A favor de la pena de muerte

A favor de la pena de muerte
La Tradición de la Iglesia es clarísima; el estado tiene el derecho, si lo estima oportuno, de dar muerte a los criminales, que tras un juicio justo, son declarados culpables de ciertos crímenes gravísimos que ponen en peligro la convivencia pacífica del pueblo. La doctrina y la Historia no dejan resquicio para la duda; la Iglesia Católica, a lo largo de casi 2000 años, ha respaldado, en la teoría y en la práctica, la pena capital. Sin embargo, hoy en día muchos prelados hablan de la pena capital como si fuera una violación de los derechos humanos, y tristemente la gran mayoría de católicos se ha unido al movimiento abolicionista que abandera la progresía. Los “teólogos” del buenismo liberal nos dicen que la pena de muerte es cruel e innecesaria, y que ningún católico puede estar de acuerdo con ese barbarismo, propio de tiempos más primitivos. Es decir, como buenos modernistas nos quieren hacer creer que lo que antes estaba bien ahora está mal.
En la primera parte de este artículo quiero examinar en qué nos basamos los católicos para afirmar que es lícito que el estado de una nación ejecute a los criminales más sangrientos. En la segunda parte propongo refutar los argumentos de los abolicionistas, y en la tercera buscaré respuestas a por qué en este tema la Iglesia Católica ahora se posiciona al lado de los enemigos de Jesucristo, y qué ha ocurrido para provocar este giro de 180 grados.
La Iglesia Católica siempre ha defendido sin titubeos la pena capital para los crímenes más graves, apoyándose en las Sagradas Escrituras, la doctrina de los Padres de la Iglesia, la obra de los grandes teólogos y su propio Magisterio. Primero, veamos brevemente lo que dicen las Escrituras respecto a la pena de muerte.

En el Antiguo Testamento la Ley Mosaica nombra hasta 36 delitos penados con la muerte, incluyendo la blasfemia, el incesto, la sodomía, la falta de respeto hacía los padres, y trabajar el sábado. Evidentemente desde la muerte redentora de Cristo muchos de estos pecados ya no deben conllevar la pena máxima, porque la Ley Evangélica es un yugo más ligero, y tenemos el ejemplo de Jesucristo mismo que perdona a la adúltera. Sin embargo, no se puede decir en absoluto, como argumentan muchos católicos liberales, que con la Nueva Alianza la pena capital queda obsoleta. Se reserva para crímenes especialmente aborrecibles, en particular el asesinato.
Leemos que, mucho antes de la Ley de Moisés, cuando Noé sale del Arca, Dios hace una alianza con toda la Humanidad, diciendo: “Nunca más maldeciré la tierra por causa del hombre, pues veo que sus pensamientos están inclinados al mal ya desde la infancia. Nunca más volveré a castigar a todo ser viviente como acabo de hacerlo.” (Genesis 8:21) En el siguiente capítulo aparece la contrapartida de esta promesa; que se dé muerte a los que vierten la sangre de los inocentes. “Quien derrame sangre del hombre, su sangre será también derramada por el hombre, porque Dios creó al hombre a imagen suya.” (Genesis 9:6) Por lo tanto, ya en el Antiguo Testamento la pena capital se aplica sobre todo para el asesinato.
En el Nuevo Testamento no hay mucho sobre la pena capital, quizá porque en su tiempo no era ni siquiera una cuestión polémica y sus autores daban por hecho su licitud. Lo más explícito es lo que escribe San Pablo en su Carta a los Romanos: “Porque la autoridad es un instrumento de Dios para tu bien. Pero teme si haces el mal, pues no en vano lleva espada: es un servidor de Dios para hacer justicia y castigar al que obra mal.” (Romanos 13:4) [1] Aparte de esta cita de San Pablo, de los textos del Nuevo Testamento podemos inferir que el Señor de ninguna manera se opone a la pena capital, sino que la aprueba. No podía ser de otra manera, ya que Él es el mismo autor de las leyes de la Antigua Alianza; por eso dijo que “no [había] venido para abolir la Ley.” En el Sermón del Monte el Señor cita con aprobación el Cuarto Mandamiento, con la dura sentencia: “El que maldice a su padre o a su madre, será condenado a muerte“. (Éxodo 21:17) En ningún momento el Señor disputa la autoridad de Pilato para condenarlo a muerte, dado que “viene de lo alto“, y cuando el Buen Ladrón reconoce que su sentencia de muerte es el justo castigo por sus pecados, el Señor le contesta: “hoy estarás conmigo en el Paraíso.” (Lucas 21:41) Como conclusión, no hay absolutamente ningún pasaje en las Sagradas Escrituras que reprueba la pena de muerte, y sí hay muchos que la justifican.

