Crítica de “pintxoberrua”…contra Gustavo Bueno

http://www.pintxogorria.net/index.php/opinion/iritziak/232-carlos-balmaseda/1894-el-idealismo-filosofico-neofranquista-de-gustavo-bueno

…El 8 de mayo del año 2007, Carlos Balmaseda publicó en

pintxogorria un artículo titulado:

El idealismo filosófico neofranquista de Gustavo Bueno

 EUROPA89 opina que dada la ideología marxista que  se autoatribuye Carlos Balmaseda, este artículo puede considerarse una apologia del pensamiento y filosofia de Gustavo Bueno.
Carlos Balmaseda vs. Gustavo Bueno

Don Gustavo Bueno apoyó la política militarista y de supeditación a la oligarquía yanqui de los gobiernos de Aznar, … hizo escarnio de la II República Española y justificó histórica e ideológicamente la sanguinaria tiranía franquista, atacó a las asociaciones que buscan recuperar la Memoria Histórica y compensar a las víctimas del franquismo ….

Soy un ex-alumno del eximio filósofo ovetense Don Gustavo Bueno y un ex-seguidor de su sistema ideológico, bautizado pomposamente por el Maestro como “Materialismo Filosófico” a secas, como si fuera el único y exclusivo Materialismo que en el mundo ha sido. Confieso que en mis años jóvenes pensé que la filosofía de Bueno tenía un gran potencial revolucionario y emancipador, y que su obra insuflaba nueva vida al marxismo, corrigiendo y mejorando esta filosofía. ¡Cuán equivocado estaba! Tras la lectura atenta de los clásicos del marxismo y de otras filosofías alternativas (todas las cuales son despreciadas por la Escuela de Bueno o reinterpretadas de acuerdo con sus peculiares lentes deformadoras), pude despertar de mi sueño dogmático. La filosofía de Bueno no sólo es una radical tergiversación del marxismo, no sólo pone de cabeza a Marx para volver una vez más a Hegel (pero sin la sutileza dialéctica del filósofo alemán), sino que además ni siquiera puede calificarse como materialista, salvo que entendamos por “materialismo” algo completamente distinto y aun opuesto a lo que entienden y han entendido todos los filósofos y científicos de la historia mundial.

Como acertadamente señala Julián Iglesias en su ensayo El idealismo pre-dialéctico y reaccionario de Don Gustavo Bueno, ni siquiera puede considerarse que “el último Bueno” haya traicionado su anterior postura en asuntos de carácter político y social. La ontología, la epistemología y la antropología buenistas ofrecen la base o el fundamento filosófico para lo que algunos han caracterizado como el “giro de Bueno a la derecha”, pero que en realidad no es tal “giro” porque Bueno siempre se mantuvo en las mismas coordenadas ideológicas que actualmente defiende. Algunas muestras de la postura reaccionaria de Don Gustavo Bueno –bien conocidas por todos– son las siguientes: el apoyo a la política militarista y de supeditación a la oligarquía yanqui de los gobiernos de Aznar; los ataques e insultos viscerales contra las decenas de miles de ciudadanos que se manifestaron en contra de la orgía de sangre perpetrada por los halcones imperiales en Irak; la actitud de escarnio hacia la II República Española y la justificación histórica e ideológica de la sanguinaria tiranía franquista; los ataques brutales contra las asociaciones que buscan recuperar la Memoria Histórica y compensar y rehabilitar a las víctimas del franquismo; el intento de revitalizar el nacionalismo católico integrista mediante la propuesta de reforzar la tradicional moral católica –supuestamente “comunitarista”– como alternativa a la civilización anglosajona; la reinterpretación de la historia de España en términos de un supuesto “ortograma generador” o plan ideal del Imperio Español que civilizaba a los salvajes indígenas y que se ponía al “servicio” de éstos dotándoles de leyes y de una religión “universal” y “racionalista” (la católica); la justificación histórica de la Inquisición Española como supuesto “martillo racionalista de supersticiones y pseudociencias”; la caracterización de la España anterior a las Cortes de Cádiz como una “nación étnica” que se retrotraería a los godos; la vindicación del pretendido “ortograma generador” católico del antiguo Imperio Español como un plan que aún hoy puede servir para organizar el mundo; el desprecio hacia la democracia participativa y la apología de la plutocracia de mercado bajo la forma del “mercado pletórico”; los furibundos insultos contra todos los nacionalismos que no se identifiquen con el nacionalismo español más integrista; la defensa a ultranza de la confesionalidad católica de la educación pública y los ataques contra el laicismo; el desprecio por las culturas no occidentales y la reivindicación militarista del “choque de civilizaciones”; las invectivas fundamentalistas contra el matrimonio homosexual al considerar que pone en peligro a la propia civilización occidental; el rechazo de la extensión de derechos a los primates superiores al creer que existe una brecha o hiato insalvable entre éstos y los seres humanos (Bueno se revela así como un perfecto cartesiano pre-darwinista); los furibundos ataques contra el Plan de Paz propuesto por el Dr. Zapatero; la defensa draconiana e inflexible del valor de la “justicia” (dura lex, sed lex) por encima de los valores de la paz, la vida y la concordia, etc., etc.

