En que sentido el cristianismo no continúa la tradición clásica originaria (6): Ausencia de la tradición europea del honor en los Evangelios. La gloria humana en el cristianismo es nihilista

En la Biblia, a diferencia del mundo clásico, el honor no constituye un fin último para el hombre, ni está ligado a la patria, ni configura estructura social aristocrática, ni es resultado del agón gimnástico o militar. Además, a diferencia también del mundo clásico, está relacionado con la humildad, la modestia y la sabiduría. Llamamos “transvaloración de identidad” a utilizar un término con buena prensa cambiándole el significado por otro distinto e incluso contrapuesto. Esto es lo que ha ocurrido al menos con los conceptos de dignidad, héroe, patria y honor, empezaron significando una cosa y, debido a los manejos, terminaron significando la contraria. En el caso del honor se pasó de honrar al luchador, al héroe, al patriota y al valiente a honrar al humilde, al sabio, al pacífico y al mediocre.
                Hay muy poco sobre el honor clásico humano en los cuatro Evangelios canónicos. Las dos únicas veces que sale τιμή son las siguientes: Juan 14, 10: “El que no honra al Hijo, no honra al Padre” y Marcos 7, 10: “Honra a tu padre y a tu madre”. La primera es honor dicho de Dios y no del hombre y la segunda hace referencia a una parcela muy reducida del honor clásico humano. No hay en el Evangelio ni una palabra sobre el honor conseguido a través de la excelencia clásica, ni sobre el honor de los valientes, ni sobre el honor de los que se entregan por la patria. La utilización que hace San Pablo de τιμή no es con el significado de la cultura clásica, sino con el significado bíblico: “(Dios da) gloria, honor y paz para todo el que hace el bien” (1). Los que hacen el bien (los que no pecan) son en este contexto los pacíficos, los humildes, los misericordiosos y los compasivos. Esta tipología es justo la contraria al guerrero sangriento y orgulloso de la Ilíada y a la dureza del espartano que muere por su patria.
                Algo parecido ocurre con la gloria (δόξα) en la Biblia. La gloria en toda su plenitud es un atributo exclusivo de Dios, que está incluso celoso de ella: “Yo soy Yahvé, tal es mi nombre, no doy mi gloria a ningún otro, ni a los ídolos mi alabanza” (2). La gloria al Padre y al Hijo tiene un sentido de adoración máxima, dar gloria a Yahvé se repite a lo largo del Antiguo y del Nuevo testamento hasta convertirse en oraciones estándar (3):
“Alzate sobre los cielos, ¡oh Dios!, y resplandezca en toda la tierra tu gloria” Salmos 108, 6

“Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” Lucas, 2, 14 “Y el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria de Unigénito del Padre” Juan, 1, 14

                ¿Cuál es la concepción bíblica de la gloria humana?
“Y aún te añado lo que no has pedido: riquezas y gloria tales, que no habrá en tus días rey alguno como tú” 1 Reyes, 3, 13
“La corona de los ancianos es su rica experiencia, y el temor del Señor, su gloria” Eclesiástico, 25, 8
“Persiga el enemigo mi alma, alcáncela y échela por tierra y haga habitar mi gloria en el polvo” Salmos, 5, 6
“Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios” Juan, 12, 43
“De manera que son inexcusables, por cuanto conociendo a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se entontecieron en sus razonamientos, viniendo a oscurecerse su insensato corazón; y alardeando de sabios, se hicieron necios, y trocaron la gloria de Dios incorruptible por la semejanza de la imagen del hombre corruptible” Romanos, 1, 21-23
“Pues esta es nuestra gloria, el testimonio de nuestra conciencia de que no en sabiduría carnal, sino en la santidad y sinceridad de Dios, en la gracia de Dios, nos hemos conducido en el mundo” 2 Corintos, 12
“Que cada uno examine sus obras, y entonces tendrá que gloriarse en sí y no en otro” Gálatas, 6, 4
No hay comparación entre la gloria de Dios y la gloria de los hombres. La gloria de Dios es el reconocimiento de su majestad y omnipotencia. La gloria humana no es realmente humana, está ligada irremediablemente a Dios, sólo tiene sentido como participación en la espiritualidad divina a través de la gracia y de la santidad. Pero esto es salirse de este mundo y mirar al otro. La gloria meramente humana, en la que cabe incluir la gloria pagana, es denigrable. San Juan dice refiriéndose al apego de los fariseos a su posición social: “Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios” y San Pablo dice que no hay que confundir, como hacen los gentiles, la gloria de Dios con la gloria de los hombres. Dios entrega la gloria a los hombres en virtud de sus obras buenas: temor de dios, amor a Dios y amor al prójimo. La gloria sólo se concibe como cumplimiento de la ley divina. Nos encontramos por tanto en una postura similar a la del honor. Hay gloria para los que no pecan: los pacíficos, los misericordiosos, los compasivos y los humildes. La gloria clásica es de otro tipo, recuérdese por ejemplo el ritual de triunfo de los generales romanos victoriosos cuando entraban en Roma, o el comportamiento de Aquiles.
                Tanto Tertuliano como San Agustín arremeten contra dos de las señas de identidad de la cultura indoeuropea: el honor y la gloria. Tertuliano califica de vana la pasión griega y romana por la gloria y por la reputación. Pone el ejemplo de Mucio Scaevola quemándose la mano para salvar su ciudad, el ejemplo de Empédocles arrojándose al Etna, el de Régulo soportando miles de heridas ante un sin fin de enemigos y algunos otros. En contra de esta gloria, propone la gloria cristiana, capaz de dar la vida eterna. Encontramos implícitas en esta oposición una doble concepción de la gloria y una transvaloración hacia la gloria cristiana. La gloria pagana se desvalora al tiempo que se valora la gloria cristiana. El valor superior de la gloria cristiana es para Tertuliano su carácter ultramundano. En último término, la gloria humana no puede ser más que la recompensa divina al estado de gracia.
                San Agustín dedica los capítulos 12-20 del libro V de La ciudad de Dios a cuestiones relacionadas con la gloria pagana. Describe en ellos a los romanos como un pueblo ávido de alabanzas, cuya máxima ambición era la gloria. Esta era la meta superior de su vida, la que guiaba todas las demás, y por ella estaban dispuestos a morir. Inmediatamente después de la descripción añade en el título del capítulo 13 que “el amor a la alabanza es un vicio” y que el núcleo de este vicio es la vanidad: “Aunque la gloria humana no sea una mujer sensual, sí está, y en sumo grado, hinchada y llena de vanidad”. La verdadera gloria, o gloria cristiana, es la santidad y la gracia, como indican los Evangelios. Hay por tanto en San Agustín la misma doble concepción de la gloria y la misma transvaloración que en los Evangelios y en Tertuliano, se aprovecha la buena prensa del concepto de gloria al mismo tiempo que se le cambia el significado.
Todo fluye
Notas
(1)    San Pablo, Romanos, 2, 10
(2)    Isaías, 42, 8
(3)    Ver también  Salmos, 96, 7-8; Jeremías, 13, 16; Malaquías, 2,2; Juan, 9, 24
(4)    San Pablo, Romanos, 1, 21-23
(5)    Tertuliano, Apologética o Defensa de los cristianos contra los gentiles, L
(6)    San Agustín, La ciudad de Dios, Libro V, Capítulo 20
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