¿Qué es realmente el Fascismo?

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El fascismo fue una dictadura opresiva que cometió no pocos crímenes, pero calificarlo de “mal absoluto” para encubrir otros crímenes iguales o peores supone romper con toda noción de ilustración y, por ende, una dudosa contribución a la democracia.

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Se cumplen cinco años desde que se fundara esta bitácora en memoria de las más de 100 millones de personas exterminadas bajo la acusación de “fascistas”, el mayor crimen de la historia de la humanidad. Una fechoría propia de la centuria que, no casualmente, quería ver realizado el paraíso social, la culminación del progreso, la secularización de las grandes religiones monoteístas oriundas del desierto de Abraham. El siglo XX fue, sin embargo, la prueba patente del fiasco de esa modernidad judeocristiana, burguesa y, a la postre, marxista, circunstancia que se nos intenta ocultar con una operación política de falseamiento historiográfico cuya indecencia intelectual sólo es superada por la perversidad misma de los hechos ocultados.

Aunque el término no es el adecuado (algunos hablan de “politicidio”) porque el propio lenguaje común, bajo el peso de toneladas de propaganda, ha sido manipulado y envilecido por los asesinos “humanistas” que nos gobiernan para silenciar, ensordecer y finalmente sepultar en el olvido el propio “concepto” de lo sucedido, de ese “genocidio” hay que destacar al menos dos aspectos esenciales:

1/ la absoluta impunidad del exterminio mismo en una época que se pretende, empero, regida por la normativa y hasta la “cultura” de los “derechos humanos”;

2/ la perpetuación e institucionalización, al amparo de supuestas democracias humanitarias trémulas de farisaica indignación ante la Shoah, del código simbólico antifascista (acuñado por Stalin) que hizo posible y legitimó la atrocidad antifascista. El epíteto “fascista” sigue siendo, en efecto, la imputación que precede y desencadena la persecución, la muerte civil y, en determinadas circunstancias, la agresión e incluso muerte física del “acusado”;

3/ la definición del vocablo “fascista” en dicho lenguaje, jerga, ideología o código simbólico que, para solidificar, en la semántica, la justificación del asesinato de masas en nombre de la “bondad”, de la “felicidad”, del “paraíso” y del resto de los engañosos y pueriles mitos veteromodernos, se convierte en sinónimo de “criminal”, de manera que la frase misma “víctimas fascistas” carece de sentido, deviene en una contradictio in adjectio ya en los años treinta del siglo pasado.

No puede pues haber, darse el caso, ni la posibilidad misma de unas víctimas fascistas, de manera que los millones de exterminados bajo tal estigma simplemente no existen, son una suerte de agujero negro de la historia soteriológica entendida como avance hacia el “progreso” (=constante reinversión del capital).

Eppur si muove!

Las víctimas fascistas siguen, empero, ahí. Los hechos están probados, documentados y en este blog cualquiera que busque encontrará fácilmente los enlaces, las listas bibliográficas y las citas literales que acreditan la realidad de aquello que estamos afirmando en la presente entrada. Algunos ejemplos:

http://nacional-revolucionario.blogspot.com.es/2012/05/el-mayor-genocidio-de-la-historia-4-la.html

http://nacional-revolucionario.blogspot.com.es/2009/11/los-hombres-que-si-amaban-las-mujeres.html

http://nacional-revolucionario.blogspot.com.es/2009/09/17-millones-de-victimas-el-exterminio.html

Pero entre la información objetiva, científica, rigurosa…, y la denominada “opinión pública”, se yergue un filtro que impide circular dicha información y erigirla en realidad social: la constante repetición, en los “medios de comunicación” (y ámbitos culturales como el cine de Hollywood o la literatura de consumo), de la narración del holocausto, la ampliación e ideologización de este hecho, la torticera y excluyente ocupación del espacio de la conciencia humana toda por una sola imagen reiterativa que, sin negar expresamente aquella otra historia, la convierte en algo banal, secundario, irrelevante y hasta “justificado”… (los mataron porque eran “fascistas”, bien muertos están).

La exageración del holocausto, la inflación y manipulación de un factum hasta metamorfosearlo en “la ideología del Holocausto” (Finkelstein) es el correlato de la minimización de los genocidos perpetrados por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial y sus herederos “demócratas”, es decir, por la oligarquía filosionista transnacional.

Hitler o la figura secular de Satán.