El Idealismo Filosófico Buenista

En epistemología, la postura defendida por Bueno es muy semejante a la del constructivismo radical de Maturana, Von Foerster y Varela, para quienes la realidad misma es una construcción del sujeto. Maturana y Von Foerster parecen sostener que dicha construcción es un acto llevado a cabo de manera casi solipsista por una mente-cerebro, que crea así representaciones del mundo de las que no hay forma de saber si se corresponden o no con la realidad. Por su parte, Bueno, según una interpretación sumamente discutible de la postura de Marx, sostiene que el sujeto construye la realidad a través de sus acciones sobre el mundo, de la manipulación instrumental o “quirúrgica” de la realidad a través del “trabajo”, la actividad mediada por herramientas, que es además una actividad colectiva, de carácter social, llevada a cabo no por un sujeto aislado sino por múltiples sujetos integrados en una comunidad social. De este modo, Bueno pretende superar el idealismo trascendental y transformarlo en un materialismo trascendental, en el que los sujetos construyen colectivamente el mundo a través de sus actividades materiales, y al mismo tiempo se auto-construyen como sujetos en el despliegue mismo de sus acciones sobre el mundo; es más, el sujeto no sería sino el sistema de sus operaciones o acciones sobre la realidad material, operaciones a su vez co-determinadas por la de otros sujetos humanos, como no podía ser menos en un ser social. Esta tesis es muy compleja, pero, además de ser extremadamente abstrusa, es demasiado artificiosa para resultar convicente. También es muy discutible que fuese ésa exactamente la postura de Marx (desde luego, no fue la de Engels ni la de Lenin). Y sólo forzando al máximo los conceptos es posible llamarla “materialista”: más bien se trataría de un un constructivismo social.