La opinión de los Padres de la Iglesia es unánimamente a favor de la pena capital. San Agustín respondió en La Ciudad de Dios a los que en su día argumentaban que el Quinto Mandamiento “no matarás” invalidaba la pena de muerte, ya que este mandamiento tiene excepciones, como una guerra justa y la ejecución de criminales. San Agustín explicó:
el agente que ejecuta la sentencia no comete homicidio; es tan solo un instrumento, como una espada en la mano, y por tanto de ninguna manera es contrario al Mandamiento “no matarás” luchar en una guerra justa o que los representantes de la autoridad pública den muerte a criminales.
San Ambrosio pidió que los clérigos no actuasen como verdugos, pero se mostró claramente a favor de la pena de muerte. San Basilio expresó horror ante el derramamiento de sangre que causaban las guerras imperiales de su época, hasta el extremo de pronunciar una pena de excomunión de tres años para los cristianos que hubieran luchado en el ejército. San Martín de Tours, que en el momento de su conversión era soldado imperial, era tan consciente de la contradicción entre el cristianismo y las guerras de su época que solicitó su licencia del ejército para poder bautizarse. Hay que puntualizar que en la era patrística aún no estaba consolidada la doctrina sobre la guerra justa; en relativamente poco tiempo el cristianismo pasó de ser perseguida por el Imperio a ser la religión oficial del mismo, y es comprensible la poca estima que tenían muchos cristianos por el Imperio como entidad política, el mismo Imperio que había ejecutado a Nuestro Señor y a tantos miles de mártires, por el mero hecho de ser cristianos. En todo caso, nos debería hacer reflexionar que que ninguno de los Padres de la Iglesia, con el martirio de incontables cristianos bajo los emperadores paganos de Roma aún fresco en su memoria, predicó en contra de la pena capital. [2]
Durante la Edad Media, con el auge de la Cristiandad, la pena capital nunca fue cuestionada por los teólogos y doctores de la Iglesia. El Doctor Angélico, Santo Tomás de Aquino, estaba claramente a favor de la pena de muerte, como demuestra este pasaje de su Summa Theologica:
Todo poder correctivo y sancionario proviene de Dios, quien lo delega a la sociedad de hombres; por lo cual el poder público está facultado como representante divino, para imponer toda clase de sanciones jurídicas debidamente instituidas con el objeto de defender la salud de la sociedad. De la misma manera que es conveniente y lícito amputar un miembro putrefacto para salvar la salud del resto del cuerpo, de la misma manera lo es también eliminar al criminal pervertido mediante la pena de muerte para salvar al resto de la sociedad.
También en la Era Moderna era firme partidario de la pena de muerte el gran “Doctor de la Moral”, San Alfonso María de Ligorio. En su opus magnum, la célebre Theologia Moralis, que hasta hace poco era obligatorio en la formación de los seminaristas de todo el mundo, tratando el Quinto Mandamiento, dijo lo siguiente:
DUDA II: si, y en qué manera, es lícito matar a un malhechor.
Más allá de la legítima defensa, nadie excepto la autoridad pública puede hacerlo lícitamente, y en este caso sólo si se ha respetado el orden de la ley…
A la autoridad pública se ha dado la potestad de matar a los malhechores, no injustamente, dado que es necesario para la defensa del bien común… Pecan los que matan, no por celo de justicia, sino por odio o por venganza personal.