En este contexto, el lenguaje antifascista, como hemos documentado y podríamos seguir acreditando en decenas de casos, próximos o lejanos en el tiempo y en el espacio, mantiene, pese a su probado carácter criminógeno, un rango institucional, obligatorio en determinados extremos, con penas de prisión, multas y toda clase de mecanismos represivos contra aquellos temerarios que cuestionen la “veracidad” de lo que en el fondo no es más que una burda ideología, incontestable en la práctica pese a la supuesta “libertad de expresión” y el “pluralismo” imperante en ésta nuestra nauseabunda “ciudad de la paz”.

El trabajo de investigación y divulgación realizado se condensa en un libro, “La manipulación de los indignados. Stéphane Hessel y la decadencia del movimiento 15 de mayo” (Madrid, 2012) que, pese a su título aparentemente limitado al caso del fenómeno de los indignados y a un personaje determinado (Hessel), permite reconstruir, desde una situación concreta, a saber, la aparición de dicho movimiento en España y su extensión posterior a Europa y los Estados Unidos, el entero universo discursivo, simbólico y axiológico que hace posible semejante “rebelión” domesticada, explicando a la par su discreta inocuidad. En un mundo de esclavos donde la “revolución” no es más que la risible confirmación de dicha condición servil, el antifascismo, la ideología oficiosa, juega, en efecto, un papel decisivo. Dicha construcción doctrinal parte del postulado intangible y ubicuo de que quien la critique en cualquier aspecto es un fascista y, por ende, un criminal. El mero ejercicio de la contradicción argumental incrimina. El antifascismo pone fin a todos los principios ilustrados e iluministas de discusión, debate científico, razonamiento autónomo, librepensamiento y objetividad, de aquel kantiano “atrévete a saber” que, en teoría, fijó los fundamentos de la modernidad. Una modernidad hoy ya caduca, prostituida, putrefacta a causa de las trampas que ella misma ha introducido en su propio espacio y reglas del juego. Los rebeldes “protestan”, pues, pero son actores de un teatrillo, no se sabe contra qué se rebelan en realidad los niños mimados de la “sociedad de consumo”, siendo así que reproducen como autómatas, una tras otra, todas las consignas que el sistema oligárquico les ha incrustado en la cabeza tras décadas de lavado de cerebro: “no somos antisistema, el sistema es antinosotros”. ¡Toda una confesión de conformismo! En el movimiento indignado se mide así el grado de humillación (que es esencialmente espiritual) al que la oligarquía ha sometido a “la gente” (=gentiles) y que precede a la opresión material -social y económica- ya en curso con las actuales reformas “neoliberales” de desmantelamiento del “Estado de Bienestar” en Europa.

De ahí que la pregunta “¿qué es realmente el fascismo?” adquiera cada vez mayor importancia, complejidad e imperiosidad, tanto intelectual como política y moral. La respuesta a dicha cuestión definirá las claves de nuestra virtual liberación y la posibilidad de una auténtica revolución democrática que, de forma pacífica, subvierta el poder elitista de la oligarquía a escala planetaria. Dicha crítica no puede confundirse con el neofascismo o con una defensa o rehabilitación de los regímenes fascistas del siglo XX, pretensión que aquí rechazamos por los mismos motivos que condenamos los crímenes del liberalismo, el sionismo y el comunismo.

Nuestro blog ha confirmado y, al mismo tiempo, delitimado así, sus señas de identidad. La pregunta se ha hecho con el tiempo más rigurosa, específica, concreta… El objeto de nuestra reflexión es el fenómeno del (anti)fascismo. La “unidad dialéctica” de fascismo y antifascismo es aquello que denominamos (anti)fascismo y éste define la coyuntura del espíritu, la historia y la sociedad en la actualidad. No hemos “superado” el fascismo, los modernos (también, y más aún, los “postmodernos”) permanecemos encadenados a aquéllo X que la propaganda no deja de calumniar. El fascismo sigue omnipresente ahí, de alguna manera, que será menester determinar como tarea prioritaria del pensamiento. El antifascismo -sin paréntesis- en cuanto concepto precedió al propio fascismo. El fascismo histórico, como hemos expuesto en varias entradas de nuestra bitácora, fue alojado en un lugar simbólico que la modernidad había producido ya mucho antes de que Mussolini viniera al mundo. Que ese lugar (significado) fuera ocupado por el significante “fascismo” o por su “realidad” (que, hay que decirlo, no conocemos ni podremos conocer “científicamente” mientras impere el clima intelectual del antifascismo político, cultural y “académico”) es un proceso que debe ser explicado y que, en todo caso, nada tiene que ver con los crímenes, presuntos o reales, cometidos por los fascistas. El fascismo, en la sociedad secular, pasa a encarnar el “mal absoluto” por sus vinculaciones con la filosofía de Nietzsche y la negación radical de la herencia judeocristiana, que el pensamiento filosófico desencadena sin contradecir el precepto teórico básico de la modernidad, a saber, el requisito o exigencia de la verdad racional.