Gustavo Bueno, para evitar la incómoda tesis (de raigambre idealista) de que los seres humanos construyen la realidad y el universo entero y de que no existe más realidad que la conocida o construida por el ser humano, propone la idea de una “Materia en Sentido ontológico-General”, o “Materia Trascendental” (MT), que se identificaría con el Ser o la Realidad en cuanto tal, y que se caracterizaría por la pura negatividad, indefinición e indeterminación; en consecuencia, la Materia Trascendental no puede ser agotada por el conocimiento humano. Sin embargo, las distintas segregaciones de dicha Materia Trascendental, las Materialidades Mundanas que son las que nosotros conocemos (tanto naturales como artificiales: los átomos, las nubes, los perros, las personas, los coches, las farolas, etc.), que son determinadas y positivas, sí son agotadas por el conocimiento humano, ya que es éste el que las construye. Dichas Materialidades Mundanas constituyen el Mundo, valga la redundancia. Por lo tanto, la actividad humana construye el Mundo, y no hay más Mundo que el construido (y, por tanto, conocido) por la actividad humana. Lo único existente que no ha sido construido por el conocimiento humano debe ser Materia Trascendental (infinita, indeterminada y puramente negativa), y cuando el ser humano descubre (es decir, construye) algo antes desconocido, se supone que ese algo se ha segregado de dicha Materia Trascendental y ha adquirido una determinación positiva (es decir, ha pasado a ser algo concreto y definido) gracias a la actividad humana. Por supuesto, dicha “segregación” sólo puede ser explicada mediante la esotérica y abstrusa filosofía de Bueno, con sus movimientos de “regressus” de la Conciencia Trascendental hacia la Materia Trascendental o Realidad, y de “progressus” desde ésta hasta las Materialidades Mundanas o Mundo mediante procesos de deducción trascendental. Ahora bien, la pregunta es: ¿cómo de algo indeterminado, indefinido y puramente negativo como es la Materia Trascendental pueden segregarse los objetos materiales, positivos y concretos (átomos, ADN, estrellas, animales, personas)? ¿Qué sentido tiene diferenciar entre Mundo y Realidad, afirmando que el Mundo es lo construido por el ser humano, lo determinado y positivo, mientras que la Realidad o Ser es lo absolutamente indeterminado y negativo, pero que en el fondo es el substrato mismo de aquel Mundo, del que éste acaba segregándose? ¿Qué sentido tiene la Materia Trascendental de Bueno, si no es el de resucitar los viejos horrores de la Metafísica, desde Aristóteles a Heidegger? ¿Qué sentido tiene todo este horrible galimatías buenista? La Materia Trascendental de Bueno es el Ser de Parménides, el Dios de Aristóteles, el Uno de Plotino, el Dios de Santo Tomás, el Espíritu Absoluto de Hegel, el Ser de Heidegger; es decir, una terrible confusión consistente en utilizar el verbo “ser” de manera sustantivada o pronominal: “el Ser”, en abstracto. La confusión, desde Parménides hasta Bueno (quien realmente no ha ido mucho más allá de Parménides en este aspecto) está en jugar con el lexema “el Ser” y considerarlo como un ser concreto, como la totalidad de los seres existentes en el mundo real despojados de sus determinaciones (“el Ser en tanto que Ser” o, en Bueno, la “Materia en tanto que Materia”, que es exactamente lo mismo).

En suma, la ontología de Bueno no es más que una Teología, y supone un intento –no desprovisto de cierto mérito– de reformular en términos modernos la tradicional tomística católica, maquillada bajo una capa de hegelianismo de derecha. Es evidente que a Don Gustavo le aprovechó sobremanera su rigurosa formación católica en las instituciones académicas del franquismo, y que nunca ha dejado de manifestar su reconocimiento intelectual hacia sus mentores nacional-católicos. La “Materia Trascendental” de la que habla Bueno se corresponde casi punto por punto con el Dios de Santo Tomás y de la Escolástica de la Santa Madre Iglesia. Por otro lado, la “doctrina de los tres géneros de materialidad” pretende superar el dualismo Naturaleza/Conciencia (que Bueno imputa incorrectamente al materialismo dialéctico marxista), proponiendo un “trialismo” Naturaleza/Conciencia/Ideas, en el que las ideas se suponen dotadas de existencia autónoma e independiente, igual que en el idealismo de Platón y de Plotino. Bueno sostiene que los tres “géneros de materialidad” –físico-naturales, subjetivos e ideales– son irreductibles entre sí y obedecen a leyes propias, aunque al final parece reducir los tres géneros de materialidad a uno solo: el de las Ideas o Esencias Universales, entre las cuales las Ideas de Dios y de Espíritu vuelven a ser rehabilitadas e introducidas con todos los honores… ¡Vaya una filosofía “materialista”!

