lección primera: …de filosofía…

8 diciembre de 2013

LECCIONES DE FILOSOFÍA COMPRENDER HEIDEGGER

PRIMER CURSO: INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA

PRIMERA LECCIÓN: ¿QUÉ ES FILOSOFÍA? (1)Vamos a emprender el camino de la filosofía desde su mismísimo punto de partida. Por tanto, no damos aquí por supuesto ningún conocimiento científico previo que forme parte de una disciplina universitaria denominada Filosofía. Esto puede generar un problema para los que ya “saben” algo o mucho de filosofía, a saber, que el “nivel” académico antójeseles demasiado bajo. Pero la ausencia de requisitos en materia de “informaciones sobre los filósofos y sus filosofías” no obliga a hacer descender el “nivel”, sino sólo a renunciar a la terminología o jerga profesional del filósofo académico. El esfuerzo requerido para comprender el texto será el mismo, con la ventaja de que tendremos que ir justificando, uno por uno, el significado de dichos tecnicismos a medida que vaya apareciendo la necesidad de su uso, si la hubiere. Sobre los orígenes de la Academia como institución de la ciencia y de la Filosofía en tanto que especialidad científica habrá noticia crítica en algún momento de la primera lección.

Pese a todo, me veo en la obligación de aclarar, de forma provisional, dos vocablos filosóficos, a saber, “ente” y “ontológico”. Por lo que respecta al primero, ente es el participio activo del verbo ser, como amante lo es del verbo amar. Así, un ente es “aquello que es o está siendo”. Su “aseidad” o, en el presente texto, carácter de ser (hay otro significado, medieval, de “aseidad”), se explica en la lección, pero anticipo que “ser” cabe empezar a leerlo ya como “ajeno a nuestros deseos, voluntad, intereses e inclinaciones”. Un árbol puede ser objeto de la ciencia en cuanto ser vivo, y entonces tenemos el árbol de la botánica y de la biología; pude ser objeto de la ciencia como producto económico, madera industrial, adorno de una zona residencial, etcétera; puede ser objeto del arte para un pintor; o leña en la improvisada hoguera del paseante helado… Se trata del mismo árbol, pero ¿qué árbol es “el” árbol? Para el filósofo el árbol es objeto de su consideración como ente. Esto significa que el filósofo hace abstracción del árbol en todos los sentidos citados y sólo se ocupa de que el árbol es. Que “es” al margen de los “intereses” del empresario, del botánico, del artista, del economista o del vagabundo aterido de frío… Sólo su ser, aquello que lo hace “independiente” de cualesquiera inclinaciones subjetivas y que puede mostrarse de repente cuando, casualmente, a oscuras, nos damos de bruces con un árbol, nos “topamos” con él y el dolor en la rodilla no nos resulta de ninguna “utilidad”, antes bien todo lo contrario. El vocablo ontológico mienta lo relativo al ser del ente, ya sea de un ente particular, ya del ente en general o, según reza la tradición, del “ente en total”.

Dicho esto, al alumno se le supone sólo: 1/la capacidad de experimentar los fenómenos tal como se muestran; 2/las habilidades relacionadas con el acto de leer un texto en castellano; 3/aquellas otras técnicas concernientes al hecho de escribir en esa misma lengua; y 4/la “facultad” de razonar, es decir, de sacar conclusiones de unas premisas sin rendir en todo momento vasallaje a los “hechos”.
Los puntos 1/ y 4/ reclaman ya algunas aclaraciones. Veámoslas.

La facultad del ser racional

La racionalidad lógica se vincula con los fenómenos empíricos únicamente en las premisas del razonamiento, pero luego desarróllase y “es” de forma autónoma. Por ejemplo, alguien sostiene: “siempre que llueve, el suelo está mojado; el suelo no está mojado, luego no llueve.” O sea: “siempre que A, entonces B; no-B, entonces no-A”. El argumento formalizado vale cualesquiera que sean los contenidos semánticos de A o B: “siempre que llueve hay nubes en el cielo; no hay nubes en el cielo, luego no llueve”. La física matemática es una “prueba” del punto 4/.