En su libro Instrucciones para el pueblo, una versión simplificada de su Theologia Moralis, San Alfonso fue más allá, y afirmó no sólo la licitud de ejecutar a los criminales, sino la grave obligación de hacerlo:
Es lícito que un hombre sea ejecutado por las autoridades públicas. Hasta es un deber de los príncipes y jueces condenar a la muerte a los que lo merecen, y es el deber de los oficiales de justicia ejecutar la sentencia; es Dios mismo que quiere que sean castigados.
Si hiciera falta alguna prueba más de la licitud de la pena de muerte, en más de una ocasión el Papa se ha pronunciado sobre la cuestión, como por ejemplo Inocencio III (1198-1216), que ante los herejes valdenses declaró:
El poder secular puede sin caer en pecado mortal aplicar la pena de muerte, con tal que proceda en la imposición de la pena sin odio y con juicio, no negligentemente pero con la solicitud debida.
San Pío V no vaciló en proponer la pena de muerte como solución al escándalo de homosexualidad y efebofilia entre el clero que en el siglo XVI sacudía la Iglesia. [3] En Horrendum illud scelus de 1568 el Papa santo fue así de contundente:
Por lo tanto, el deseo de seguir con mayor rigor que hemos ejercido desde el comienzo de nuestro pontificado, se establece que cualquier sacerdote o miembro del clero, tanto secular como regular, que cometa un crimen tan execrable, por la fuerza de la presente ley sea privado de todo privilegio clerical, de todo puesto, dignidad y beneficio eclesiástico, y habiendo sido degradado por un juez eclesiástico, que sea entregado inmediatamente a la autoridad secular para que sea muerto, según lo dispuesto por la ley como el castigo adecuado para los laicos que están hundidos en ese abismo.

A los católicos liberales del siglo XX que protestaban contra la pena de muerte en los países católicos, argumentando que suponía una violación del derecho a la vida, Pío XII dijo estas palabras aclaratorias:
Incluso en el caso de la pena de muerte el Estado no dispone del derecho del individuo a la vida. Más bien la autoridad pública se limita a privar al delincuente de la vida en expiación por su culpabilidad, después de que él mismo, con su crimen, se ha privado del derecho a la vida.
Para terminar este resumen de la doctrina tradicional acerca de la pena de muerte, sólo faltaría echar un vistazo a los catecismos autorizados por Roma (anteriores al Concilio Vaticano II, por supuesto). Por no cansar al lector, sólo consideraré dos. Primero, el Catecismo del Concilio de Trento, que dice lo siguiente:
Otra forma de matar lícitamente pertenece a las autoridades civiles, a las que se confía el poder de la vida y de la muerte, mediante la aplicación legal y ordenada del castigo de los culpables y la protección de los inocentes. El uso justo de este poder, lejos de ser un crimen de asesinato, es un acto de obediencia suprema al Mandamiento que prohíbe el asesinato.
El segundo es el Catecismo de San Pío X de 1908. A la pregunta: “¿Hay casos en los que sea lícito matar?” responde:
Es lícito matar cuando se lucha en una guerra justa; cuando se ejecuta una sentencia de muerte por orden de la autoridad suprema; y finalmente, en casos de necesaria y legítima defensa de la propia vida contra un agresor injusto.
La práctica sigue la teoría en relación a la pena capital. Esto es evidentísimo si consideramos la Historia de la Cristiandad y los estados católicos en la Era Moderna. Todos los reinos católicos, sin excepción, han dado muerte a los asesinos convictos, con el beneplácito del Episcopado y de Roma. Reyes que ahora son santos canonizados, como San Luis de Francia o San Fernando de Castilla, sancionaron en buena conciencia la pena de muerte. Tanto es así que hasta el propio Estado del Vaticano, en su Pacto de Letrán de 1929 entre Pío XI y Mussolini, estipulaba la pena de muerte para cualquiera que atentara contra la vida del Papa. Dicho castigo se mantuvo hasta que en 1969 Pablo VI, de infeliz memoria, tuvo a bien abolirlo para “adaptar” las leyes de la Iglesia al mundo moderno. Afortunadamente, durante ese periodo no se produjo ningún atentado contra el Papa, pero si el turco Ali Agca hubiera disparado contra Juan Pablo II tan sólo 13 años antes, el Vaticano, en aplicación de su propio código penal, lo hubiera ejecutado.
Espero haber demostrado que tanto las Sagradas Escrituras, como la Tradición y la Historia de la Iglesia se decantan de manera abrumadora a favor de la licitud de la pena de muerte.
NOTAS
[1] Muchas traducciones modernas cambian el sentido de esta advertencia de San Pablo, que tradicionalmente se ha entendido como un respaldo a la pena de muerte, quitando la palabra “espada”. En la versión “Pueblo de Dios”, por ejemplo pone: “porque ella no ejerce en vano su poder“. Es un buen ejemplo de cómo los prejuicios liberales de algunos biblistas les llevan a adulterar la Palabra de Dios. En la Vulgata de San Jerónimo pone claramente: “non enim sine causa gladium portat.”
[2] Evidentemente, las ejecuciones de los mártires cristianos fueron ilícitas, porque no eran culpables de ningún delito real. Cuando la ley civil es contraria a la Ley Divina, como enseñan los doctores de la Iglesia, no es verdaderamente ley.
[3] ¡Qué pena que hoy en día, en lugar de ejecutar a los curas desviados, se les promocione!
14 Respuestas a A favor de la pena de muerte (I)
1.
Martin EllinghamResponder
4 noviembre, 2013 a las 15:01
P.S.: recomiendo lea las obras de E. Silva de Castro y David Nuñez sobre la pena de muerte y la doctrina católica.
2.
Martin EllinghamResponder
4 noviembre, 2013 a las 15:05
No salió mi primer comentario.
“La Tradición de la Iglesia es clarísima; el estado tiene no sólo el derecho, sino la obligación de dar muerte a los criminales, que tras un juicio justo, son declarados culpables de ciertos crímenes gravísimos que ponen en peligro la convivencia pacífica del pueblo.”
No es una formulación correcta de la doctrina católica. El Estado tiene la obligación jurídico-natural de penar a los criminales, con una pena justa, i.e. proporcionada a la gravedad del delito. La decisión de usar o no la pena capital depende de una decisión prudencial de cada Estado. Las circunstancias políticas determinarán si ha de aplicarse pena capital u otra pena como la reclusión perpetua.
No es correcto atribuir la tesis tal como está formulada a la Tradición de la Iglesia. La Tradición dice que es legítima en sí misma. No indica que sea obligatoria siempre y en toda circunstancia. Y siempre deja librado el juicio de oportunidad a cada Estado.
Saludos.

