutenia, Polonia y los principados rusos, inflamaron rápidamente los números de estos grupos y los convirtieron en una fuerza a tener en cuenta.

Se sabe que los cosacos participaron en la Batalla de Kulikovo de 1380, en la que el Príncipe de Moscovia, Dimitri Donskoi, derrotó a la Horda Dorada.

 

El auge de los cosacos y la conquista de Asia
Muy sencillamente: la descomunal expansión Rusa hacia el Este fue principalmente obra de los cosacos.

En un principio, los cosacos no se consideraban sujetos a ninguna autoridad, y hacían de la independencia su bandera. Prueba de ello es que, en 1539, el Gran Duque Vasili III de Rusia, le pidió al sultán turco que controlase a los cosacos, obteniendo la respuesta de “Los cosacos no me juran lealtad y viven como les place a ellos mismos.” Igualmente, diez años más tarde, el sultán turco le pidió al Zar Iván el Terrible que controlase a “sus” cosacos, a lo que Iván respondió: “Los cosacos del Don no son de mi incumbencia y van a la guerra o viven en paz sin mi conocimiento.” Este tipo de mensajes circulaban habitualmente entre el Imperio Otomano, la Mancomunidad Polaco-Lituana y Rusia, demostrando que el Oeste de Ucrania era zona tomada por los cosacos.

Por otro lado, parece que el Imperio Austriaco de los Habsburgo utilizó a los cosacos de manera clandestina para hostigar a los turcos y así aliviar las tensiones en sus propias fronteras. Asimismo, los cosacos y los tártaros del Khanato de Crimea se enzarzaron en una espiral de violencia en la que las incursiones de unos eran contestadas con las represalias de otros y viceversa. Estos enfrentamientos perduran, aun hoy en día, en el racismo cosaco hacia las minorías musulmanas túrquicas “tártaras” del territorio ruso.

A lo largo de toda la segunda mitad del Siglo XVI, los cosacos castigaron duramente los territorios turcos, incluso sus piratas se dedicaron a surcar el Mar Negro y asolar los prósperos puertos otomanos, llegando en 1615 a saquear municipios muy cercanos a la misma Estambul, en pleno corazón del Imperio Otomano. A su vez, el Imperio Otomano contestó con ataques de los tártaros hacia la Mancomunidad Polaco-Lituana, considerada “responsable” de la conducta de los cosacos.

Los Zares no tardarían en ver a los cosacos como una fuerza extremadamente interesante por su obvia vocación militar y por su dominio de las distancias. En aquella época, a los monarcas de Moscú les interesaba empujar a los khanatos asiáticos hacia el Este, dispersar a sus gentes y, eventualmente, limpiar toda la estepa de tártaros. Los cosacos iban a convertirse en la vanguardia rusa contra Asia, cosechando una serie de éxitos que los hicieron famosos en el folklore ruso, como la conquista del Khanato de Kazán (1552), o del Khanato de Sibir (1582), que inauguró la conquista de Siberia. Todos estos triunfos contribuyeron a popularizarlos en el folklore ruso.

En cada territorio que conquistaban, establecían un fuerte o stanitsa, ejecutaban a los khanes locales e inundaban la zona con colonos cosacos, que se dedicarían a despejar las llanuras circundantes de bandidos tártaros. Literalmente, estaban empujando y fortificando las fronteras de Rusia, limpiando la estepa de no-blancos y abriendo las puertas de aquel inhóspito y salvaje territorio para la colonización eslava del Este. Casi todas las ciudades siberianas fueron fundadas por cosacos como stanitsas y crecieron a partir de allí.

En 1648, el cosaco Dezhnev había llegado al fin de Asia, justo enfrente de Alaska. Hoy, el estrecho marítimo que separa Asia de América se llama Estrecho de Bering —en honor de un hombre que lo “descubrió” 80 años más tarde—, cuando realmente, debería llamarse Estrecho de Dezhnev.

Ese mismo año, en el Oeste, los cosacos y los ucranianos, ya bastante apurados por el Imperio Otomano al Sur, se levantaron en contra de la ocupación polaca, expulsando a los invasores y colocándose bajo la protección de Moscú.

Después de esto, los cosacos instauraron dos repúblicas autónomas en territorio ucraniano: En 1649, formaron el Estado de los Cosacos de Zaporozhia, sentando las bases de la misma independencia ucraniana, y en 1670, proclamaron una república cosaca en la ciudad de Astrakán, que habían conquistado de los tártaros. Estas repúblicas fueron abolidas por Catalina la Grande a finales del Siglo XVIII tras la incorporación de esos territorios a Rusia, lo cual provocó una revuelta cosaca y de campesinos ucranianos que sólo tras duros esfuerzos pudo ser sofocada. Esto forzó a Catalina a tomar nota de la fuerza que suponían los cosacos y los campesinos.
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Napoleón
Cuando Napoleón invadió Rusia en 1812, los cosacos se distinguieron enseguida como caballería ligera sumamente veloz, audaz y feroz. No tardaron en convertirse en las tropas más temidas por los franceses. Durante la retirada de Napoleón, los cosacos operaron tras las líneas enemigas como guerrilleros y saboteadores, atacando líneas de suministro o de comunicación y, en suma haciéndole la vida imposible al Ejército Francés, hasta el punto de que lo persiguieron hasta la mismísima París, que fue ocupada por las potencias aliadas, incluyendo los rusos. En París los cosacos se hicieron muy populares, pues eran vistos como el producto más exótico y admirable de las tropas rusas. Fue entonces cuando su fama se extendió por Occidente, convirtiéndoles en un icono del posterior romanticismo.