Efectivamente: las matemáticas representan, en general, la formalización del razonamiento que constituye, por sí mismo, un ámbito fenoménico propio. De ahí que la física contemporánea pueda “conocer” una parte del “mundo real de la naturaleza” desplegando como hipótesis puras fórmulas sacadas “de la cabeza” del investigador. La estructura matemática de la naturaleza nos permite asegurar que algo sucederá o será necesariamente así o asá desarrollando apriorísticamente unos cálculos que no tienen procedencia empírica, es decir, que no hemos aprendido de la realidad, sino que conforman el “ser racional” de nuestro intelecto humano. El hecho de que la realidad material sensible inorgánica “obedezca” o responda, por decirlo así, a los parámetros numéricos establecidos a priori por dichas fórmulas sin necesidad de recurrir a la experiencia, sin tener, en definitiva, que abandonar el gabinete de trabajo del sabio para comprobar cada caso concreto, fue considerado algo maravilloso en el siglo XVIII. Nada menos que el punto de partida de la reflexión filosófica de Kant es este factum de la validez científica apriórica. La circunstancia de que no nos sea menester “comprobar” si llueve cuando “sabemos”, por cualquier fuente fiable, que el cielo está despejado, no es más que un ejemplo, harto elemental, de las condiciones que hacen posible la física teórica, es decir, la ciencia más prestigiosa del mundo moderno. Pues bien, cualquiera de nosotros es depositario de esa “facultad”; la filosofía puede definirse como la expresión articulada e institucionalizada de su aplicación sistemática a la vida. La existencia es aquello que hemos comprendido ya. La filosofía se limita a elevar al rango de concepto tal comprensión previa o a priori. Hete aquí la famosa racionalidad. Pero, ¿en qué consiste realmente la racionalidad?

El principio de fundamentación

Todos sabemos razonar y comprendemos un razonamiento. La racionalidad y el uso del lenguaje son “facultades” que van juntas. Esta capacidad de argumentación entraña, de alguna manera, la entera filosofía. Pero debe quedar claro desde el principio que una cosa es el acto de razonar lógicamente y otra la apertura a los fenómenos.

Vamos a poner, otra vez, un ejemplo ilustrativo. Se puede razonar correctamente, pero si las premisas son falsas, las conclusiones serán también falsas. La validez de las premisas depende de la experiencia de los fenómenos. En el razonamiento del apartado anterior, la observación de que el suelo no está mojado nos permite inferir que no llueve sin tener que “ver” las gotas de lluvia, pero si la observación fuera falsa, o sea, si el suelo estuviera mojado, el hecho de razonar correctamente, como es el caso, no impediría que la conclusión fuera falsa.

La racionalidad en cuanto acto de fundamentar tiene en primera instancia dos sentidos (luego veremos que en realidad el segundo se reduce al primero): a/ hacia los fenómenos; b/ hacia la lógica. La racionalidad lógica es autónoma, pero tiene que mantener puntos de contacto con los fenómenos para no apartarse de la verdad. El acto de “dar razón” entraña este doble significado, a saber, haber razonado con rectitud desde una premisa y haber verificado la validez de las premisas mismas.

Así, si el interlocutor 1 sostiene que “siempre que A, entonces B; no-B, entonces no-A”, este razonamiento será correcto aunque sea falso que el suelo esté mojado. Pues una cosa es la validez del argumento como tal y otra la verdad de las premisas. Si la premisa “no-B” es falsa y aspiramos a demostrárselo, llevamos al interlocutor 1 ante la ventana y le señalamos el suelo mojado. El fundamento de nuestra pretensión es la evidencia empírica de un suelo mojado donde cae la lluvia. Pero si dijésemos que el razonamiento del interlocutor 1 es erróneo, estaríamos sosteniendo algo muy distinto y dicho interlocutor podría demostrar que éramos nosotros quienes nos equivocábamos.