Los desarrollos de la ciencia moderna no dejan ningún lugar para una Materia en Sentido ontológico-General o una Materia Trascendental, pura indeterminación y negatividad, como la propuesta por Bueno, igual que no dejan ningún lugar para el Dios de Santo Tomás y de la Escolástica católica (tan apreciada por don Gustavo). La Materia-Energía, base de toda la realidad existente, siempre es en sí misma positividad, determinación, y detectable –al menos en principio– e investigable por las ciencias empíricas. Bueno, al afirmar que la Idea de Materia se caracteriza por la negatividad pura, incurre en una gravísima contradicción, cuyo resultado es la destrucción de la ontología materialista y la adopción del más puro Idealismo (con mayúsculas). Pues entonces, si la Materia es pura negatividad, queda finalmente anulada al término de un proceso de “regressus trascendental” en el que la Idea de Materia –y también la materia mundana– pierde todas sus determinaciones.

La anterior contradicción invalida asimismo el constructivismo ontológico radical de Bueno, así como su Teoría del Cierre Categorial. La teoría de la ciencia de Bueno anula también al sujeto, al científico de “carne y hueso”, convertido en un mero cruce de variables físicas externas y totalmente exento de procesos mentales, e incurre en otra gravísima aporía al definir las verdades de la ciencia como “identidades sintéticas”, en la línea de los “juicios sintéticos a priori” de Kant, sin superar el embrollo en que se vio envuelto Kant. Considerar que las “identidades sintéticas” son construidas por la confluencia lógica de diversos “cursos operatorios”, es decir, diversos sistemas de acciones materiales ejercidas por los científicos y tecnólogos sobre el mundo, no consigue superar las aporías kantianas ni salir del círculo vicioso del idealismo trascendental, pues al final resulta que los científicos sólo conocen aquéllo que construyen, que es nada más ni nada menos que el propio mundo material. La Antropología Filosófica de Bueno se ve también fatalmente lastrada por su o­ntología anti-materialista y por su teoría de la ciencia anti-realista, y su eliminación del sujeto humano concreto de “carne y hueso” y de los procesos mentales da lugar a auténticos absurdos. Por ejemplo, la tesis central de El Animal Divino, “los animales no son númenes reales pero son realmente númenes”, es un absoluto disparate. Como Bueno rechaza postular procesos mentales de atribución de cualidades “numinosas” a los animales por parte de los hombres prehistóricos, concluye que tales cualidades numinosas debían estar realmente presentes en los animales. Incluso critica al marxismo y a todas las teorías antropológicas por no reconocer la “numinosidad animal”.

El Idealismo como fundamento de posiciones reaccionarias

La relación que la o­ntología anti-materialista y la gnoseología anti-realista de Bueno guardan con sus posiciones políticas reaccionarias puede no resultar evidente a primera vista, pero un análisis más detallado revela la íntima y profunda conexión entre ambas. Como hemos visto, para Bueno el mundo externo no tiene una existencia independiente del sujeto cognoscente, sino que es construído por éste. El mundo material es una construcción del ser humano, cuya actividad permite la segregación de materialidades concretas y positivas a partir de una realidad o substrato último que es la Materia Trascendental, definida como pura indeterminación y negatividad. Gustavo Bueno podría haber hablado perfectamente de “Dios”, en vez de “Materia Trascendental”, y su sistema filosófico seguiría siendo exactamente el mismo, sin variar ni un ápice. Por otro lado, Bueno rehabilita la idea de “Espíritu” en los mismos términos que el Idealismo Objetivo hegeliano, e incluso postula una “Conciencia Trascendental” que es la que llevaría a cabo el proceso de “regressus” desde las Materialidades Mundanas hasta la Materia Trascendental, y de “progressus” desde ésta hasta aquéllas… Podemos ver que es todo muy “materialista”.

