EL DRAMA DE LA JUVENTUD ACTUAL

El drama de la juventud actual
por Antonio Medrano

En pocos sectores sociales se constatan de forma tan alarmante los
efectos de esa vida desfalleciente y moribunda propiciada por el activismo
como entre la juventud. Abandonada en un clima tan inhóspito, en ella se
acusa con especial gravedad el impacto de semejante dolencia psíquica y
espiritual.
Las nuevas generaciones apenas saben concebir otra cosa que el necio
activismo del no hacer nada -nada, se sobreentiende, que sea positivo y
merezca la pena-. Habiendo sido educadas en un ambiente de molicie
entontecedora, con un horizonte que se reduce a la actividad de la
distracción y la diversión, sin misión alguna que cumplir ni tarea
apasionante a desempañar, difícilmente pueden llegar a saborear la vida y
descubrir los valiosos tesoros que contiene.
Pocas cosas tan deplorables como el espectáculo de esta juventud
perdida en la selva del asfalto sin saber qué hacer ni adónde ir,
deambulando de un lado para otro, a la búsqueda de placeres prefabricados
y epidérmicos que llenen al menos durante unos instantes su vacía
existencia. Se pierden los días y las noches en una actividad sin sentido, tan
extenuante como estéril; una actividad que a nada conduce y que nada
reporta, ni al sujeto que a tal orgía se entrega, ni a la sociedad y al mundo
en los que dicho sujeto vive, o mejor, semivive o malvive.
Sin la ocupación formativa y creativa, poética y heroica que sería la
única que les podría llenar de verdad y hacer verdaderamente satisfactorias
sus vidas, malgastan su patrimonio vital, derrochan y despilfarran sus
valiosas energías. Desperdiciando su vida de forma lamentable entre copas
y ruidos ensordecedores, siempre amenazados por el fantasma de la droga,
van arrastrando su vida como un pesado lastre que se pretende disfrazar de
divertida ligereza, como si fuera un cadáver que no queda otro remedio que
llevar a cuestas y al que no se quiere mirar para no sufrir el espanto de ver
lo que uno en realidad tiene tras de sí. Y el problema no hace sino
agudizarse con el paso de los años.
En una sociedad donde se enseña a la juventud que el único fin de la
vida es ganar dinero, divertirse y pasarlo bien, los hombres están abocados
a militar en ese ejército extenuado y atormentado, lanzado en loca carrera
tras la bandera agitada por los cuatro vientos, de que nos habla el Dante. Y
los más jóvenes son las primeras víctimas de tan atolondrada forma de
concebir y enfocar la vida, la carne de cañón de una actitud tan errónea
como funesta.
La vida pasa para ellos de manera irreflexiva e inconsciente, sin pena
gloria, deslizándose entre sus manos como moneda sin valor o como dinero
que se ha ganado con demasiada facilidad. Casi se podría decir que pasa
por encima de ellos, sobrepasándolos y arrollándolos, o que pasa de largo
ante sus narices, como si no les afectara o no fuera con ellos. Es algo que
les pasa, mientras pasan de todo, es decir, mientras se desentienden de
todo, incluso de su propia suerte y destino. La pasividad que llevan
implícita las ideas de «pasar» o «pasarle a uno» se acentúa por esa
demencia abúlica que es el «pasotismo», tan extendido entre los jóvenes de
hoy. Asumiendo una postura existencial de irresponsabilidad, de vaciedad,
de despreocupación y desinterés por lo realmente interesante y decisivo
para vivir, se mueven como víctimas de la vida, mientras ésta se les va de
las manos sin que sepan valorarla ni paladearla.
Obsesionados con la idea de pasarlo lo mejor posible, preocupados
sobre todo por ver cómo se las ingenian para pasar el tiempo divirtiéndose
-de nuevo la idea pasiva del pasar-, los más de los jóvenes pasan la vida en
blanco, es decir, en vacío, sin llenarla de ningún contenido; la dejan cual
blanca página, sin haber puesto o escrito nada sobre ella, y pasándola de
manera indolente sin haber leído nada en ella, sin extraer de ella ninguna
provechosa enseñanza.
Por este dejar y pasar en blanco las páginas del libro de la propia vida,
por este pasarla o vivirla in albis, sin fruto ni disfrute auténtico, su
experiencia semeja a la de aquél que pasa la noche sin poder aferrar el fruto
anhelado de la misma, reparador y renovador de las propias fuerzas, que es
el sueño, y de quien se dice coloquialmente que «ha pasado la noche en
blanco» (actividad, por cierto, esta de pasar las noches en blanco que se ha
convertido en una de las aficiones predilectas de la juventud actual, como
elemento inseparable de la juerga y la distracción). Aunque, desde otro
punto de vista, quizá fuera más exacto decir que quienes así viven pasan la
vida en negro, por la tonalidad oscura, fúnebre, triste y luctuosa, netamente
tamásica, que adquiere semejante actitud vital. Se trata, en verdad, de una
vida negra, en la que, a la hora de hacer las cuentas en serio, uno acaba
pasándolas negras, a pesar de que parezca estarlo pasando bomba. A1 igual
que la noche pasada en blanco, la vida neciamente blanqueada suele
degenerar en pesadilla.
Lo deplorable de la situación queda bien patente cuando muere un joven
de forma repentina e imprevista, ya sea a causa de un accidente de tráfico,
de una reyerta callejera, de una grave enfermedad, de una sobredosis de
droga o quizá de un suicidio -cosas todas ellas que, por desgracia, tienden a
hacerse cada vez más frecuentes-. Cuando la vida del joven en cuestión ha