No bastará, por tanto, que el interlocutor 2 responda que “es falso”: tendrá que demostrar en qué consiste la falsedad. La frase “te equivocas”, cuando no vaya acompañada del fundamento correspondiente, es lo más antifilosófico que existe. En términos generales, no se refuta una afirmación o pretensión de validez negándola verbalmente o por escrito, sino presentando un argumento fundamentado. Y éste puede tener como fuente, al menos, o la lógica o los fenómenos empíricos. La filosofía se distingue así de una mera charla por el hecho de que las expresiones lingüísticas están acreditadas, es decir, los enunciados van acompañados de sus respectivos y exigibles correlatos fenoménicos.

El enunciado “es verdad que no llueve” se refuta o verifica en los fenómenos. La validez del razonamiento “siempre que A, entonces B; A, luego B” se verifica demostrando que no queda afectado por el hecho de que “no-B” sea falso, pues basta establecer la premisa verdadera, ya sea B o no-B (y esto puede variar según los casos, siendo así que algunos días llueve y otros no) para que la conclusión del razonamiento sea verdadera.

Una consecuencia importantísima que se sigue de lo anterior es que para verificar enunciados relativos a la validez de los razonamientos como tales, tenemos que apelar a una determinada esfera fenoménica, a saber, aquella en la que se muestran las estructuras lógicas. La palabra “fenómeno” como fundamento de los enunciados válidos o verdaderos no se limita a los hechos de la naturaleza o a las cosas sensibles en general. De ahí que, en el fondo, las dos fuentes del conocimiento se reduzcan a una: los fenómenos. Procedamos a aclarar esta cuestión.

Por ejemplo, si sostenemos “siempre que A, entonces no-A”, para verificar esta estructura lógica no necesitaremos mirar por la ventana para ver si llueve o no llueve. Alguien dirá que es falsa y apelará a su carácter contradictorio, pues vulnera un principio de la lógica que es el “principio de no contradicción”. En suma, dicha formulación carece de correlato en el campo de los fenómenos lógicos y, por tanto, es falsa. De la misma manera que verificamos la afirmación “es verdad que llueve” yendo a la ventana o saliendo a la calle, es decir, observando o experimentando la fundamentación del enunciado en cuestión, para verificar o refutar la afirmación “es verdad que siempre que A, entonces no-A” hemos de experimentar si este enunciado tiene respaldo fenoménico y sabemos que no puede tenerlo porque vulnera un principio esencial de las estructuras fenoménicas lógicas. Siguiendo el mismo procedimiento (método) sabemos de antemano, y sin tener que hacer ninguna comprobación física, que el enunciado “es verdad que hay un círculo cuadrado” carece de fundamento. El círculo es un fenómeno ideal y podemos experimentarlo racionalmente tanto como podemos experimentar el absurdo de una “cosa sin peso”, un “color inextenso”, el “principio del tiempo” o el “final del espacio”.

El concepto de fenómeno, en consecuencia, es más amplio que el concepto de cosa sensible. Hay fenómenos que no son cosas. A partir ahora, para entendernos, nos referiremos a los fenómenos empíricos como aquellos fenómenos que pueden ser vistos, tocados, olidos… Cuando la filosofía empirista, cientificista y positivista habla de fenómenos, se refiere única y exclusivamente a este tipo de fenómenos. El único criterio de legitimación de los enunciados sería, para la ciencia, el correspondiente correlato empírico. Así tendríamos: a/ un enunciado; b/ un fenómeno y entre a/ y b/ una c/ relación de fundamentación. El discurso válido sería aquel en el que los enunciados (e) vienen fundamentados por fenómenos (f). Pero los fenómenos, para la ciencia, serían siempre empíricos y la única fundamentación posible concerniría a hechos. Cuando el positivismo habla de hechos y de los hechos como única fuente válida de conocimiento se refiere a los fenómenos empíricos.

Pero ya hemos demostrado que existen otros fenómenos, a saber, los fenómenos no empíricos. Las estructuras lógicas y matemáticas conforman una esfera fenoménica determinada susceptible de fundamentar enunciados verdaderos y refutar enunciados falsos. Dichos fenómenos no son “hechos” en sentido positivista. No podemos, en efecto, “tocar” una estructura matemática o una secuencia lógica. Sin embargo, tales estructuras “están ahí” y nadie podría modificarlas a placer. Si nosotros sostenemos ahora que 2+2=6, este enunciado carece de correlato fenoménico, es por tanto falso. No hay fenómeno que lo avale. Permanece ayuno de fundamento cual mera opinión. Nadie es capaz de alterar el fenómeno 2+2=4, éste tiene su consistencia, aunque no sea material, y a veces mayor que la de una piedra, pues una piedra puede ser barrenada y destruida con dinamita, pero no podemos siquiera pensar en aniquilar o meramente mellar el fenómeno 2+2=4 como no sea mintiendo conscientemente.