Como señaló Lenin en su esbozo biográfico sobre Carlos Marx, “Marx rechazaba enérgicamente, no sólo el idealismo — vinculado siempre, de un modo u otro, a la religión –, sino también los puntos de vista de Hume y Kant, tan difundidos en nuestros días, es decir, el agnosticismo, el criticismo y el positivismo en sus diferentes formas; para Marx esta clase de filosofía era una concesión ‘reaccionaria’ al idealismo y, en el mejor de los casos, una ‘manera vergonzante de aceptar el materialismo bajo cuerda y renegar de él públicamente'”. Asimismo, Engels escribió en Ludwig Feuerbach: “El gran problema cardinal de toda filosofía, especialmente de la moderna, es el problema de la relación entre el pensar y el ser, entre el espíritu y la naturaleza [. . .]. ¿Qué está primero: el espíritu o la naturaleza? [. . .] Los filósofos se dividieron en dos grandes campos, según la contestación que diesen a esta pregunta. Los que afirmaban que el espíritu estaba antes que la naturaleza y que, por lo tanto, reconocían, en última instancia, una creación del mundo bajo una u otra forma [. . .], constituyeron el campo del idealismo. Los demás, los que reputaban la naturaleza como principio fundamental, adhirieron a distintas escuelas del materialismo”. La obra de Gustavo Bueno entra de lleno en la categoría de la Filosofía Idealista, puesto que para Bueno el Espíritu es el principio fundamental y anterior a la Naturaleza. De este modo, como buen idealista, Bueno se encuentra muy cerca de la religión: no es de extrañar, por lo tanto, su querencia por la escolástica tomista y su consideración de la religión católica como “racionalista” y “universalista”. Como vieron muy bien los clásicos del marxismo, el Idealismo Filosófico pone la realidad “patas arriba” y lleva a cabo una inversión especular del mundo, de tal manera que el espíritu humano es el que crea la realidad y, en consecuencia, la realidad social no es la que determina la conciencia (sea ésta subjetiva o inmanente, como en los empiristas británicos, u objetiva o trascendental, como en Kant, Hegel y Bueno), sino que la conciencia determina siempre y en todo momento la realidad social. Esta postura lleva a justificar cualquier sistema político y social existente por el mero hecho de ser un reflejo de la conciencia o del espíritu humanos, y niega o minimiza los condicionantes materiales del desarrollo histórico y social. Por ello, el Idealismo es una ideología al servicio del statu quo imperante en un determinado momento histórico y en unas concretas circunstancias políticas, y no es de extrañar que en la práctica haya defendido siempre la alianza del Trono y el Altar. El Idealismo Filosófico de Bueno no escapa, desde luego, a dicha condición ideológica.

Por otro lado, Bueno reconoce que el sujeto cognoscente no se encuentra aislado sino integrado en una comunidad social, cuya forma superior de organización es la del Imperio. En última instancia, el mundo mismo es una construcción histórica de los Imperios. Dicha concepción imperial de la Historia es profundamente idealista: la Historia se concibe como una lucha entre Estados con el fin de convertirse en Imperios Universales, dotados de unos supuestos “ortogramas”, entendidos como planes o proyectos ideales de dichos Estados, los cuales se enfrentan contra los ortogramas o proyectos ideales de otros Estados. Los ortogramas son una especie de entidades que existen en el Reino de las Ideas (aunque Bueno hable contradictoriamente de su presunto origen “material”, en las condiciones materiales de producción), que guían las estrategias económicas, políticas y militares y dan cuenta de las ideologías y cosmovisiones dominantes en los Estados e Imperios. Cada Estado e Imperio de la historia habrían contado con su respectivo ortograma, el cual se habría enfrentado dialécticamente a los ortogramas de otros Estados e Imperios. La hegemonía de un Estado o Imperio sobre otros radicaría, según esto, en la superioridad dialéctica y filosófica de su correspondiente ortograma, el cual envolvería, trituraría y superaría dialécticamente a los ortogramas competidores. Dicha superioridad filosófica de un ortograma se traduciría en la superioridad tecnológica, económica, política y, sobre todo, militar. Sin embargo, si en un momento determinado de la Historia existen dos o más Imperios enfrentados entre sí, en aparente igualdad de condiciones, no hay manera de saber a priori cuál posee el ortograma más potente. Hay que esperar a ver cuál es el Imperio ganador, el que vence y/o domina a los restantes Imperios y Estados, o el que tiene más posibilidades de conseguirlo, para concluir entonces en retrospectiva que el ortograma de ese Imperio es el más potente y el que se identifica con la Verdad y la Razón de una época histórica determinada. Los grandes filósofos serían aquéllos que expresan y sistematizan eficazmente las ideas del ortograma imperial dominante, la Verdad y la Razón consagradas por la victoria práctica (sobre todo a través de la hegemonía tecnológico-militar) de un ortograma determinado. En conclusión: hoy en día la Verdad y la Razón están de parte del Imperio Yanqui (aunque Bueno piensa que una revitalización del proyecto ideal del antiguo Imperio Español, y en concreto de la moral católica, podría permitir la superación de la hegemonía norteamericana).

