CELINE

Céline: el genio no tiene muerte. Ni a crédito ni fija

Durante décadas se debatió su lenguaje: su célebre “transposición” del habla oral a la escritura, la sensibilidad con la que captó la fuerza y musicalidad de la jerga y el sentir barriobajeros, como también fue objeto de controversia su indiscutible capacidad para hacer tambalear los cimientos de la literatura francesa –para deleite de muchos y disgusto de otros–, porque al igual que Bardamu, su principal personaje, posee Céline la cualidad congénita de polemizar y desquiciar todo lo que emprende.

Laura Ferragut

1 de octubre de 2014

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LAURA FERRAGUT

Sería una estupidez coronel! ¡una estupidez!… ¡no en un relato emotivo!… ¿acaso usted le reprocha a Van Gogh que sus iglesias sean deformes? ¿a Vlaminck que sus cabañas estén todas destartaladas?… ¿a El Bosco sus trucos sin pies ni cabeza?… ¿a Debussy que se cagara en los compases? ¡lo mismo para Honegger! ¿no tengo yo los mismos derechos? ¿eh? ¿el único derecho que tengo yo es el de obervar las Reglas?… ¿el de obedecer lo que dicta la Academia?… ¡es indignante!

Conversaciones con el profesor Y
Louis-Ferdinand Céline

En 1936, Céline entrega a su editor, Robert Denöel, un manuscrito con correcciones de Marie Carnavaggia[1] que había comenzado a escribir con dos títulos iniciales:L’adieu à Molitor o Tout doucement, transformándose ambos, finalmente, en Muerte a crédito: novela publicada entre Viaje al fin de la noche y Guignol’s Band. A pesar de que Denöel suprimiera en la edición ciertos pasajes de contenido obsceno, ello no impidió que una vez puesta a la venta se desencadenara la polémica. Céline dio por sentado un éxito semejante al de Viaje al fin de la noche, pero Muerte a crédito tuvo una acogida nefasta.

Si Viaje al fin de la noche narra la experiencia de Ferdinand Bardamu (su alter ego) en la Primera Guerra Mundial y en las colonias francesas en África, así como el desencanto de su estancia en América y su regreso a Francia para ejercer como médico rural, Muerte a crédito, evoca su infancia y formación en un ambiente familiar crispado y desesperante. Ferdinand es ahora el hijo de una bordadora de encajes, ansiosa y pesimista, a la que nunca se enfrentó. Este libro lo haría por él.

De tener que escoger entre una de las dos novelas, creo, sin temor a equivocarme, que es Muerte a Crédito la que emerge, se impone y posa en mi subconsciente, aproximándome como ninguna otra a la realidad, a la inmediatez de la vida.

Hay un antes y un después de Muerte a Crédito, y el fin de la noche puede esperar. Después de una lectura de estas características es imposible albergar la más mínima esperanza, alimentar un pensamiento afirmativo, vital o armonioso: y es ahí donde entra en juego su autor, ahí está Céline para desafiar nuestro equilibrio. No, no es su misión alentarnos, complacernos con sus pasajes, todo lo contrario. No obstante, en torno a esa vorágine desestabilizadora, posee la compleja habilidad de hacernos reír, hasta el punto de conseguir que no nos lo lleguemos a tomar al pie de la letra, porque sólo así lograremos empezar a comprenderlo.

He llegado a plantearme, no sin cierta confusión: ¿por qué es precisamente el pasaje más brutal y repulsivo de toda la novela –el violento enfrentamiento físico entre Ferdinand y su padre– el que se me ha manifestado, a fin de cuentas, como el más hermoso? Sé que esta apreciación es harto discutible, y no quiero perderme en el intento de analizar cuál debe ser, en última instancia, la función de la estética en la literatura o en cualquier manifestación artística: ahora bien…, suponiendo que en lo horrendo, lo soez y lo atroz también pueda existir belleza, y si es función del artista desconcertarnos a través de su obra: ahí aparece nuevamente Céline para demostrarlo.