Ahora bien, la filosofía refiérese a los fenómenos como tales, a los fenómenos en tanto que fenómenos. Y conviene añadir: además de los fenómenos empíricos, lógicos y matemáticos, hay otros: fenómenos éticos, estéticos, religiosos, existenciales…

Los fenómenos empíricos ocupan posiciones espaciales determinadas. Si yuxtaponemos todos los fenómenos empíricos “contenidos en el espacio”, podemos llegar a pensar en un ente denominado cosmos, universo o mundo. Pero el campo fenoménico incluye entes que no ocupan ninguna posición en el espacio. Los números no están en ningún sitio. Tampoco el tiempo, fenómeno por excelencia, como veremos, ocupa lugar alguno en el espacio. Ni la conciencia. La filosofía se limita, en principio, a constatar la “realidad” tal como se muestra, para remontarse a su ser. La ciencia pretende reducir la realidad a hechos. La filosofía niega que la realidad pueda ser amputada hasta el extremo de que sólo tengan que aceptarse los “hechos” (=fenómenos empíricos) como fuente de conocimiento. Para empezar eso haría imposible la ciencia misma, que se basa en las matemáticas y la lógica, fenómenos, como hemos visto, no empíricos.

La filosofía desborda a la ciencia precisamente porque la filosofía constata “lo que hay” sin hacer concesiones a dogmas o prejuicios (ideológicos, religiosos, políticos); la filosofía es un positivismo fenomenológico más radical que el mero positivismo científico autolimitado a los datos sensibles. La filosofía, para emplear la frase de Husserl, se atiene a “aquello que aparece”, sea como fuere. Caiga quien caiga. La ciencia positivista impone dogmáticamente la reducción de “lo real” a los hechos, es decir, a un sector concreto de fenómenos: los fenómenos empíricos. La filosofía se coloca en un terreno previo a la ciencia misma y abarca tanto los fenómenos empíricos como los fenómenos no empíricos. El campo fenoménico.

La filosofía es pues, en resumen, un diálogo argumentado donde los participantes no plantean meras opiniones, sino razones, pretensiones de validez. La primera característica de la filosofía es así el respeto al principio de fundamentación. Las razones, de alguna manera, nos coaccionan, porque reclaman acatamiento y fundan relaciones de autoridad. Los argumentos, en efecto, siempre los emite alguien, y ese “alguien” “tiene (o no tiene) razón”, hecho que le puede producir una satisfacción psicológica o la correspondiente frustración. Los griegos concebían los debates en el ágora como torneos dialécticos. Quienes salían derrotados en un diálogo experimentaban el tener razón del vencedor como una victoria particular de éste: “el chantaje de tus razones”. Sin embargo, conviene aclarar, siguiendo aquí a Sócrates, que el supuesto vencedor sólo puede “vencer” si él mismo se ha sometido a la verdad. Aquél que haya sido refutado en un debate puede hacer dos cosas: 1/ pretender que es el otro, es decir, el “alguien” que tiene razón, quien le coacciona de alguna manera; 2/ aceptar que la validez del razonamiento no sólo le vincula a él por haberse equivocado o razonado mal, sino que vincula a todo ser racional, incluido el presunto “vencedor” del supuesto torneo. La esclarecedora palabra “con-vencer” oculta, las más de las veces, que quien con-vence debe estar previamente “con-vencido” por la razón misma, la única “(con) vencedora” real del diálogo o debate filosófico en tanto que “búsqueda de la verdad”. Los primeros filósofos griegos se enfrentaron a los sofistas para demostrar que la finalidad del diálogo no era “tener razón” a cualquier precio, sino hallar la verdad por mor de la verdad misma.