Es en este punto que “nace” el “fascismo” como filosofema, pura posibilidad teórica y política, noción. El “fascismo” señala en la dirección de una neomodernidad que habría dejado atrás, para siempre, la pesadilla religiosa. Modernidad nueva, en suma, puramente griega, europea, no judía. ¡Hete aquí la gran prohibición! Y el fascismo en cuanto hecho político que incorpora la problemática filosófica nietzscheana en sus planteamientos, pone, insisto en ese punto crucial, sólo el significante: la palabra “fascismo”, que etiqueta el significado, la “idea” de “fascismo”, todo ello en el mismo momento en que ésta es objeto de la más radical diabolización por parte de esos sacerdoles laicos del “progreso” que son los “intelectuales de izquierdas”. Pero tales ajustes lingüísticos no ocurren por azar. Hay razones profundas que explican el evento, es decir, la confluencia entre significante (“fascismo”) y significado (“sobrehumanismo”). El antifascismo seculariza la noción judeocristiana de maldad de forma paralela a la consecución del “reino de Dios” como paraíso social, como “bien absoluto” de “lo humano” y sus “necesidades” (éstas, también, sentimentales: apartar de la mente el angustiante sentido de la finitud). El “fascismo” es el lugar que corresponde al infierno, a la muerte, al dolor (en suma, a la verdad, la realidad negada) en un proyecto histórico (el capitalismo, marxista o liberal) que pretende promover precisamente la felicidad, la dicha, el placer, la “salvación”, etcétera, como valores anti-heróicos supremos de la existencia humana; un “milenarismo laico” de clara cepa semítica que, secretamente, aspira a conquistar la inmortalidad mediante avances tecnológicos susceptibles de suplir, aquí “en la tierra”, los sueños soteriológicos de las religiones monoteístas tradicionales.

Antifascismo: el derecho a matar.

Del fracaso de dicha querencia existencial, intelectual y política judeocristiana secularizada, que es un resultado necesario ya sólo conceptualmente hablando -o qua mero constructo filosófico- y resume la historia moderna escrita hasta hoy (pero quizá no toda la historia moderna a la que nosotros los “cerdos fascistas asesinos” podemos aspirar), surge la figura del fascista como chivo expiatorio, como culpable de que “el mal absoluto” -a saber, la anticipada y fatal bancarrota del veteromodernismo- exista en el mundo. El “fascista” es aquél que, frente al profeta y el mesías, ha querido a su vez ese “mal” objeto de pavor e indignación, que lo ha afimado incluso como parte de la vida finita. Nietzsche y Heidegger nos lo explican. Los arquitectos del paraíso no avanzarán ni un solo paso en el sentido de sus deseos soteriológicos, pero sí en la voluntad escatológica (adherida siempre a la matriz religiosa abrahamánica/yahvista) de castigar a quienes “impiden” la realización del ideal buenero, felicitario, “humano”… Y serán tales las atrocidades que se cometerán en nombre de las “ideas (vetero)modernas”, tal la carnicería desatada en el frenesí utópico milenarista contra los “fascistas”, que para legitimarla habrá que fabricar a posteriori un crimen, el delito por excelencia, el genocidio absoluto e incomparable, perpetrado por aquéllos: las bestias asesinas no-humanas, in-humanas, los “fascistas” (el estigma incluye a mujeres alemanas y niños de pecho). La ideología del Holocausto es un instrumento de legitimación retórica del “crimen humanista” que se ha repetido, justificado y perpetuado hasta la obscenidad, desde Palestina a Vietnam e Iraq. Pero, subrayémoslo, empezó en la Alemania de la Primera Guerra Mundial y su posguerra perpetrado contra civiles alemanes víctimas del bloqueo naval inglés. Aquellas familias exterminadas por “teutonas” eran ya “fascistas” en el concepto y no en vano se acusó a Alemania del genocidio de 6 millones de judíos antes del surgimiento del propio nazismo. El signo estigmatizador y criminógeno había sido ya “diseñado” en 1919.