Durante décadas se debatió su lenguaje: su célebre “transposición” del habla oral a la escritura, la sensibilidad con la que captó la fuerza y musicalidad de la jerga y el sentir barriobajeros, como también fue objeto de controversia su indiscutible capacidad para hacer tambalear los cimientos de la literatura francesa –para deleite de muchos y disgusto de otros–, porque al igual que Bardamu, su principal personaje, posee Céline la cualidad congénita de polemizar y desquiciar todo lo que emprende. Sin embargo, más allá de sus intenciones, su misantropismo, nihilismo, estilo e idioma propios, necesita Céline de otro elemento, sin el cual toda esa amalgama que engloba los rasgos de su buen hacer literario perdería su razón de ser: el lector celiniano. Un lector, ni mejor ni peor que el resto, pero con ciertas particularidades: tiene pensamientos inusitados y poco convencionales, hasta cierto punto sórdidos…, es impulsivo, y a la vez, tolera pacientemente doscientas páginas, frente a un argumento abierto, al tiempo que su narrador –demente en apariencia– desgrana una sucesión desarticulada y frenética de anécdotas y observaciones para construir, a través de personajes redondos y aplastantes reflexiones, una magnífica historia. Es a partir de ese instante cuando sobreviene su irremediable adicción.

A finales de 1943, sus panfletos antisemitas (Bagatelles pour une massacre, L’École des cadavres y Les beau draps), publicados con posterioridad a Muerte a Crédito, se vuelven contra él en forma de amenazas. Intuyendo lo que se le venía encima, el 17 de junio de 1944 decide huir, junto con su mujer, Lucette, a Cophenague. Primero llegan a Alemania, quedando atrapados en Sigmarignen junto a Petain, Laval y otros colaboracionistas franceses. y después a Dinamarca. Unos meses más tarde, la justicia francesa pide su extradición. Gracias a Aage Sidenfaden,[2] director de la policía de Cophenague, Dinamarca rechaza la reclamación francesa. Sin embargo, no se libra del arresto: es acusado de colaboracionismo y pasa más de un año en prisión. En julio de 1951, el autor de Viaje al fin de la noche regresa a Francia amnistiado, pero con el calificativo de “desgracia nacional”, título que obtendrá en un juicio celebrado en su ausencia. Sólo viviría diez años más.

A petición del escritor y abogado de origen judío, Serge Klarsfeld, en 2011, Fréderic Mitterrand excluyó a Céline, al cumplirse cincuenta años de su muerte, de la selección de Celebridades Nacionales que debían ser homenajeadas por la República francesa. Motivo: “haber puesto su pluma al servicio de una ideología repugnante”. Por su parte, el por aquel entonces alcalde socialista de París, Bertrand Delanoë, sentenció en una entrevista radiofónica: “Céline es un excelente escritor, pero un perfecto cabrón”. Posiblemente, toda esta polémica le otorgue una divulgación aún mayor a su obra. La corrección política, al fin y al cabo, nos brinda esa oportunidad: la de arrinconar y proscribir al escritor francés más leído y traducido después de Proust, la de vetar la posibilidad de rendirle homenaje, aunque literariamente sea una infamia negárselo: de ordinario, nos adiestra como a primates en valorar la obra de cualquier creador con parámetros que, poco o nada, tienen que ver con el talento que pueda destilar su obra stricto sensu.  ¿Será esa aspiración a los supremos valores universales, único estatuto ante el que todo el mundo debe inclinarse, la que logra que muchos de sus lectores se debatan entre la fascinación por su obra y la condena por su faceta antisemita?

Si comparamos las razones de este rechazo con la grandiosidad de su escritura, cualquier fundamento que motive este descrédito nos acabará resultando mezquino.

En cualquier caso, el interés por seguir las tribulaciones de Ferdinand Bardamu o el deseo de leer la obra de Céline, en Francia, nunca ha decrecido.

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FUENTE:

http://www.elmanifiesto.com/articulos.asp?idarticulo=4871

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