Acatar la verdad

Dicho esto, hay que añadir que al alumno se le supone algo mucho más importante incluso que la “facultad de razonar” comentada recién, a saber, la disposición a aceptar la verdad cualquiera que ésta sea. ¿Qué queremos decir en realidad con este requisito ético, cuya importancia rebasa todo lo relativo a virtualidades intelectuales y saberes más o menos científicos exigidos en un currículo? La verdad no tiene por qué coincidir con aquello que nosotros deseamos o esperamos, con aquello que, por ejemplo, podría hacernos felices. La palabra “aceptar” es provisional y no da la medida del tipo de relación que nosotros establecemos con la verdad, pero, por el momento, nos bastará como caracterización previa.

Entramos en un bosque y nada sabemos de lo que hay dentro de ese bosque. Sin embargo, tenemos ya alguna noción del bosque. En los bosques anidan fieras, escóndense horrendas brujas, hay precipicios por los que podemos despeñarnos… La filosofía significa, en primer lugar, acatar existencialmente aquello que el bosque es. En el mencionado “es” late una reminiscencia, un recuerdo borroso, tal vez una pesadilla. Pero a nosotros no nos preocupa si la verdad va a beneficiarnos o perjudicarnos. Como Edipo, avanzamos hacia la verdad, de ahí que la filosofía pueda caracterizarse como una “sabiduría heroica”. Se requieren virtudes guerreras para la filosofía. La palabra “disciplina” referida a las distintas especialidades científicas remite a una disciplina fundamental, a saber, la filosofía como compromiso incondicional con la verdad. Este compromiso es también una “facultad” que todos tenemos, porque nadie, cuando argumenta en serio, puede pretender que miente. Cualquiera de nosotros, aunque se equivoque, supone que si actúa de una determinada manera es porque cree en la veracidad de su planteamiento, idea de la vida, creencia, doctrina o composición de lugar.

Nosotros “somos” siempre una determinada concepción de lo que hay y en función de la cual hacemos esto o aquello en la vida. Esta concepción es filosófica o va a parar, el último término, a cuestiones filosóficas que habremos resuelto más o menos honestamente pero que son consustanciales a nuestro ser. No hay vida al margen de la filosofía para un ser lingüístico que razona y en el que el razonar es una “facultad” esencial. El razonar y argumentar en el que siempre estamos entraña una pretensión de validez. Por tanto, el principio de acatamiento de la verdad ha sido aceptado por todos a pesar de que sean pocos quienes lleven este compromiso hasta sus últimas consecuencias.

Memorias de “lo ser”

La palabra “ser” constituye el centro del pensamiento de Heidegger. Tienen ustedes que captar este su rasgo fundamental, cuyo sentido se irá ampliando a medida que la travesía del bosque avance hacia el fatal destino (“destino” es otra palabra que emerge rauda a las primeras de cambio en cuanto se comienza a filosofar).

Para muchos comentaristas de Heidegger el Ser “no significa nada” y pone en evidencia la vaciedad del discurso de este filósofo. El Ser significaría a lo sumo, en el mejor de los casos, una abstracción inocua e inútil que incluye “todas las cosas”, ninguna y nada en el fondo; o el Ser significaría un ente supremo, otro nombre para la herrumbrosa palabra “dios” —sucedáneo religioso— en tiempos secularizados; o el Ser significaría una irrelevancia académica, un matiz rebuscado (“el ser no es el ente”) que Heidegger habría elevado a la categoría de ídolo conceptual a sabiendas de que ningún profano de la filosofía podrá fiscalizar jamás su genuino valor teórico porque la filosofía no es más que pura palabrería…

Les propongo que reconstruyamos el sentido de la palabra “ser”, vocablo que emplearé sin mayúsculas. En alemán todos los sustantivos se escriben con mayúsculas. Das Sein no puede en principio traducirse por Ser de la misma manera que das Haus no se traduce por “la Casa”, sino por “la casa”. Si se tradujera con mayúsculas, cosa que no descartamos, habría que explicar por qué y de momento nosotros nos conformaremos con traducir das Sein como cualquier otro sustantivo alemán, “el ser” en este caso, en masculino, a pesar de que das Sein es neutro en alemán (nosotros los castellanos no tenemos artículo neutro y “lo ser” supondría forzar demasiado la lengua de Cervantes). Pero cuando piensen en “el ser”, entiéndalo más bien como “lo ser” que como un “objeto” de “género masculino”, es decir, sexuado.

