…una masculinidad insana en el islamismo?

LTY.-

http://www.alertadigital.com/2012/08/26/la-virilidad-en-el-islam/

En cualquier parte del mundo el macho de la especie se muestra y se exhibe ante la hembra para atraer su mirada, interesarla y conquistarla, todo ello con más o menos tacto, respeto y dignidad.

Por su parte la mujer pone en juego sus artes de seducción para atraer al hombre. Esas son las dos caras del juego de la pareja humana: la seducción y la conquista.

En este juego, el hombre no tiene por qué sentirse superior a la mujer ni tampoco buscar someterla. Masculinidad y feminidad no son opuestos ni incompatibles sino simplemente diferentes y complementarios. Esto vale y es aceptado en la cultura occidental.

¿Pero qué pasa en el mundo musulmán? ¿Por qué la virilidad y la superioridad de los machos, su predominio tan marcado sobre las hembras es tan importante en el islam? ¿De dónde proviene en los musulmanes ese complejo de castración extremo, esa necesidad patológica de expresar su virilidad, su autoridad y su superioridad sobre las mujeres?

En España, en el lenguaje popular, el término de “moro”  (o sea musulmán)  tiene la connotación de hombre misógino, déspota conta las mujeres, extremadamente celoso y machista, nada respetuoso con el sexo femenino: un cafre para las mujeres, muchas veces un depredador sexual, en todo caso un hombre de una sexualidad malsana.

Después de más de mil  años de desprecio y de reclusión de la mujer en el islam, en que los musulmanes han ejercido su superioridad por la fuerza, éstos no han hecho más que acrecentar su temor ante la mujer, considerada siempre una sirviente y un vientre para parir y nunca una compañera con iguales derechos, merecedora de respeto y portadora de dignidad. Esa incompresnsión y ese temor del musulmán ante la mujer se acrecienta en estos tiempos en que estos tienen a la vista, de múltiples maneras, la visión de la mujer occidental en su condición emancipada y en el ejercicio de unos derechos que les son negados en el islam. Esa visión insoportable no hace más que excitar aún más la extrema misoginia de los musulmanes, que se sienten particularmente humillados y destabilizados ante la vista e incluso el trato de mujeres que se sitúan no a un nivel inferior sino en un plano de igualdad que ellos perciben como una agresión a la jeraquía y la superioridad masculinas proclamadas por el Corán, por Mahoma y por todos los imanes y mulás del planeta.

Los hombres musulmanes tienen miedo de las mujeres y tienen miedo de perder su control autoritario y esa dominación sexual que les da la ilusión de ser superiores a ellas y el poder de someterlas a su voluntad mediante la fuerza y la violencia. El islam es una mala escuela de convivencia entre el hombre y la mujer y una fábrica de psicopatías sexuales. La sabiduría popular y el simple instinto de pueblos formados en otras matrices culturales y espirituales lo describe demasiado bien en los términos menos halagüeños posibles.

Por regla general, la mujer occidental siente la mayor de las repugnancias hacia el hombre musulmán. Los casos, cada vez menos infrecuentes de mujeres que se juntan con moros no hace más que confirmar la degradación de la cultura occidental y la pérdida de valores que dejan sin referencias ni defensas a los elementos más flojos de una sociedad en bancarrota.

Estamos ante un lavado de cerebros dirigido a la anulación de todo orgullo racial y cultural que logra resultados tan chocantes como los aludidos. Todos conocemos la clase de mujeres occidentales que se emparejan con islámicos radicales, y difícilmente pueda haber mujeres más degradadas y ruines. Una total falta de autoestima conduce a ese comportamiento absurdo y aberrante de bajar del pedestal en que siglos de civilización ha colocado a la mujer en Occidente para aceptar voluntariamente la sumisión y la inferioridad. Pero ellas, sin duda, lo valen.

Entre las poblaciones musulmanas establecidas en Occidente, la situación de la mujer es muy mal percibida. La jerarquía de la mujer es sentida como una provocación y vivida como una humillación. Las numerosas violaciones y los asesinatos de mujeres europeas a manos de musulmanes tienen mucho que ver con esa humillación y esa frustración de ver en seres que toda su cultura y su educación personal las lleva a considerar como inferiores y objetos del macho a mujeres que están muy por encima de ellos en todos los aspectos. La imagen que les devuelve la mujer occidental a esos neuróticos sexuales no hace más que aumentar el sentimiento de su frustración y la percepción de su auténtica inferioridad frente a un mundo que no pueden ni entender ni aceptar.