Christopher FlemingResponder
4 noviembre, 2013 a las 15:20
Gracias por la puntualización. Tiene usted razón. La frase que cita no es del todo correcta, porque da por hecho que el estado es mínimamente ordenado hacía el bien común y las leyes divinas, lo cual no es el caso en España actualmente, por ejemplo. Estaba pensando en los países católicos de antaño, pero tenía que haberlo precisado.
En el caso de que el estado haya dado la espalda a Dios, como en la mayoría de estados occidentales, o que la religión oficial sea el Islam, o que el sistema de Justicia esté totalmente corrupto, no es prudente abogar a favor de la pena de muerte, ya que el estado la usará EN CONTRA de los ciudadanos de bien.
Esto es algo que consideraré en la segunda parte de este artículo. Aprecio mucho sus comentarios, y echaré un vistazo a las referencias que me ha dado.
Que el Señor le bendiga.

Christopher FlemingResponder
5 noviembre, 2013 a las 11:47
El artículo queda corregido.
3.
Martin EllinghamResponder
4 noviembre, 2013 a las 15:10
Otro trabajo serio es del P. Zalba:
http://es.scribd.com/doc/140822907/Zalba-Pena-de-Muerte
4.
Miguel Ángel Rafael Dapueto de FerrariResponder
7 noviembre, 2013 a las 17:52
Cuando tenía 17 años y hablaba por boca de ganso, estaba en contra de la pena de muerte;pero cuando me puse a estudiar el tema científica y filosóficamente al entrar a la Universidad del Salvador, comprendí que no podía estar en contra de la pena de muerte, a menos que estuviera en contra de todo tipo de penas impuestas por el hombre.
5.
JoséResponder
8 noviembre, 2013 a las 18:12
Cuando el buen ladrón reprende al mal ladrón diciéndole que ellos sí merecían su castigo pero Él no, Cristo calla, es cuando le pide ha cristo que le lleve al cielo con Él, cuando cristo le contesta eso de que “hoy estarás conmigo en el Paraíso” (pedíd y se os dará).
El que está a favor de la pena de muerte no es Cristo sino el ladrón.
6.
AzaharResponder
9 noviembre, 2013 a las 11:12
Hay delitos que merecen el mayor castigo. Los de terrorismo, por ejemplo. Si se hubiera aplicado una pena de muerte, ahora no estarían en libertad algunos terroristas por motivo de decisiones judiciales cambiantes, paseándose tan tranquilamente por delante de viudas e hijos de sus víctimas asesinadas.
Por otra parte, pienso que una cadena perpetua, en duras condiciones, pero duras, pudriéndose, también podría ser un medio eficaz, de esta manera se salvaba el concepto de decidir sobre la vida o muerte de otros.
Lo que no acabo de entender es ese problema moral que tienen algunos sobre la pena de muerte a un criminal y, al mismo tiempo, defienden el derecho al aborto. Cuando es una pena de muerte y aplicada a un ser inocente.
A ver la segunda parte del artículo. Porque es cierto que es peligroso abogar por una condena máxima en un sistema liberal-relativista, en el que pueden ser condenados los que defienden la verdad frente a la locura impuesta.
7.
JoséResponder
9 noviembre, 2013 a las 12:59
Cristo no vino al mundo a juzgarnos; ni a condenarnos, ni a absolvernos, vino a redimirnos de nuestros pecados y esto es lo que los católicos deberíamos buscar a la hora de imponer una pena. La pena de muerte le sirvió al buen ladrón para arrepentirse de sus pecados pero al mal ladrón no. Nadie debería salir de la cárcel sin un sincero arrepentimiento y es evidente que los etarras no lo están (más bien todo lo contrario), ¿para que les ha servido la cárcel?. Está claro que algo falla en el sistema penitenciario Español…