En resumen: positivismo histórico, idealismo, relativismo y nihilismo son los rasgos que caracterizan la concepción imperial de la historia y de la razón defendida por Don Gustavo Bueno. ¡Si Carlos Marx levantara la cabeza!

Panfleto contra la Democracia

En su libro titulado Panfleto contra la democracia realmente existente, Bueno incurre en múltiples contradicciones y aporías, al igual que en el resto de su obra escrita. Por ejemplo, critica lo que denomina “fundamentalismo democrático”, como la creencia en que la democracia es la solución para todos los problemas, entendiendo la democracia como la existencia de elecciones libres y de distintos partidos que se presentan a aquéllas. A la vez, el propio Bueno es inconscientemente presa de ese mismo “fundamentalismo democrático” que denuncia, al dar una definición de “democracia” que se identifica esencialmente con la existencia de lo que denomina “mercado pletórico”, es decir, una sociedad de consumo en la que la ley de la oferta y la demanda se aplica igualmente a las ideologías y partidos políticos, los cuales ofrecen sus mercancías ideológicas para que el consumidor elija a su gusto en el “mercado pletórico de las ideas”. Bueno no dice prácticamente nada sobre la democracia participativa, a la que despacha apresuradamente en apenas unos párrafos como un “ideal utópico e irrealizable”. Sin embargo, la democracia participativa era el modelo político de la Convención Jacobina y de Robespierre, y también fue el de la Revolución Bolchevique de 1917. Bueno comete el error de identificar el modelo político de los jacobinos revolucionarios con el del Estado liberal burgués, y la “nación democrático-revolucionaria” jacobina con la “nación liberal burguesa”, englobando a ambas bajo el confuso concepto de “nación política”. La conclusión final del libro es que “sin mercado no hay democracia”. ¿Y para llegar a esta conclusión tan “brillante” –por cierto, totalmente contraria al análisis marxista y al republicanismo radical moderno–, ha tenido uno que tragarse todas las páginas de este ladrillo?

El Panfleto contra la democracia realmente existente se enmarca en el contexto del extravagante y fundamentalista revisionismo histórico representado por gentes como Pío Moa, César Vidal o Jiménez Losantos. De hecho, la última obra de Bueno puede considerarse como un intento de otorgar un fundamento filosófico a la obra de los revisionistas neofranquistas como Pío Moa. El Panfleto contra la democracia de Bueno pretende en última instancia tachar de “fundamentalistas democráticos” a quienes consideran que el golpe de estado fascista de 1936 fue un acto anti-constitucional contra un régimen parlamentario, democrático y absolutamente legítimo. Bueno rechaza los conceptos de “parlamentarismo”, “democracia” y “legitimidad”, sobre todo aplicados a la II República Española (la gran bestia negra de Bueno), con el fin de presentar como justa y legítima la rebelión militar y la instauración del régimen fascista de Franco. De esta manera, Bueno intenta convertirse en uno de los mayores ideólogos de la extrema derecha actual –y, por extensión, del PP–, ayudando a su “lavado de imagen” desde una filosofía pretendidamente materialista, objetiva y racionalista –pero, en realidad, profundamente idealista, metafísica, subjetivista e irracional. Ni siquiera su obra aparentemente más aséptica y científica –su o­ntología, su teoría de la ciencia, su antropología, etc.– escapa a esa pretensión última de revitalizar y legitimar la tiranía franquista y el actual proyecto del nacional-catolicismo español.