 

La Edad Dorada de los cosacos
La situación del Imperio Ruso y de las huestes cosacas en 1866. Obsérvese cómo, desde su hogar en Ucrania occidental, se han desplegado como fichas de algún juego de estrategia, especialmente entorno al Cáucaso, Asia Central y Mongolia, las zonas emisoras de invasiones asiáticas. Los números del mapa se corresponden con las distintas huestes o “tribus”. Los cosacos más famosos en Occidente son los del Don y los de Kuban, por haber estado particularmente involucrados en la lucha contra Napoleón y las guerras Ruso-Turcas, como por su casi incesante piratería anti-turca en el Mar Negro:
1: Don / 2: Kuban / 3: Terek / 4: Astrakhan / 5: Urales / 6: Orenburgo / 7: Semirecheniye / 8: Siberia / 9: Transbaikal / 10: Amur / 11: Usuri / 12: Irkutsk / 13: Yakutsk.

Es en esta época de intrigas, que abarca la mayor parte del Siglo XIX, que tiene lugar la novela “Miguel Strogoff”, de Julio Verne, un libro sumamente interesante por tratarse de un recorrido de gran parte del territorio ruso, desde Moscú hasta Irkutsk, la capital de Siberia, así como por su descripción de las costumbres de todas las gentes que lo pueblan, incluyendo los tártaros. Esta novela, publicada en 1875, es una verdadera apología de la Rusia zarista como representante de la mentalidad europea y occidental en plena barbarie asiática: altamente recomendable su lectura con un buen mapa de Rusia a mano, y más dadas las polémicas “coincidencias” del autor con la misma ideología nacionalsocialista.

En este siglo, los cosacos consumaron los vínculos de lealtad que les unían a Rusia, al Ejército y a la dinastía Romanov. No sólo alcanzaron grandes honores y privilegios bajo los Zares, sino que constituyeron incluso la guardia de élite del mismísimo Zar, lo cual revela que éste los consideraba una fuerza 100% leal. Se les eximió de impuestos y se reforzó aun más su sentimiento de clan elitista, aunque ello hubiese sido logrado a costa de renombrados esfuerzos a lo largo de 4 siglos, y en el seno de un servicio militar que duraba 20 años.

 

Los cosacos y el Bolchevismo: la “descosaquización”

Cuando se implantó el Comunismo en Rusia en 1917, estalló una Guerra Civil (1917-1919) “a la española”. El Ejército Rojo, una banda de asesinos formada por el judío León Trotsky, se enfrentó al Ejército Blanco, una fuerza leal a los antiguos Zares y a la Rusia tradicional. La inmensa mayoría de los cosacos se encuadraron en las filas del Ejército Blanco, que acabó perdiendo la guerra principalmente por falta de apoyo del exterior, mientras que los bolcheviques no paraban de recibir suministros de sus hermanos de tribu de Londres, Nueva York y Estocolmo.

El Comunismo triunfante veía a los cosacos como la mayor herramienta de la autoridad y represión de los antiguos Zares. Formalmente, los 4 millones de cosacos fueron proclamados por Lenin como “enemigos del Estado”, y junto con el terror desatado contra todo aquel sospechoso de no comulgar con el Bolchevismo, se lanzó a partir de 1920 la particular cruzada bolchevique de “descosaquización” (razkazachivanye). A eso se le llama genocidio, si no me equivoco.

Esta criminal campaña de genocidio colocó a los cosacos, y a la mayoría de la población general, más en contra si cabe, del régimen bolchevique.

Con la genocida “colectivización” soviética, los cosacos compartieron la misma triste suerte que los kulaks tan odiados por el régimen bolchevique: genocidio, asesinatos, torturas, persecuciones, destrucción de sus pueblos. Y hambre. Durante la terrible hambruna-represión de 1933, en la que murieron 7 millones de campesinos, los cosacos del Don y del Kubán sufrieron horriblemente.

 

Los cosacos y la II Guerra Mundial
Teniendo en cuenta la campaña de “descosaquización” a la que estaban siendo sistemáticamente sometidos, fue normal que, cuando llegaron las tropas alemanas a combatir contra el Bolchevismo, los cosacos los viesen como libertadores y aliados suyos. Los alemanes no tardarían en formar tropas cosacas en sus filas. También hubo algunos cosacos que combatieron en el Ejército Rojo, pues Stalin empezó a hacer promesas para levantar la moral, pero generalmente lo hacían forzados para salvar a sus huestes de las represiones estalinistas, y muchas veces no dudaban en pasarse al Eje si tenían la oportunidad.