Antonio SánchezResponder
9 noviembre, 2013 a las 16:11
“Et iterum venturus est cum gloria, iudicare vivos et mortuos, cuius regni non erit finis.”
No podemos hablar solo de Cristo Misericordioso, El también es perfecto Juez, y habremos de someternos a juicio particular ante El en el instante justo de nuestra muerte terrenal. Luego está el Juicio del día final.
Hay que profesar la fe ÍNTEGRAMENTE.
También dice el Señor que El no ha venido a juzgar, sino que el que no cree en El, ya está juzgado. Numerosos son los pasajes en el Evangelio en el que Cristo habla de su divina justicia: mas les vale colgarse una piedra de molino al cuello, al que mas se le dio mas se le exigirá, etc…
Mas sobre juicio y condena, doctrina católica que creemos:
http://tradiciondigital.es/2013/11/08/dies-irae-2/
8.
AzaharResponder
9 noviembre, 2013 a las 13:55
Por supuesto, el sistema penitenciario falla.
Acaba por proteger al delincuente, resultando ser la víctima cuando es culpable. Tienen a su disposición un sistema de vida, sí, sí, un sistema de vida que les hace plácida la estancia en prisión. Comen mejor que en cualquier academia militar, por ejemplo.
Lo del arrepentimiento, perdón, pero no me lo creo. Eso de pedir a los terroristas que se arrepientan ¿de qué sirve?. Pongamos que se arrepienten ¿qué? ¿les dejamos en la calle? Pues no, que pague, que pague por su crimen.
A mí que no me vengan con que la sociedad ha convertido a no sé quién en no sé qué; porque no.
Los terroristas en la cárcel tienen un régimen especial. Incluso se les ha llegado a facilitar elementos de celebración para festejar crímenes de sus paisanos. Y, por supuesto, que nadie les mire mal.
Que manifieste algún funcionario de prisiones lo que cuesta ejercer su trabajo en cárceles de alta seguridad de etarras. Y el riesgo al que están expuestos. Que se lo digan a José Antonio Ortega Lara, funcionario de la prisión de Logroño que fue secuestrado por la eta.
¿Qué se hace ante situaciones de este tipo?
9.
AzaharResponder
9 noviembre, 2013 a las 14:25
Además, fijémonos en la actuación de otros países europeos contra el terrorismo. Ni pena de muerte les aplicaron. Eso sí, luego son promotores de los derechos humanos y contrarios a la pena de muerte.
1.- La banda terrorista Baader-Meinhof, en Alemania. Curiosamente, sus líderes suicidados en prisión.
2.- Terroristas del IRA abatidos a tiros por agentes británicos en Gibraltar. Les estuvieron persiguiendo y no actuaron hasta no estar en territorio británico.
10.
CiuredhalResponder
9 noviembre, 2013 a las 21:54
Lo de “los-países-de-nuestro-entonno” sólo sirve para progresar adecuadamente en el relativismo global.
Lo del sistema penitenciario y el terrorismo es algo que no tiene nombre.
Tras dejar claro en la primera parte de este artículo que la licitud de la pena de muerte es refrendada por las Sagradas Escrituras, por la doctrina de los Padres y los doctores de la Iglesia, por el Magisterio de los Papas, y por la práctica más que milenaria en la Cristiandad y los Estados Católicos, en esta segunda parte propongo exponer y refutar algunos argumentos en contra de la pena de muerte. Finalmente, en la tercera y última parte, examinaré el giro de 180 grados que ha dado la Iglesia Católica en su posición en esta materia.