Zapatero y el Pensamiento Alicia

En Zapatero y el Pensamiento Alicia, Bueno se convierte en un vulgar panfletario político neocon. Aun cuando Bueno pueda tener razón al señalar el simplismo de la filosofía de Zapatero, lo cierto es que al final no critica lo más criticable del PSOE, es decir, aquello en lo que coincide punto por punto con el PP y con los intereses del Gran Capital europeo y norteamericano. E incluso pasa de puntillas sobre la obvia contradicción existente entre las declaraciones ideológicas explícitas del PSOE y su actuación real: a Bueno no le preocupa en absoluto esta actuación, sino sólo que no se corresponda con las manifestaciones públicas de los dirigentes del PSOE. Así, Bueno está totalmente de acuerdo con el envío de tropas a Afganistán y con la política neoliberal del PSOE: lo único que Bueno critica es el discurso público del PSOE intentando camuflar dichas actuaciones. Por otro lado, se une al discurso paranoide y apocalíptico de Jiménez Losantos y de la COPE sobre el supuesto proyecto de “destrucción de España”. Lo único que Bueno critica con contundencia es precisamente lo poco salvable (aun con matizaciones) del pensamiento de Zapatero: el reconocimiento de plenos derechos a las personas homosexuales, la extensión de derechos a nuestros primos hermanos los primates superiores (algo que la propia Teoría de la Evolución de Darwin reclama y exige), las declaraciones de carácter pacifista (aunque Bueno critica con acierto la hipocresía del PSOE al criticar la guerra de Irak y a mismo tiempo enviar tropas a Afganistán y convertir al suelo español en una gran base para el ejército americano), la (muy tímida) defensa del laicismo en la escuela, y la acertadísima idea de la “alianza de civilizaciones” (aunque luego ésta se quede en papel mojado y en una mera declaración retórica).

Es decir, lo que hace Bueno, ante el enfrentamiento entre los dos grandes bloques de la oligarquía financiera y terrateniente española, representados políticamente por el PP y el PSOE, es tomar partido por uno de ellos, el del PP y los grandes monopolios norteamericanos: en sus últimos libros, Bueno señala que es necesario “tomar partido” y apunta (a veces con una ambigüedad sibilina) que es necesario hacerlo por quien detenta el máximo poder, pues de los contrario se caería en un “idealismo pueril” propio de desadaptados. Esto no es más que un signo claro de oportunismo y de arribismo. La máquina mediática del poder oligárquico atiza la división entre los dos grandes sectores oligárquicos, propagando la idea de que hay que estar o con uno o con otro, y de que no cabe ninguna alternativa a los mismos. O con el PP o con el PRISOE: fuera de ellos no existe nada, y quien ataque a los dos por igual se arriesga a la “muerte social”, a la marginación y a convertirse en un paria absoluto. El poder oligárquico pretende que fuera del PP y del PRISOE sólo exista el infierno y la soledad más trágica.

Pero hay personas que prefieren transitar y vivir en ese infierno a demostrar la escasa dignidad ética e intelectual de Don Gustavo y de otros como él, situados tanto en la “derecha” como en la “izquierda” del Régimen.

http://www.pintxogorria.net/index.php

http://nodulo.org/ec/2010/n100p02.htm
http://www.elrevolucionario.org/rev.php?articulo1096

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Una respuesta a Crítica de “pintxoberrua”…contra Gustavo Bueno

  1. Ni te conozco ni conocí al señor bueno, pero creo sobre tu critica que no as entendido nada por tanto un analfabeto.

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