Desde 1945, occidente vive inmerso en la falsedad y la criminalidad más absolutas, de la que los casos de corrupción y los delitos económicos de dimensiones pasmosas son únicamente una tenue superficie pútrida que disimula el “fondo sanguinolento de la charca”. Los fundamentos del mundo occidental están podridos, no sólo por la sangre de las víctimas inocentes e impunes, sino por la necesidad de mentir, de ocultar la verdad, que envenena una civilización cuyo poder sobre el resto del globo terráqueo se basó en el derecho, la ciencia y la tecnología. Las denominadas ciencias sociales y humanas, incluidas la filosofía y la economía, son un lugar de impostura consciente por parte de presuntos “científicos”, en realidad funcionarios docentes a sueldo del poder mendaz-asesino, “inteligencias de alquiler” que obedecen por temor hasta en su intimidad; que “creen” aquello que está mandado creer para figurar la condición de personas “respetables” y aspirar a un lugar bajo el sol del consumo y el estatus social y profesional. La prensa, sitio institucional donde la autoconciencia ilustrada de la sociedad moderna debería permitir el reencuentro de la verdad con la vida cotidiana privada y cívica (pública) de las personas, es también un pozo hediondo de mentirosos en nómina, siervos de la fe y del mito antifascistas, enanos morales aterrorizados ante la posibilidad de perder su “puesto”, su “yo” adquisitivo, de perder su rango ostentable y convertirse en unos “fracasados” (de su fracaso existencial prefieren hacer caso omiso). No hablemos del arte, que, materia de puro negocio, simplemente ya no se sabe en qué consiste. ¿Igualdad? ¿justicia? ¿derechos humanos? Los ciudadanos ya hemos tenido ocasión de experimentar en nuestra propia piel la realidad que se esconde tras las grandes palabras retóricas y “constitucionales” del sistema capitalista liberal. El cortocircuito interno de la democracia en occidente define así un colapso moral y material. Primero moral: éste ha podido ser silenciado, ensordecido, ahogado…, durante décadas, aplazando el fatal e inevitable ajuste de cuentas con la verdad a base de coacción, chantaje o soborno de los referentes ejemplarizantes y arquetípicos de la sociedad: intelectuales, periodistas, altos funcionarios y políticos. Pero también un colapso material, porque la mentira, la subordinación de los imperativos de objetividad a los intereses oligárquicos de la acumulación del capital y perpetuación del poder, tenía que generar, tarde o temprano, una cadena de ineficiencias con un efecto agregado y exponencial irreversible. La denominada “crisis económica”, el crack de 2008, en que corrupción e inepcia van juntas, es la resultante residual -los lodos- de aquellos polvos que se intentó enterrar bajo la alfombra de la historia para ganar tiempo, acusando a los “fascistas” de todos los “males” del universo. Cosas tan volátiles como la “desgracia” de que “no seamos felices” porque la conciencia anticipada de la muerte “empapa” y “amarga” todos y cada uno de los momentos de la “vida humana” (Herbert Marcuse) han sido políticamente planteados como problemática por la filosofía del sistema.

Me declaro “fascista”

Me declaro “fascista” y el desideratum de la muerte define mi seña de identidad. No hemos venido a este mundo para ser felices, sino para comprender la verdad. Un simple virus tiene que ser más feliz que el desgraciado homo sapiens. Y ellos, los humanes, ¿no aspiran a ser, pese a toda su sofisticación y moralmente hablando, sólo eso, virus con corbata? Nosotros no queremos pertenecer a la especie humana. Nos han echado, gracias. Todo un privilegio, visto lo que hay. Nosotros somos mortales o, en el lenguaje de los humanes, “cerdos asesinos fascistas”. Nuestro crimen no consiste, empero, en haber matado a nadie, sépanlo oh filisteos de los derechos humanos, sino en haber “legitimado” la muerte (que el mono evolucionado se apresura a confundir con el asesinato). Hemos querido la muerte, la finitud, allí donde aceptamos vivir siquiera un solo minuto más, beber un trago de vino, respirar el aire de la tierra, sufrir y gozar, luchar y perecer por nuestra sagrada causa…

Si te dicen que caí, estoy en el puesto que defendí aquí.