Primer argumento abolicionista: La pena de muerte es inhumana porque pone al Estado al mismo nivel que un asesino. Nadie tiene derecho a matar.
Respuesta: No es lo mismo ejecutar a un criminal sangriento tras un juicio justo, que asesinar a una persona inocente. Todos tenemos un sentido inherente de justicia, porque Dios ha inscrito Su Ley en cada corazón humano. Por ello sabemos que cada uno debe recibir lo que se merece. Algunos criminales se merecen la muerte, mientras nadie podría decir lo mismo, por ejemplo, de un niño que es brutalmente asesinado. Sin embargo, los abolicionistas suelen cerrar los ojos ante esta obviedad y olvidar la diferencia esencial entre los asesinos y sus víctimas. El Estado debe ejecutar a los criminales, no por sed de venganza, sino por hacer justicia; es decir, dar a cada uno lo que se merece.
Segundo argumento abolicionista: La pena de muerte es cruel, porque priva al individuo de la posibilidad de rehabilitación.
Respuesta: El derecho a la rehabilitación, si es que existe realmente, no es un derecho absoluto, sino que tendrá que conjugarse con otros imperativos. Lamentablemente hoy en día en muchos países occidentales (incluyendo España) la rehabilitación de los delincuentes se ha convertido en el fin primario del sistema penal. Esto es una aberración, porque invierte la jerarquía de fines de la Justicia. La primera consideración de la Justicia debe ser dar a cada uno lo suyo; a las víctimas hay que darles retribución acorde a su pérdida, y a los criminales hay que darles castigo acorde a su crimen. Además, se debe hacer todo a la luz pública, para que los ciudadanos vean que el crimen recibe su justo castigo, y así disuadir a cualquiera de cometer actos delictivos. La Justicia también debe velar por el orden público. No pueden dejar sueltas a personas que suponen un peligro para la sociedad. Sólo después de estas consideraciones se puede tener en cuenta una posible rehabilitación del delincuente.
Los irreligiosos hablan mucho de la rehabilitación del delincuente, pero nada les importa su alma. Cuando un asesino convicto tiene que enfrentarse a la muerte por ejecución, si es acompañado por un sacerdote y se arrepiente de sus pecados, tiene casi garantizada la salvación de su alma, a la manera del Buen Ladrón; mientras el que se pudre año tras año en la cárcel probablemente endurecerá su corazón, dejando el arrepentimiento para un “más adelante” que nunca llega. El periodista Vittorio Messori habla de esto en su libro, Leyendas Negras de la Iglesia Católica, y cita un proverbio: De cien ahorcados, uno condenado. Messori también cita a Santo Tomás de Aquino, quien enseña que la pena de muerte puede obrar en beneficio del criminal:
La muerte que se inflige como pena por los delitos realizados, levanta completamente el castigo por los mismos en la otra vida. La muerte natural, en cambio, no lo hace.
Tercer argumento abolicionista: Ahora sabemos que la vida humana es sagrada porque es de Dios, por lo que nadie, ni siquiera el Estado, tiene potestad para quitarla.
Respuesta: Este argumento típico de los católicos liberales parte de una premisa anti-católica que hay que desenmascarar. Es la idea del Progreso, en el sentido evolucionista hegeliano. Para los liberales todo está en continuo progreso; de esta manera lo que antes se decía que estaba bien, ahora se puede decir que está mal, y vice-versa. Todo lo que leemos sobre la pena de muerte en las Escrituras, todo lo que enseñaron los Padres de la Iglesia, para los liberales queda superado, porque según ellos la Humanidad ha entrado en un nivel superior de conciencia. Para ellos no existen unas verdades inmutables, ni una moral objetiva; todo depende de las circunstancias. Pero si aplicamos sus teorías a la exégesis bíblica, llegamos a conclusiones que sólo se pueden calificar de blasfemas. ¿Cómo pudo Dios declarar a la Humanidad por medio de Noé que se diera muerte a los que vierten sangre inocente, si ahora resulta que esto es un crimen contra los Derechos Humanos? ¿No fue precisamente porque las personas estaban hechas “a imagen de Dios” que el asesinato conllevaba un castigo tan severo? [1]
La noción del “derecho inviolable a la vida” es algo que usan los liberales para argumentar en contra de la pena capital. Las palabras de Pio XII, que cité en la primera parte del artículo, dan respuesta a esta objeción:
Incluso en el caso de la pena de muerte el Estado no dispone del derecho del individuo a la vida. Más bien la autoridad pública se limita a privar al delincuente de la vida en expiación por su culpabilidad, después de que él mismo, con su crimen, se ha privado del derecho a la vida.