La sola presencia de mujeres en las calles vistiendo de otra manera que no sea como sacos de patatas es algo sentido como una provocación, una bofetada a su condición de hombres sometidos a Alá.

En el islam, todo está centrado en favorecer al hombre por encima de la mujer en sus relaciones con esta y en todo lo que la atañe. En el Corán, Alá declara, por el intermedio de su mensajero, que el hombre es superior a la mujer y que esta debe estar sometida, ya que esa es su decisión.

La ley islámica es favorable a los hombres y concede pocos derechos a la mujer, que tiene en cambio muchas obligaciones. La mujer es considerada como un ser inferior incapaz de gestionar sus asuntos y de llevar su vida sin acompañamiento y tutela masculina. La mujer musulmana ha de ser durante toda su vida guiada por un hombre, destino tanto más trágico cuando uno ve de que clase de hombres estamos hablando. Con sólo verlos en nuestras cuidades se nos cae el alma al suelo ante tan penosa humanidad.

En el fondo, estos hombres tan vanidosos, arrogantes y pretenciosos, y tan agresivos y tiránicos con el sexo opuesto, ¿acaso no están ellos también sometidos totalmente a una religión, un dogma, un dios, una ley que rige cada segundo de su vidas? Esa sumisión rastrera, que los lleva a vivir permanentemente de rodillas, agachados, tirados a tierra, para invocar una divinidad de rasgos bestiales que les ordena las peores canalladas y fechorías que pueda concebir un ser humano, ¿no estará en el origen de tantas decepciones y frustraciones del hombre musulmán?

Son tan pequeños, tan poca cosa, tienen tan poca libertad, tan poca autonomía, tan poca personalidad, tan poca dignidad, que eso podría explicar su exagerada sed de autoridad sobre las mujeres (y los no musulmanes), único medio de estar por encima de algo o de álguien.

Para ser alguien, el musulmán debe anular, negar, empequeñecer a los demás, hacerlos desaparecer, empezando por su propia mujer. Así la mujer es escondida, hecha invisibla ante la mirada de otros hombres, tapada bajo un niqag, una burka o cualquier trapajo adecuado a ese menester.

La falsa virilidad del musulmán se expresa en los más fanáticos con signos visibles como la barba. El cuchillo (tan unido a la cultura islámica y omnipresente en ese mundo) en el musulmán es el símbolo fálico de una virilidad cortante, agresiva, sangrienta. El musulmán no debe reir, ya que es considerado poco viril hacerlo, tiene que ser sombrío, lúgubre, siniestro. Miren a los moros cuando van por la calle: siempre parecen que van peleando, hablando a voces, como despotricando, siempre enojados, como maldiciendo, hoscos, con cara de pocos amigos. El islam no es una religión de alegría. Miren sus rostros cuando están rezando en sus mezquitas. En sus caras se puede leer toda la angustia, la miseria y la tristeza de estar sometidos y ser esclavos. No hay ninguna alegría en las mezquitas.

Todos los textos y todas las leyes que ponen al hombre por encima de la mujer y hacen de esta una especie de esclava y de sirvienta no tienen como meta más que el mantenerla alejada de toda posibilidad de progreso, privarla de vida intelectual, negarle el acceso al saber, apartarla de todo conocimiento. Ante la mujer intelectualmente preparada, el musulmán podría sentirse aún más turbado, inferior y castrado.

El supuesto profeta Mahoma no fue más que un farsante que tuvo éxito gracias a su buena suerte y a que supo halagar los peores rasgos de cultura y carácter de las tribus del desierto.

Mahoma es descrito por los musulmanes como un hombre de una gran virilidad que se casó con una niña de 6 años para desflorarla a los 9. Mahoma fue un hombre de práctica sexuales brutales e insaciables que practicaba la homosexualidad y afirmaba que le gustaban los niños. Un hombre de una violencia extrema que sacaba satisfacción en asesinar o mandar hacerlo por otros en su nombre, que mutilaba a sus enemigos, que sentía un placer enfermizo que le daba a su rostro un rictus de voluptuosidad sanguinaria. Le llamaban el “reidor sanguinario”. Sus crímenes y sus asesinatos fueron legión.

Y ese hombre es objeto de culto y devoción por los musulmanes que ven en él más “perfecto modelo de hombre”, el profeta de una religión que es más que una religión: un código de vida, una lista de preceptos y prescripciones que sirven de ley a esta cosmovisión atrasada, bárbara, absurda y criminal.

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