Los “fascistas”, lejos de culpables ontológicos, enfrentamos enemigos políticos a los que no guardaremos animadversión personal alguna; no somos “buenos”, no lloriqueamos de autocompasión revolcándonos en la bonitez de nuestra alma repleta de utopías (patentes de corso del exterminio en masa), no nos arrastramos cargados de odio contra una realidad, la naturaleza (phýsis, en el sentido griego), de la que nadie es “responsable” y que, al mismo tiempo, todos “creamos” y convalidamos por el simple hecho de continuar viviendo.

LA VIDA ES FINITA.

O LA TOMAS O LA DEJAS.

SI LA DEJAS, SUICÍDATE YA, PERO EN CASO CONTRARIO NO CULPES A NADIE DE LA “MELANCOLÍA DE LAS TARDES”.

Veo que has decidido no suicidarte. Te quedan ahora dos opciones, a saber: o aceptar de una santa vez que eres un “fascista” -opción durísima, porque, pese a Milá, no se detectan en la filosofía de Nietzsche burbujas mágicas donde refugiar la cobardía existencial-; o disfrutar “a tope” de los placeres que la vida ofrece a los humanes y al mismo tiempo pretender que eres inocente de la finitud, acreditando ante las nenas esa angélica condición con el currículo de tu lucha contra el “fascismo”. “Mira lo bueno que soy”, pavonéase el antifascista, “me gano la inmortalidad -y el cariño femenino- matando fascistas, los causantes de mi humanitaria penita”.

¡Y es que eres tan sensible! ¡Tenías que ametrallar a esos “malditos bastardos” de las SS!

Tu buen corazón te lo pedía a gritos, ya comprendo.

Elegir el campo del “fascismo” supone asumir la verdad hasta las últimas consecuencias, consumar los imperativos de la razón más allá de los “sentimientos” de que el homo sapiens se enorgullece como signo inequívoco de su superioridad (oficina de expedición del justificado derecho a matar) . Dicho brevemente: fascismo: todo lo contrario de aquello que el sistema caracteriza como “la extrema derecha”. No otro es el anzuelo en el que han picado, gracias a personajes como Milá, Evola, Guénon y otros agentes del dispositivo oligárquico de dominación, generaciones enteras de nacional-revolucionarios, convertidos a la postre en pura escoria subhumana.

Contra el islamofascismo.

La última estrategia de la oligarquía en Europa ha sido imputar a “Alemania” y a unos fascistas inexistentes por la propia “crisis” (algo que ya se ensayó con Pinochet y las dictaduras sudamericanas, promovidas por EEUU e Israel sólo para borrar del mapa al único “fascismo” más o menos real allí detectable, el peronismo). Produce agobiante bochorno observar cómo partidos políticos aparentemente críticos -un ejemplo: el PNR- caen en la tentación de lo fácil y agitan el fantasma del “antifascismo de resorte” denunciando el IV Reich de la Merkel; al parecer no se han enterado todavía de que Berlín es hoy únicamente una triste franquicia local de la secta sionista con sede en Wall Street.

Muy cerca de ese mismo fraude merodea la añagaza dialéctica de impostores como Stéphane Hessel (y de legiones de escritorzuelos que viven de vincular cualquier suceso luctuoso, generado por el mismo sistema genocida que les da de comer, con las malas artes del satánico Adolf Hitler). “Fascistas” han de ser incluso aquellos comunistas que asesinaron a 100 millones de personas en nombre del antifascismo utópico-profético y cuyas víctimas eran acusadas, precisamente, de ser fascistas (=negar la “felicidad humana”). Es lo que pretendía el judío André Glucksmann en “La cocinera y el devorador de hombres. Ensayo sobre el Estado, el marxismo y los campos de concentración” (1975, vid. pp. 193-194 de la edición castellana, Barcelona, 1977). Ha tenido éxito el mangante de turno, hay que reconocerlo. La tropa de zombies de lo traga todo. Reductio ad absurdum de una fe -credo quia absurdum est- que renunció de antemano a la razón por miedo a la verdad pero que, con todo desparpajo, acusa a los disidentes (=fascistas) de “irracionalistas”, mientras incurre, de manera consciente, deliberda, tramposa, propia de verdaderos pillos o personajes de picaresca, pero sin enrojecer nunca de vergüenza, en el completo manual universitario de los paralogismos.

La Marca Hispánica, 22 de diciembre de 2012

Publicado por ENSPO en 11:20 a.m. Sin comentarios: Enlaces a esta entrada

FUENTE:
http://www.nacional-revolucionario.blogspot.com.es/2012/12/que-es-realmente-el-fascismo.html

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