Cuarto argumento abolicionista: La pena de muerte es inútil, porque no disuade a los criminales. La mayoría de asesinatos se cometen en arrebatos de ira, cuando el individuo no es capaz de pensar en las consecuencias de sus actos.
Respuesta: Lo primero que hay que decir es que los datos no son concluyentes. Es muy difícil establecer el efecto disuasorio que tiene la pena de muerte, porque hay muchísimos variables, y no se pueden comparar países o épocas distintos. Se han realizado muchos estudios; algunos parecen demostrar que sí funciona el efecto disuasorio, y otros no. Pero aunque se pudiera demostrar definitivamente (cosa que dudo) que la pena de muerte no tiene efecto disuasorio alguno, no sería un argumento irrebatible en contra de su uso, porque aparte de disuadir a los delincuentes de cometer sus fechorías, la pena de muerte tiene el fin principal de hacer justicia; dar a cada uno lo que se merece.
Es verdad que muchos asesinatos se cometen en un estado de ira incontrolable, y es verdad que hay personas que sufren momentos de enajenación transitoria y por tanto no son dueños de sus actos. Todo esto se tiene que evaluar en un juicio, con la ayuda de expertos en la materia. Sin embargo, esto no es aplicable a los asesinos que están integrados en organizaciones terroristas o mafiosas y matan profesionalmente. Las personas que viven del crimen organizado y friamente calculan el coste de matar a otros seres humanos evidentemente prefieren un país donde las penas son menores. Es por esta razón, entre otras, que las mafias se vienen a España, donde la Justicia es blanda con los criminales y dura con las víctimas.
Quinto argumento abolicionista: La pena de muerte es innecesaria, porque hoy en día, en la gran mayoría de países, hay cárceles muy seguras donde recluir a los delincuentes más peligrosos. La cadena perpetua es suficiente para que no supongan una amenaza para la sociedad.
Respuesta: Igual que el argumento que versa sobre el efecto disuasorio, este argumento es falaz, porque sólo plantea uno de los fines de la pena capital, como si no hubieran otros. Aparte de proteger a los ciudadanos de delincuentes peligrosos, la pena capital tiene la función de restituir el mal que se ha cometido, de rendir justicia; dar a cada uno lo suyo. Esto evidentemente no tiene nada que ver con la existencia de cárceles seguras.
Un problema con la cadena perpetua es lo que se ha visto hace poco en España con la sentencia del Tribunal de Estrasburgo sobre la “doctrina Parot”. Es decir que unos terroristas asesinos que fueron condenados a cientos de años de cárcel son soltados, porque un tribunal extranjero dicta que vulnera sus “derechos humanos” estar tantos años recluidos. Si en España hubiera existido la pena de muerte en los años 80 y 90, hoy no tendríamos este problema; a Inés del Río y sus compinches de la ETA se les hubiera condenado a morir por sus crímenes y hoy en día nadie estaría hablando de ellos. ¡Quizás hasta se hubieran arrepentido de sus pecados antes de morir y hoy estarían en el Cielo!
Además, el argumento de la cadena perpetua es un poco absurdo, porque supone que antes no existían cárceles donde hacer desaparecer a la gente. Los castillos medievales estaban dotados con mazmorras que poco tienen que envidiar a las cárceles modernas en cuanto a seguridad.