Pues bien, el ser, “lo ser” si se quiere, significa aquello que está ahí y que no se corresponde necesariamente con nuestra voluntad, deseo o gusto. Cuando nos comprometemos a aceptar la verdad sin condiciones, hemos evidenciado ya un fenómeno, a saber, que la verdad se fundamenta en el ser. Esto afirmado es inherente al ser de la verdad misma. Vean que no he añadido el ser a la verdad de manera gratuita, sino que el sentido de verdad comporta que “la verdad es lo que es y sólo eso”. La verdad se dirige a nosotros y únicamente a nosotros, pero no se nos somete, nosotros nos sometemos a ella. Ya tienen, pues, al ser. El ser de la verdad, por definición, apunta hacia un sentido puesto, pro-puesto, o-puesto, contra-puesto…, un sentido que nosotros no podemos elegir: estaba ya siempre ahí antes de cualquier decisión o inclinación o aspiración del “ego”.

Hay verdad porque hay ser, allà fuera “anida” “lo ser”… La verdad es “para nosotros”, pero el ser de la verdad en cuanto nuncio de “lo ser”, no. Y este “lo ser” no es un ente concreto, una cosa, sino un “afuera” radical, quizá inhóspito, que se nos presenta como sombra o anticipo de todos los entes posibles; éstos, en cuanto entes, están ahí en una exterioridad radical. El ser nos envía ya, en tales momentos, un mensaje inicial de precariedad, un cántico lejano a la par que extrañamente familiar, pues nos susurra de antemano, sin mostrarnos ningún “objeto” a la vista, que nuestra existencia está entregada a…, abierta a…, que somos transitivos, excéntricos; que dependemos de un campo fenoménico en total ajeno a nuestro control, de un fenómeno —la verdad— que escapa a una intimidad individualista pacificada, ordenada, arreglada en función de intereses. En definitiva, “lo ser” nos anuncia un acechante “no” al deseo de “felicidad” (entendido en un sentido amplio) y, en general, un “no” virtual, posible, a aquello que nosotros podemos querer, incluso como la más importante querencia de nuestro “yo” tan amado.

Este primer estrato semántico del término “lo ser” se irá completando más adelante con nuevas vetas de sentido fenoménico. Pero, por ahora, ya no puede sostenerse que “el Ser” en Heidegger redúzcase a una palabra vana. Cuando ustedes lean un texto de Heidegger, como poco “sabrán” que das Sein “significa” eso —aunque signifique también más que eso— y a buen seguro no se equivocarán.

“Ser” en Heidegger mienta el campo fenoménico en general y el fenómeno de la verdad en particular.

La filosofía como conversión

Estamos ahora, como digo, al inicio del curso, en la entrada de un bosque. Quizá la Selva Negra, en el sudoeste de Alemania. Penetraremos en ese lugar extraño para recorrer sus sendas perdidas. Si todo va como debe, cuando lleguemos al primer claro en los adentros ya no seremos los mismos, nos habremos convertido en mortales. Ahora somos humanes, o eso que se denomina “personas”: una suma de roles (máscaras) substanciadas en la figura del individuo. Productores, contribuyentes, consumidores, ciudadanos… eso somos como “yo” o “ego”. Pero dejaremos de serlo o, como poco, tal condición personal-individual óntica ya no resultará la determinante en nuestras vidas.