discurrido por los cauces tan trillados del activismo de la diversión y del
pasar el rato de manera trivial, n o puede evitarse una sensación de vacío,
de frustración total y de amargura, de absurdo y sinsentido al contemplar
cómo se ha ido una vida sin pena ni gloria, sin dejar nada tras de sí. A la
pérdida, siempre triste, de una vida joven, se añade la sombría constatación
de que ha sido una vida inútil, estúpida, malgastada en vano.
Algo totalmente diferente ocurre cuando un joven muere por un noble
ideal, dejando tras de sí una vida henchida de sano heroísmo, puesta al
servicio de sus semejantes o entregada a una gran obra de transformación
del mundo y de sí mismo. La tristeza de la pérdida de esa vida joven,
truncada cuando todavía tenía mucho que ofrecer, quizá cuando más
prometía, se ve compensada por la alegría de ver que se trataba de una vida
que iba por buen camino, que no fue vivida en vano y que se va con una
rica cosecha. La muerte puede incluso, en este último caso, ser vivida con
una disposición sacrificial, aceptada como el sacrificio supremo, siendo
recibida con gozo por quien ve en ella algo lleno de sentido, la culminación
de una vida enfocada hacia la trascendencia y el designio de la Voluntad
divina que guió los propios pasos en la existencia terrena.
Considerada de forma global -prescindiendo de las numerosas y
honrosas excepciones que encontramos a diario-, la juventud actual
presenta todos los síntomas del cansancio vital propio de la sociedad
activista: su perfil es el de una juventud prematuramente envejecida.
Una juventud sin nada que hacer, que no se plantea la tarea de construir
un mundo mejor y que no piensa más que en juerguearse, consumir y
conseguir dinero para seguir con tan atolondrado tren de vida, es una triste
juventud, verdaderamente poco juvenil. Más bien parece una senectud
anticipada o una ancianidad de apariencia moza. En ella se da de forma
químicamente pura esa fusión de infantilismo y senilidad a la que más
arriba hemos aludido.
El juvenilismo, el culto a la juventud como valor en sí, ha venido a
agravar este problema, pues ha dejado a los jóvenes inermes, privándoles
de la guía que necesitarían para poder encauzar correctamente su vida.
Creyendo que todo consiste en ser joven y que la mocedad lo disculpa todo,
se ha ensalzado como virtudes las sandeces y los errores que cometen los
jóvenes; se les ha inculcado que son ellos los que deben darse a sí mismos
sus propias normas; se les ha animado e incitado a prescindir de la
formación y orientación que les es imprescindible y que sólo les puede
venir de personas menos jóvenes, pero con mayor sabiduría y experiencia.
Innecesario es decir que este juvenilismo va estrechamente asociado al
activismo, siendo inconcebible sin él. No en vano la juventud es la edad de
la actividad, de la inquietud y de la expansión, aunque con una general
desorientación, lógica por otra parte. Esa veneración de la juventud, que
hace estragos en nuestro tiempo, no es sino una hipnótica adoración de su
fuerza activista.
Como causas de la actual crisis de la juventud, se ha señalado tres
graves carencias que sufren los jóvenes en el mundo de hoy: la ausencia de
un soporte afectivo (el sentirse amparado y querido), la falta de ideales (que
den sentido a la vida) y el carecer de una misión (a la que poder entregarse
apasionadamente y en la que proyectar sus energías vitales).1 El diagnóstico
resulta bastante certero. Pero habría que transmitir a los jóvenes una idea
clara: esas tres cosas que tanto necesitan -la afectividad, los ideales y la
misión- hay que buscarlas activamente. Tienen que ser forjadas y
conquistadas por el propio esfuerzo, y más en estos tiempos de crisis; no se
puede esperar a que la sociedad se las dé a uno o, de lo contrario, quejarse
de que no le han sido dadas. ¿No puede pedirse acaso a la juventud ese
esfuerzo? ¿No ha de ser la juventud una edad de combate y de exigencia,
de autoexigencia? ¿De qué sirven, entonces, la vitalidad, la energía y la
fuerza creativa propias de los años mozos? La típica actitud contestaria
resulta inadmisible, por estéril y por anuladora.
La misma situación deplorable a la que han de hacer frente los jóvenes
en nuestros días marca ya un rumbo, señala una misión. ¿Puede haber
misión más incitante que la de contrarrestar el desorden y el envilecimiento
imperantes creando un nuevo estilo de vida? ¿Y hay camino más eficaz
para lograrlo que esforzarse por encontrar el propio destino y darse forma a
sí mismo cumpliéndolo?
Por desgracia, los jóvenes prefieren, por lo general, seguir la honda,
conformarse con estereotipos prefabricados y danzar al son que les tocan,
antes que plantearse empresas y metas tan exigentes. En vez de enfocar sus
energías a la superación del desorden existente, optan por acoplarse a ese
mismo desorden, adoptando alguna postura rebelde y contestataria harto
superficial, más aparente que otra cosa y que, de hecho, no hace sino
asumir los vicios básicos del desorden al que habría que poner remedio.
Medrano, Antonio. La Vía de la Acción. Majadahonda (Madrid): Yatay,
1998. cap. 7, Pobreza de acción y de vida, p. 237-242.
___
1) L. Rivera Pérez. La juventud malograda, cit. pp. 295-338
====
FUENTE: http://www.celemboscadura.es/pdf/Eldramadelajuventudactual.pdf

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