Sexto argumento abolicionista: La pena de muerte es inadmisible porque personas inocentes pueden ser ejecutadas por errores policiales o por fallos en el sistema judicial.
Respuesta: Este argumento como principio es falso, pero circunstancialmente podría ser cierto. Como principio no se puede descartar una ley sólo porque su aplicación podría crear injusticias no deseadas; depende de la magnitud de dichas injusticias, y si son compensadas por el bien que hace la ley. Si un gobierno se echara hacía atrás por temor a cualquier consecuencia negativa, nunca aprobaría ninguna ley. Por la misma lógica habría que abolir los impuestos, porque Hacienda se puede equivocar en el papeleo. Sin embargo, cuando las consecuencias negativas de una ley, que en teoría es justa, superan sus beneficios, es mejor no implantarla. No conviene ser dogmático en esto, porque es un tema prudencial que hay que considerar en cada caso. Imaginemos un país donde se ejecutan a mil personas en cien años, y a posteriori se descubre que dos de ellas son inocentes. En mi opinión, la pena de muerte aún sería plenamente justificada; primero, por los 998 criminales ejecutados merecidamente; y segundo, por el bien que estos castigos ejemplarizantes lograrían en la sociedad. Si, por otro lado, de aquellas mil personas resulta que la mitad son inocentes, evidentemente mejor sería no tener la pena capital.
Si un determinado país tiene un cuerpo policial manifiestamente corrupto, como México, donde según tengo entendido la policía está totalmente controlada por los carteles de la droga, y si el sistema judicial no da suficientes garantías de un juicio justo, es preferible que no exista la pena de muerte. En España creo que no se dan estas circunstancias, porque la mayoría de policías son básicamente honrados (siempre hay excepciones), y el sistema judicial, a pesar de ser muy lento y muy intervenida por la casta política, aún no es totalmente corrupto.
Argumento católico contra la pena de muerte en determinadas situaciones: La pena de muerte puede ser utilizada contra los católicos en la persecución contra la Iglesia.
Respuesta: En una sociedad anti-católica donde la religión mayoritaria no es la católica, o en una sociedad oficialmente atea, es mejor no tener la pena de muerte. En España, igual que en muchos países occidentales, hay brotes de anticlericalismo peligrosos, y todo indica que esto irá a más. Por lo tanto, podría ser contraproducente introducir la pena de muerte en España, porque de hacerlo no es descabellado vaticinar que se usaría como una arma más en la sistemática persecución de los católicos, promovida por el Poder. Naturalmente, por los mismos motivos, en los países islámicos y comunistas, por norma general es preferible no tener la pena capital.
Como conclusión a esta segunda parte, diría que en principio estoy a favor de la pena de muerte, igual que los Padres de la Iglesia, los grandes teólogos y Doctores, y los reyes de la Cristiandad. Sin embargo, dado que hoy la sociedad occidental se encuentra en plena descomposición, y de iure y de hecho ha dejado de ser católica para convertirse en atea , creo que prudencialmente puede ser mejor que el Poder no disponga de la pena de muerte, pensando en un tiempo no muy lejano, cuando se desate la persecución abierta contra los católicos.
NOTAS
[1] La alianza entre Dios y Noé fue con la Humanidad entera, dado que todos descendemos de los tres hijos de Noé. Los estudios antropológicos confirman esta alianza; no hay una sola nación o tribu a lo largo de la Historia que no haya utilizado la pena de muerte para el asesinato, mostrando que es una ley inscrita en el corazón humano, sean cristianos o infieles. (Nuestra sociedad post-moderna es una excepción muy notable en este punto). Otra cosa son los incontables abusos que se han cometido con la pena capital. Pero no debemos olvidar que el abuso de una norma no deslegitima una norma en sí.

 

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FUENTE:

http://tradiciondigital.es/2013/11/04/a-favor-de-la-pena-de-muerte-i/

http://tradiciondigital.es/2013/11/11/a-favor-de-la-pena-de-muerte-ii/

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