 

Cosacos que combatieron en las filas de las SS durante la II Guerra Mundial.

En 1945, los cosacos anti-bolcheviques (no sólo soldados, sino pueblos enteros, hombres mujeres y niños) se entregaron a los ingleses en Austria, con la esperanza de poder unirse a ellos y combatir el arrollador avance de los comunistas. Sin embargo, los ingleses estaban compinchados con Stalin. A pesar de haberles prometido ponerles a salvo, los cosacos fueron traicionados por las autoridades británicas: 150.000 cosacos, hombres, mujeres y niños, fueron deportados a la fuerza (incluso a golpes de culata y de bayoneta, y algún asesinato sobre la marcha) a la URSS, donde todo el mundo sabía cuál iba a ser su destino: desaparecer para siempre en el Archipiélago Gulag.

 

Una imagen de tipos raciales: algunos de los pocos cosacos del Kuban que combatieron en las filas del Ejército Rojo, con sus uniformes tradicionales en el desfile de la victoria, Moscú, 1945. Poco tiempo después, la URSS ya no necesitaría el patriotismo de los cosacos, y volvió a sus medidas de “descosaquización”, granjeándose definitivamente la antipatía de los cosacos y exterminando a casi todo su pueblo.La identidad cosaca en el presente

En la Rusia de los Zares, según los censos, había más de 4 millones de cosacos. Sólo en los primeros 10 años del progresista, fraternal y libertario régimen comunista, exterminaron literalmente a más de dos tercios de la población cosaca.

Hoy la cifra oficial de cosacos no pasa de 600.000.

Cuando cayó el Comunismo soviético en 1991, los cosacos renacieron, tomaron las armas y, en el Cáucaso, lucharon a favor de separatistas pro-rusos y en contra de los chechenos.

En la actualidad, el servicio en el Ejército es considerado un honor para los cosacos, un pueblo militar de vocación. El Ejército Ruso ha estado barajando la posibilidad de constituir una fuerza exclusivamente cosaca. Muchos de ellos, además, sirven en la Guardia Presidencial, en la Spetznaz (Fuerzas Especiales) y en las flotas navales del Océano Ártico y del Mar Negro.

El patriotismo y la mentalidad de servicio de los cosacos llega a tales extremos que son comunes las agresiones a musulmanes, descendientes de aquellos tártaros que tanto trabajo les dieron en el pasado. No es difícil escuchar en Rusia que “gracias a los skinheads y a los cosacos, cada vez hay menos musulmanes”.

Los cosacos de hoy son, según se mire:

– Una milicia popular
– Un pueblo militarizado.
– Una unidad de reserva militar permanentemente disponible.
– Un movimiento xenófobo, racista, ultranacionalista y paramilitar.
– Un vestigio folklórico que sobrevivió a las purgas estalinistas.

El estilo cosaco

Son una verdadera familia. A pesar de la diversidad de huestes y clanes, forman una mafia desde el Don hasta Yakutsk, cada hueste luciendo en el uniforme el color distintivo de su gente, y liderada por un Atmán o jefe tribal.

Antiguamente, los cosacos podían admitir en sus comunidades a forasteros considerados deseables para su gente, después de hacerles prestar juramento, aunque era requisito ser cristiano y no ser ni turco, ni tártaro, ni judío ni musulmán. Los jóvenes cosacos, a los 19 años, iban a vivir a campamentos militares en islas, donde reinaba una severa organización y disciplina. Estos jóvenes, habituados desde niños a las despiadadas intemperies rusas, a la caza, a la equitación, a la lucha y al movimiento, constituían sin duda una excelente materia prima para formar guerreros eficaces.

Todos los jóvenes físicamente sanos debían alistarse en el Ejército, por tradición. El joven cosaco tenía que proporcionar caballo, uniformes, sable, lanza y silla (el coste de las armas de fuego podía ser repartido con el Estado, pero el Estado pagaba sin límites por la munición), y se colocaba bajo una disciplina privilegiada, única solamente para los cosacos.

Con la incorporación de los cosacos al organismo ruso, quedó en evidencia que los cosacos amaban Rusia, aborrecían la burocracia estatal, pero respetaban la autoridad de los Zares. Sin embargo, no dudaban en rebelarse si consideraban que los Zares no cumplían con sus obligaciones como protectores de Rusia.

Los cosacos sólo podían casarse con jóvenes cosacas, aunque les era permitido raptar mujeres de pueblos vecinos. Sin embargo, no les estaba permitido el matrimonio con mongolas, turcas, tártaras o judías.

La estepa abierta, la supervivencia con medios propios, la velocidad y fuerza del caballo, el viento, el amor a Rusia, el odio al tártaro y el ansia por alcanzar el horizonte, son los factores que han contribuido a acuñar la característica mentalidad cosaca.

 

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