La filosofía no es una teoría más o menos abstracta sobre las cosas y los conceptos más generales o una visión del mundo basada en la yuxtaposición de saberes científicos. Ni una teoría del universo entendido como suma de todas las cosas existentes y hechos dispuestos extensivamente en el espacio o incluso una teoría sobre los orígenes y desarrollo del cosmos. Tampoco es una teoría de las ciencias en el sentido de una definición científica de la ciencia como tal. Todas estas caracterizaciones tienen un punto en común: su carácter teórico, que se opone a un presunto carácter práctico. La idea de filosofía como Weltanschauung parece que nos permitiría pasar de lo teórico a lo práctico: tenemos una visión del mundo y actuamos en función de esa idea, somos idealistas. Pero ninguna descripción de hechos, por muy genéricos que sean, autoriza concluir, a partir de ellos como tales, la validez de fines, normas o valores. El paso de la Weltanschauung a la acción es más dificultoso de lo que parece. El ser no se puede confundir con el mundo o el universo. El mundo o el universo no “contienen” todos los entes, porque, como hemos visto, hay entes y fenómenos que no son espaciales, cuando precisamente mundo/universo representan por lo común nociones espaciales. Ya se explicó que los entes matemáticos no ocupan ninguna posición en el espacio. Están fuera del universo, pero no del ser. El acto ético tiene, por sí mismo, un ser que no se corresponde con ninguna cosa, hecho u objeto mundano o cósmico. Mediante las nociones de cosmos, mundo y demás, creemos abarcarlo todo, pero nos quedamos cortos. Y lo peor, nos quedamos siempre muy lejos de la praxis, porque entre teoría y praxis el abismo no es cuantitativo ni cualitativo, sino ontológico. Así que no sólo hemos de trascender el universo/cosmos o mundo para ubicarnos en el plano la filosofía, sino que además tenemos que envolver la propia teoría en cuanto dicotomía sujeto/objeto y la relación científica de conocimiento; siendo así que la filosofía antecede y funda esta relación, de manera que no puede venir definida en sí misma por ningún conocimiento o saber positivo, científico o no.

La teoría concierne a lo que sabemos. La práctica concierne a lo que hacemos. Evidentemente, la filosofía comporta saberes (metafísica, lógica) y, a la postre, acciones (ética). Pero más importante que esta perogrullesca constatación es determinar la fuente de esos saberes y acciones éticos. Antes de entrar en el terreno de lo que sabemos o de lo que hacemos hay que detenerse en el de aquello que somos. De ahí que quepa sostener lo siguiente: cuando sabemos, primero, y hacemos, después (teoría/praxis) es que ya “somos”. En este sentido, la respuesta a la pregunta “¿qué es filosofía?” viene a ser categórica: la filosofía es una conversión espiritual en virtud de la cual dejamos de ser lo que aparentemente éramos (miembros de la society) y nos convertimos en aquello que realmente somos (miembros de la Volksgemeinschaft). Esta conversión se basa en las dos “facultades” de que todavía disponemos (aunque la society trabaja ya para aniquilarlas), a saber, la “facultad” de razonar libremente nuestra “visión del mundo” y la “facultad” de asumir el deber de fundamentar esa Weltanschauung, es decir, de acatar la verdad cualquiera que ésta sea. Llevadas hasta sus últimas consecuencias, ambas facultades, que nos definen como “lo que somos”, el “ser racional” al principio aludido, tienen que acabar transformando nuestro ser. El tránsito entre la situación de partida, donde sólo disponemos de dichas potencialidades, y la situación de llegada, en la cual, con la destrucción del “yo”, nos hemos constituido como entes depositarios de la verdad, es la filosofía. El camino se llama método. La palabra método significa, en griego, precisamente, camino. De ahí que háyase utilizado la metáfora de un bosque y nuestra tarea futura la ilustre el tránsito, la excursión, la marcha por ese bosque. No se trata, empero, como comprobaremos, de una imagen casual. El punto de llegada será, en cualquier caso, nuestra casa. Nosotros retornamos a casa, a la patria. Habíamos olvidado nuestra patria y ahora la recuperaremos, volveremos, por fin, a ser. Aquello que encontramos al final del camino tiene un nombre: nosotros mismos.

Jaume Farrerons
Universitat Popular La Marca Hispànica
8 de diciembre de 2013

NOTA: El presente texto es sólo un fragmento de la primera lección: “¿Qué es filosofía?” Continuará en Curso de Filosofía. Introducción a la Filosofía. Primera Lección. ¿Qué es filosofía? (2).

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